La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

La floristería es mía

Mónica

Antes de que sonaran las diez, mi hora de apertura, vi que Guillaume no había regresado.

—¡Venga! —me azuza Sofía que se había unido al desayuno.

—¿Y si regresa ahora? — suelto mordiéndome una uña.

—Le cuentas lo que te ha dicho tu hermana —responde Clove mientras sirve dos cafés en la mesa de al lado.

En el fondo tienen razón. No podré esconderme toda la vida. Aunque cada vez siento que lo de la lobotomía me convence más. Llámame cobarde, pero no me gustan los enfrentamientos.

Hace un rato que Fina se ha ido a su cita con el podólogo, pero aseguró que después se pasaría por la floristería. No quería quedarse sin el cotilleo entero.

—Vamos las dos —sentencia mi amiga poniéndose en pie.

—Vaaaaale.

Siguiendo sus pasos, pago la cuenta y salimos a la calle. No puede ser tan difícil. Llevo cinco años abriendo las puertas de madera y vendiendo ramos. Con el corazón latiéndome con fuerza, cruzamos y abro el negocio.

—¿Ves? —Señalo el piano que reina en el centro de la tienda—. Con este trasto ahí en medio es imposible pasar.

—Mmmmm —murmura Sofía mirando el instrumento de música desde la calle—. Tengo una idea.

Con esa sonrisa tan pícara y característica de ella, entra y empieza a contarme el plan.

A media mañana, todo Valldemossa ya se había enterado de la llegada de mi nuevo compañero de edificio y habían venido a informarse sobre si la floristería seguiría abierta.

Planté mi cara angelical con la que atendía cada día afirmando que habría flores y plantas durante años siempre que yo estuviese en este pueblo.

Doña Fina se ha pasado después de su cita médica, pero se ha ido sin chisme alguno. Mi hermana, por su lado, me ha mandado la documentación pertinente de mi arrendamiento para que se la dé a Guillaume o se la deje en el buzón, ya que todavía no ha llegado.

El tintineo de la campanilla sobre la puerta principal de la floristería se apaga en la lejanía cuando la última clienta sale con su pequeño ramo de lirios blancos envueltos en papel kraft .

Me quedo un momento en silencio, disfrutando del aroma a flores frescas y a la ligera humedad que impregna el aire.

Ese olor familiar, reconfortante, como un abrazo invisible que me rodea cada día y me dolería perder por un capullo.

Agobiada por la situación, me meto en la trastienda, donde el ambiente es tan tranquilo que me quedaría a vivir aquí.

La luz cálida de una lámpara antigua ilumina la mesa de trabajo, llena de tallos verdes, tijeras de podar y rollos de cinta de satén.

Me arremango un poco la blusa y me recojo el cabello en un moño flojo antes de ponerme manos a la obra.

Necesito terminar los últimos arreglos de un par de ramos.

Cojo un puñado de rosas de té y las mezclo con ramitas de eucalipto, disfrutando del suave crujir de las hojas mientras las monto con sumo cuidado.

Cada flor encuentra hueco en el ramo. Me encanta esta parte de mi trabajo, perderme en los colores y las texturas, cómo mis dedos juegan con los pétalos y las cintas hasta formar una perfecta armonía.

Esta mañana me han hecho un encargo especial que no deja de rondar por mi cabeza: el ramo de novia de Clara.

Una vez termino los pedidos de los ramos que son para esta tarde, me siento en el taburete junto a la mesa y saco mi cuaderno de bocetos.

Paso las páginas con energía buscando espacio entre los garabatos de ideas anteriores.

Quiero que su ramo sea perfecto, que encaje con su sonrisa tímida y la dulzura de su voz cuando me habló de su boda.

Empiezo a dibujar las primeras líneas sueltas, probando combinaciones de flores en el papel antes de pasar a las de verdad.

Peonías, porque adora su suavidad y su aire romántico.

Unas ramitas de lavanda, para el aroma y un toque de encanto silvestre.

Tal vez algo de astilbe, para darle una sensación más etérea.

Estoy tan metida en mis flores que por un segundo ni me doy cuenta de que fuera, la lluvia golpea con suavidad contra los cristales de la ventana, un sonido rítmico que se mezcla con el susurro de las flores al moverse entre mis manos.

Me detengo un instante, cierro los ojos y sonrío.

Me encanta este rincón del mundo que he creado para mí, donde el tiempo parece detenerse entre ramos de flores y trazos de lápiz.

En ese instante una punzada atraviesa mi mente y él vuelve a ella. Él y su inminente no sé qué va a pasar. Sin querer darle más protagonismo, sacudo la cabeza.

Con un suspiro satisfecho, vuelvo al papel y continúo dibujando. Aún queda mucho por hacer, pero cada pequeño detalle me acerca más a ese ramo perfecto, ese que hará brillar los ojos de Clara en su gran día.

Pling, pling, pling .