La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

La finca es mía

Guillaume

El sonido ensordecedor del timbre me sobresalta haciendo que ruede por la cama hasta llegar al suelo. De golpe.

—¡Joder! —mascullo al mismo tiempo que me llevo una mano al culo para frotarme donde me he llevado el mamporrazo.

El timbre vuelve a sonar, pero esta vez no es un sonido intermitente, no. Ahora es permanente. Alguien se ha propuesto quemarlo. O, mejor dicho, dejarme sordo.

—¡Ya va! —grito poniéndome de pie y acercándome a la puerta del balcón que da a la calle.

«¿Quién cojones es?».

La puerta de madera chirría cuando forcejeo con ella para abrirla, pero se ha decidido a no ceder ni una pizca. Maldigo por todo lo alto, ya que el sonido ensordecedor me va a dejar fuera de combate durante un mes seguido si sigue así.

Apresurándome, cojo la bata sedosa y bajo las escaleras a toda prisa. Me recojo la melena en una coleta baja y abro la puerta de muy mal humor.

—¡¿Se puede saber qué collons quieres?! —grito antes de quedarme sin aliento por quién aparece frente a mí.

Es una mujer de cabello ondulado y corto por encima de los hombros, más bajita que yo y con cara de cabreo superlativo. Sin duda, reconozco a esa pequeña diablilla. Mónica. Mi Mónica.

—¡Eres un puto ladrón! —me grita mientras me aparta para entrar.

—Pasa, pasa… —suspiro.

Antes de cerrar la puerta, doy un vistazo a lado y lado de la calle para ver que nadie esté cotilleando de más. Aunque sea un pueblo de veraneo, la gente autóctona siempre ha sido una metomentodo de campeonato.

—Eras la última persona que me esperaba que me hiciese una jugarreta como esta —grita desde el pasillo, casi llegando a la puerta que conecta con el local.

En cuanto la luz cobra vida, siento que me he quedado más sordo si se puede.

Mónica, la joven con la que había pasado algunos veranos cuando venía por aquí, se gira hecha un basilisco.

—¡Serás…!

—Como termines la frase, te juro que te echo a rastras de mi casa. —Su rostro se torna del color de las rosas y sus ojos van a estallar de la ira—. Vamos a calmarnos un poco.

Cuando llego a su lado, me fijo en lo que está mirando. El piano.

En mi defensa diré que ayer cuando llegué no estaba como para hacer todas las maniobras para subir el piano al piso de arriba.

Además, técnicamente y según los papeles de la herencia, el local es mío.

Por último, me aseguré de no pisar, quitar o romper ninguna de las decenas de plantas que me encontré.

—¡Me has arruinado la floristería con ese mamotreto! —Se enfurruña señalándolo.

Me froto los ojos para desperezarme.

—Vayamos por partes. —Le agarro del brazo en el que lleva un reloj antiguo y miro la hora antes de soltarlo—. Son las seis y media de la mañana…

—Demasiado tarde, me parece a mí.

Mónica me saca de mis casillas, pero para no montar un numerito me masajeo el puente de la nariz y cojo aire.

—¿Un café y hablamos?

—¿Quieres embaucarme de nuevo, tros de suro ? —me señala con el dedo—. Durante cinco años este ha sido mi hogar, mi floristería y no porque vengas a pasar el verano, de nuevo, me vas a tocar los…

—Te entiendo —suspiro cortándola antes de que termine la frase—. Pero ¿podemos hablarlo?

—¿Contigo? —Asiento con la cabeza sin entender a qué viene la pregunta—. Ya hablarás con mi abogada.

Sin dejarme responder ni una sola palabra más, saca su teléfono, hace un par de fotos de mi instrumento y se larga por donde ha entrado.

Incrédulo y con ganas de volverme a meter en la cama, cierro la puerta de entrada, pero ya me he desvelado.

—Empezamos bien esta nueva etapa —me digo pensando en qué voy a hacer.