La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

El cementerio de los malos recuerdos

Guillaume

Hacía mil años que no sentía correr el aire puro por mis pulmones.

Después de la «cálida» bienvenida de Mónica al pueblo, no me puedo quitar de la cabeza lo increíble que está.

Cumplir años le ha sentado de maravilla, pero el numerito que me ha montado…

Eso no le ha ido nada bien a mi vieja amiga la ansiedad.

Claro que las cinco llamadas de Isabel que no he respondido tampoco han ayudado.

¿Tan difícil es desconectar una temporada?

Después de tomarme un café rápido en casa, he decidido volver a mis días de juventud y regresar a un sitio especial para mí. Así que me he enfundado unos pantalones viejos de chándal, una camiseta de manga corta blanca, las deportivas y he salido a correr por la Sierra de Tramuntana.

Al salir a la calle, me he sentido superobservado. Algunos vecinos de toda la vida me han saludado y hemos terminado hablando del paso de los años. Y, aunque no sé ni yo mismo qué hago aquí, he jurado que vendría más a menudo.

Las calles bañadas por los rayos tempraneros del sol y los escasos turistas que merodean por ellas hacen que mis recuerdos de pequeño regresen a mi memoria.

Lo peor es que ella, Mónica, está en casi todos ellos.

Me veo con las bicicletas echando carreras, disfrutando de los helados en la plaza de la iglesia…

Pero el mejor aparece cuando me paro enfrente de casa de su abuela y recuerdo las noches en las que todos subíamos al tejado para contemplar las estrellas e inventarnos historias de viajeros espaciales o fantasmas del pasado.

Sacudiendo la cabeza y volviendo a reprender la marcha, me alejo de todo ello y me acoplo a las callejuelas por las que la música de Chopin fluía hace cientos de años.

Gracias a él y a los varios pianistas que han pasado por la Cartoixa , mi hobby secreto se convirtió en mi pasión hasta llegar a arruinarme, pero esto último había sido culpa mía.

Sin darme cuenta choco contra alguien.

—Perdona —respondo quitándome el auricular de la oreja y fijándome en una mujer de más o menos mi edad—. ¿Sofía?

Se frota el brazo contra el que he impactado y, al escuchar mi voz, una sonrisa de oreja a oreja le ilumina el rostro.

—¡¿Guillaume?! Pero tú…

Emocionado porque la segunda persona de la pandilla se alegre de verme, nos fusionamos en un cálido abrazo. Ya solo me quedan Adrián y Jordi para estar todos juntos otra vez.

—Joder, cuántas ganas tenía de volver a veros —respondo sintiendo todas y cada una de las palabras.

—Hacía mil años… —Nos separamos, pero ella sigue con la sonrisa en los labios—. Aunque ahora solo quedamos dos en el pueblo, bueno tres.

—Créeme que lo sé —respondo a regañadientes poniendo los brazos en jarras—. Ya me he encontrado con Mónica.

—¡¿Cómo?! Y la cacho guarra no me ha dicho nada. —Las cejas se le juntan en una icónica cara que no sé si es enfado fingido o le va a caer una buena a mi «compañera de local»—. Me debe una buena explicación.

Acto seguido se empieza a reír y nos ponemos un poco al día, pero lleva prisa por lo que no nos demoramos mucho y prometemos tomar un café pronto.

Agradecido, le doy un par de besos en la mejilla y sigo con el camino que mis pies dicten, ya que dejo la cabeza fluir en el buen recuerdo de Sofía y el resto del grupo.

Un buen rato después, y con los pulmones ardiéndome por el esfuerzo, llego sin querer a un lugar que mi memoria recordaba mejor que yo.

Sentado en el viejo olivo donde nos reuníamos la pandilla, veo el Mediterráneo brillante por los rayos del sol.

Agradecido, abrazo el viejo tronco y siento su perenne paz.

Agotado, me siento al pie del árbol para disfrutar de un minuto de concentración en mi yo. Cruzo las piernas y, aunque no soy fiel practicante de yoga o meditación, decido que es buen momento para cerrar los ojos y vaciar la mente.

Según me enseñó mi tía abuela María del Carmen, a este olivo lo llamaban el cementerio de los malos recuerdos.

Ella, junto a su grupo de amigas, se escapaban de Valldemossa hasta este rincón para desahogar sus penas, dejando que el viento se las llevara mar adentro.

Y eso mismo estoy haciendo yo. Dejar que las imágenes de mi fatídico concierto, las llamadas de aviso de un vacío existencial y el mal inicio con Mónica se alejen para siempre. O en este instante.

El olor a salitre y a los últimos días de primavera me devuelven esa calma que tanto necesitaba.

Ser pianista siempre ha sido mi pasión secreta, eso para lo que estaba hecho, pero los conciertos cada vez me queman más.

Las piezas de grandes clásicos ya no me llenan como antes y las giras infinitas se tornan hastiosas y abrumadoras.

La opresión que sentía en el pecho cuando he llegado se ha cambiado por la ansiedad de los momentos que estoy viviendo.

Me llevo las manos a la cara y me froto los ojos intentando equilibrar mis emociones, pero las lágrimas de frustración amenazan con liberarse todo el rato.

Recuerdo lo duro que fue cuando le dije a mi padre que quería estudiar piano y alejarme del legado familiar de la medicina.

Sus ojos rebosaban de decepción y su desprecio se quedó clavado en mí.

Me esforcé cada día, cada fin de semana y cada verano desde que tenía dieciséis años en ser el mejor.

Quería demostrarle que podía ser el número uno.

Y vaya si lo había logrado. Incluso había conseguido tocar en la Super Bowl americana.

Me he recorrido el mundo entero, aceptado todo tipo de retos y renunciado a una vida normal.

He dejado de lado mi querida isla, a mi familia y amigos para convertirme en lo que soy ahora, un fiasco.

Un monstruo que ha perdido los papeles y a algunas personas que no me ha dado tiempo a decirles que las quiero lo suficiente.

Y en ese instante decido que toda mi trayectoria como pianista se quede aquí, en el cementerio de los malos recuerdos. Quiero volver a empezar, pero necesito tiempo. Aunque hay una cosa que sí puedo hacer ahora.