La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Ni olvido ni perdón

Guillaume

La lluvia me ha pillado desprevenido, en Valldemossa nunca sabes cuándo va a llover. Tiene su propio microclima.

Con la decisión de hacer las paces con Mónica y proponerle una tregua, llego a las puertas de la floristería.

La luz cálida del interior me indica que todavía está trabajando a pesar de que no hay nadie por la calle.

Sacudo las manos para quitarme el exceso de agua, pero cuando pongo un pie dentro, toda tregua se ha ido al garete.

El piano que dejé ayer y que venía con la intención de retirar y que me ayudara a hacerlo, no es más que un mostrador de plantas y flores.

Están por todos lados: sobre el teclado, la tapa frontal que cubre las cuerdas está levantada y ofrece todo un abanico de cactus sin pinchos, hay flores que se enredan en las patas atadas con cordeles…

Al ver todo el maltrato que ha sufrido, toda la calma y el buen rollo se transforman en un bola de fuego e ira que quiero hacer explotar en ese mismo instante.

—¡Mónica! —grito empezando a quitar las macetas.

Sin apartar la vista del arco de la trastienda, me fijo en cómo mi antigua amiga se acerca con una sonrisa en los labios.

—¿No te gusta mi nueva decoración para la tienda? —se burla al ver lo que hago.

—Esto-esto… ¡ARGH! Es inadmisible. ¿Eres consciente de lo que has hecho? —Señalo el piano y la tierra que se ha introducido entre las cuerdas pinzadas.

Se cruza de brazos antes de apoyarse contra el marco del arco y se lleva una mano en la barbilla. En menos de dos segundos su rostro se ensombrece hasta fruncir las cejas.

—Pagarte con la misma moneda.

—¡¿Qué?! —me quedo incrédulo. Apenas le he dado la bienvenida y una explicación por todo esto.

—Lo que has escuchado. Si tú vienes después de todo lo que pasó y me arruinas mi floristería —señala al instrumento—, yo le saco un gran partido.

—Yo no arruiné tus plantas. Las aparté.

Puntualizo, pero ella no quiere ni oírme, así que decido cruzarme de brazos y escucharla.

—Me. Jodiste. La. Vida —enfatiza todas y cada una de las palabras mientras se acerca al desastre—. No permitiré que lo vuelvas a hacer. Además, y para que te quede claro, María del Carmen me arrendó este local con ciertas condiciones, que por cierto tienes en tu mail gracias a mi abogada.

Señala unos papeles que se ha sacado del bolsillo del delantal, donde también guarda las tijeras de poda y alguna que otra herramienta más.

—Yo solo venía a…

—No, Guillaume. Este local es mi vida y tú ya la jodiste en su momento. Ahora es mi turno y esto no me lo quitarás. —Hace una pausa y se me queda mirando al mismo momento en el que cojo una maceta y la reviso.

Ha sido un acto reflejo, pero por un instante dudo si tirársela a la cabeza o dejarla despotricar, subir al piso para empezar con todo el papeleo que debo hacer, ponerme un poco con la música y responder las llamadas de Isabel.

—¿Has terminado? —consigo preguntarle antes de que alguien salga mal herido de esto.

Por unos instantes, sus ojos se agrandan, atónitos.

Me fijo en que su pecho sube y baja agitado.

Creo que se esperaba que le montase un espectáculo, que le gritase.

Pero, tal y como dijo mi psicóloga en la última sesión, el reproche por no entender unos motivos no especificados nunca se debe tratar con ira.

Así que, sin esperar una respuesta por su parte, miro por última vez la maceta que tengo entre las manos y decido empezar esta guerra.

La tiro al suelo. El crujido de la cerámica al partirse me rompe por dentro, pero es liberador, como esas empresas donde vas a romper vajillas para desestresarte.

—¿Qué cojones…? —murmura Mónica al ver como cojo otra de las macetas que hay dentro de la caja del piano y la estrello también.

Termino con todas ellas. Mi vieja amiga no da crédito a lo que hago.

No sé si esto lo hago por el simple hecho de que ella no me ha escuchado desde un principio, para descargar toda la frustración de estos días, o por el hecho de que mi vida se rompió y me tomo la libertad por donde me da la gana.

Pero las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos de nuevo.

Estoy harto de que todos me digan lo que debo o no hacer, me tiene hasta los cojones que nadie me escuche ni cuando vengo a hacer las paces —que, a decir verdad, dudo que sea esto lo que estoy haciendo—, pero me da igual.

Cada planta que sale disparada contra el suelo tiene un rostro, un motivo o unas palabras que me dañaron. No grito ni hablo, ni siquiera ella me detiene. Me libero, me dejo ir hasta que solo queda una y Mónica se ha acercado hasta mí.

En su rostro veo la confusión, la incredulidad y las ganas de matarme. La entiendo.

—Y esta última —agito la maceta que hay entre los dos— no la voy a romper en mil pedazos. Quiero que la guardes porque justo es lo que te iba a ofrecer. La paz.

Se la entrego y sus labios forman una perfecta o.

La veo afectada ante mi cambio de actitud.

Por mi parte, suavizo el gesto. Respiro con profundidad dejando que el aire se renueve en mis pulmones.

La descarga de adrenalina por haber destrozado las macetas parece más una vendetta personal que una actitud característica de mí.

Siempre he sido pacífico, pero esta mujer me ha sacado de mis casillas desde el mismo instante en que he puesto un pie en este tranquilo pueblo.

Me he desahogado, pero eso no quita de que la forma en la que lo he hecho sea la más correcta, y me empiezo a arrepentir al instante.

Me arrodillo en un acto de intentar coger los trozos más cercanos justo cuando el jarrón de la paz se desploma a mi lado y se rompe.

Trozos de maceta se hacen añicos que salen volando directos a mí, la tierra sale por los aires y no me da tiempo a protegerme los ojos antes de que alguna de esas cosas entre y empiecen a escocerme.

—Métete tu paz por donde te quepa —concluye ella antes de escuchar sus pasos alejarse.

En ese instante sé que la he vuelto a joder pero bien.