Mónica
Lo peor de una abogada es que sea tu hermana
Mónica
Cabreada. Estoy cabreada. Guillaume me ha arruinado el día.
No solo porque ahora su enorme piano de cola esté ocupando más de media tienda, sino porque tengo que hablar con la última persona con la que quiero hacerlo: Aina, mi hermana.
No puedo permitirme contratar un nuevo abogado, así que debo recurrir a ella sin remedio.
Resoplando, me acerco a la cafetería de La Cova que está levantando las persianas.
—¿Tienes abierto para un carajillo? —le pregunto con una sonrisa cansada.
— Bones sigon —me saluda con su inigualable acento alemán—, ¿no es muy temprano?
—No cuando te enteres del último salseo —comenta la indiscutible voz de Fina detrás de mí.
Adoro a esta mujer, pero a veces es peor que un grano en el culo.
—Buenos días, queridísima vecina —le suelto con sorna.
La propietaria hace girar la llave y abre la puerta.
Antes de entrar, sube los diferenciales para que las luces del local cobren vida.
Es una preciosidad de sitio: el aroma de las flores que le llevé ayer flota por el aire, las mesitas cubiertas por manteles de cuadritos en tonos suaves y las paredes con estampado de florecillas hacen de este café un rincón cuqui y acogedor.
—Adelante, sentaos donde queráis —nos indica con su eterna sonrisa.
Sin poder evitarlo, tomo asiento en la mesa que da a la ventana desde donde puedo ver la puerta de mi floristería y controlar si mi archienemigo sale o no de ella.
—¿Ya has ido a verlo? —inquiere Fina sentándose a mi lado y replicando mi gesto de cotillear fuera.
—No, no —responde Clove poniéndose el delantal de volantes y conectando las máquinas—. Os esperáis a que prepare el desayuno antes de contar.
Ese comentario me saca una sonrisa. Por muy sola que viva en la casa de mi abuela y lejos de mi familia, es imposible sentirte así en un pueblecito como este.
Sin quitarle la vista a la puerta de madera del otro lado de la calle, esperamos a que Clove nos sirva.
Mientras, Fina habla de cómo su nieto se ha presentado a un concurso de deletreo de palabras y lo poco que sus cinco hijos vienen a visitarla.
Una vez tenemos los bocadillos y los cafés en la mesa, las tres nos ponemos a comentar sobre la última novedad: Guillaume.
Fina no se deja ni un solo detalle sobre lo que me contó anoche, mientras que Clove le echaba la bronca por estar a esas horas por la calle.
Cuando me toca a mí comentar la jugada de la mañana, las dos paran de desayunar para no perderse ningún punto del tema.
Por supuesto, no me dejo detalle alguno de la cara de sorprendido o los gestos de no entender qué había hecho de malo de Guillaume.
—Pero ¿ha venido para quedarse, para vender la propiedad o para arreglar papeles? —me aturulla la barista antes de dar un sorbo a su chai latte .
—No tengo ni la más remota idea —afirmo echando un vistazo a la calle—, pero si se ha traído el piano, me da a mí que ha venido a joderme la vida. Como mínimo.
—Eso no se hace. No, Señor —apunta Fina apretando los labios malhumorada.
—Debería haberte mandado un mail o un mensaje avisándote.
—Es que es esto —suelto rebuscando los papeles que llevo en el bolso sobre el arrendamiento del local—.
Según pone aquí tengo un contrato indefinido con la cláusula de que nadie, aun después de muerta María del Carmen, puede sacarme de allí a menos de que haya algún tipo de impago o irregularidad legal.
—Qué raro… —suelta Clove señalando lo que acabo de citar—. Eso está escrito a mano.
Y está en lo cierto. Ese último punto lo incluyó hace un año, cuando le diagnosticaron párkinson en fase avanzada.
—Sí, pero fíjate que es la misma letra que en su firma.
Les enseño las caligrafías, que coinciden, aunque la última parece más temblorosa debido a la enfermedad.
—Eso debería verlo…
—Lo sé —suspiro tomando un mordisco de mi bocadillo.
Dejo que la textura untuosa del aguacate se deshaga en la boca saboreando la calma antes de la tormenta. Debo llamar a mi hermana hoy sin falta.
—¿No puedes gestionarlo tú por mí? —le lloriqueo a Clove.
—¿Cuánto hace que no hablas con ella? —me pregunta levantando una ceja.
—No hace tanto —niego con la cabeza—. ¿Desde Reyes?
— ¡Ai, mereta meua! —se santigua Fina—. De eso hace como cinco meses. Estamos a finales de mayo, cariño.
—Pues eso, poco tiempo —respondo asintiendo con la cabeza—. Pero sé que debo llamarla.
—Hazlo ahora, mi niña —me apremia la mujer mayor.
Antes miro el reloj y apenas son las siete y cuarto de la mañana.
—Es muy temprano —me excuso—. A las diez la llamo.
—Vamos a ver. ¿Qué es peor: tu pique con tu hermana o que el gilipollas que te rompió el corazón a los dieciséis años te arrebate tu vida?
La sentencia de Clove me deja pensando. Cualquiera de las dos cosas es tan jodida como para no saber cuál es peor.
—¿Y si me hago una lobotomía y me fugo al norte de la Sierra de Tramuntana con las cabras?
—¿Qué te han hecho las pobres cabras? —suelta Clove poniéndose de pie porque un nuevo vecino acaba de entrar a la cafetería.
—Déjalo —comenta Fina con el teléfono al oído—, ya estoy llamándola.
—¡¿Qué?!
—No sabes cuánto te adoro —suelta la barista con una sonrisa en la boca antes de atender el nuevo pedido.
Haciendo malabares, intento quitarle el móvil a Fina, pero se mueve de tal forma que o la araño o se caerá de la silla en cualquier momento
— ¡Bones, carinyet! —responde mi vecina—. Nooo, nooo. Nada grave. A ver, sí, es importante, pero nadie está herido.
Por su respuesta intuyo que ha preguntado si alguien se ha muerto. Pongo los ojos en blanco mientras le inquiero a doña Fina que me deje el aparato para hablarle a mi hermana. Pero lejos de hacerme caso, se pone de pie y empieza a andar mientras le cuenta el tema del momento.
—Déjame a mí hablar con Aina —le ruego poniendo cara de puchero.
—Sí, filla , sí. El molt cabró . Si es que no le ha dado tiempo para… —Fina asiente con la cabeza a algo que le ha dicho mi hermana. Yo me subo por las paredes—. Clar, clar . Vale… Sí… De acuerdo, ahora se lo diré. Un petonet, carinyet .
Y sin darme tiempo a que pueda hablar con ella, Fina cuelga la llamada y sonríe al mismo tiempo que Clove se acerca.
—Podías haber dejado que lo solucionara yo, ¿no? —pregunto cruzándome de brazos.
—¿Para qué? Ya está todo solucionado. Tenemos un plan.