La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Fina es una cotilla, pero se lo agradezco

Mónica

Justo cierro la puerta de casa y mi cuerpo se relaja al instante. No es que la floristería me cargue, pero transportar flores de aquí para allá te deja medio deslomada. Debería llamar al fisio para que me arregle el tirón de la espalda.

Un ronroneo me da la bienvenida desde lo alto del mueble del comedor.

—Buenas noches, Amandine —la saludo mientras dejo la cesta que me hace de bolso en el perchero de la entrada y cambio las sandalias por los zuecos de ir por casa—. ¿Qué tal tu día?

Como es de esperar solo me responde girando los ojos y bajando la cabeza hacia sus patitas blanquecinas para volver a quedarse dormida.

Pongo los ojos en blanco cuando paso a su lado en dirección a mi cuarto. Sin pensarlo mucho me deshago del vestido y me coloco el pijama de manga corta.

—¡Alexa! Pon música.

El altavoz que tengo en el pasillo se enciende y veo su luz a través de la puerta.

—¿Qué quieres escuchar esta noche, Mónica?

La voz robótica siempre me ha dado un poco de repelús, pero con tal de no ir yo al reproductor de música…

—Algo bailongo.

Pasan un par de segundos antes de que vuelva a responderme.

—Preparando una playlist bailonga para desestresarte del largo día.

Asiento al mismo instante en el que cojo una goma del pelo y me lo ato en una coleta larga.

Cuando las primeras notas de la última canción de Shawn Mendes suenan, empiezo a moverme hacia el baño, donde empieza mi rutina de skincare nocturna.

Desde lavarme la cara y desmaquillarme los ojos hasta ponerme la mascarilla que dejaré actuar mientras preparo la cena.

Canturreando, miro en la nevera y apenas veo una triste caja de fideos chinos, que llevan un par de días esperándome, y dos yogures.

—Esta noche me toca hacer la compra.

Aunque no me apetezca mucho hacerla por internet, no me queda más opción. Mañana por la mañana voy a pasarme por el invernadero que hay a las afueras de Soller y eso me va a dejar fuera de combate toda la mañana.

Meto las sobras en un bol y al microondas antes de que el ruido del timbre suene.

—¡Voy! —grito lamiendo la cuchara con la que me he ayudado a arrastrar la comida.

En cuanto abro la puerta me encuentro con doña Fina, que se lleva la mano al pecho mientras hiperventila.

—¡¿Qué ha pasado?! —me alarmo al verla en tal estado.

—No te lo vas a creer. Es que no… —repite mientras se cuela en casa.

—Por favor, adelante —murmuro de mal humor.

Con toda seguridad, seguro que se le ha estropeado el televisor. O peor, se ha quedado sin chismes que contar.

—¿Tienes un té? —pregunta al llegar a la cocina.

—Nop, esta noche me toca hacer la compra —respondo abriendo la puerta del frigorífico—. ¿Un yogur caducado?

— Neeeeeena… Mañana me paso a por verduras y carne para llenarte la nevera.

Cierro la puerta de golpe justo cuando suenan las campanitas del microondas.

—¿Qué es lo que pasa, Fina? —inquiero mientras saco mi precaria cena y me siento en la silla frente a ella.

Estas incursiones no es que sean habituales, pero de vez en cuando nos hacemos compañía, sobre todo cuando tiene algún que otro cotilleo y no sabe con quién hablarlo.

—¿Te acuerdas de Guillaume? —me pregunta clavando su mirada en la mía.

Niego con la cabeza.

—Sí, nena, sí. El sobrino de María del Carmen, la difunta propietaria de tu floristería.

Siento como si me tirasen un jarro de agua fría por encima. No será verdad. ¿Ha regresado?

—¿Guille? ¿El que venía a pasar los veranos aquí?

—El mismo con el que correteabas por los campos.

Asiento llevándome una nueva cucharada a la boca.

—Está aquí.

—¿Qué? —niego con la cabeza intentando no atragantarme con la comida—. Eso es imposible. Lo último que sé es que estaba con su mujer dando la vuelta por media Europa de gira.

Guillaume o Guille, que era como le llamábamos los amigos, era el guaperas del grupo.

Siempre venía a pasar los veranos a Valldemossa, jugábamos a escondernos, con las bicis e incluso a que no nos pillaran robando algunas frutas de los campos.

Cuando septiembre llegaba, él se esfumaba.

Eso sucedió hasta los dieciséis, cuando empezó a ser el niño prodigio del piano.

—Pues ha vuelto.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Por don Gregorio?

—¿Ese vejestorio? —Mira quién fue a hablar—. Qué va. Estaba de regreso a casa de mi vuelta de la tarde, cuando al pasar frente a tu tienda me encontré con un camión y un piano.

—Ya… pero eso no significa...

—Estaba abriendo el portón y maldiciendo por las flores, así que sí que era él.

Entonces todas las alarmas se me encienden. ¿Será cierto? ¿Habrá regresado?

Él fue el motivo por el cual el grupo se disolvió. O quizás fuese que todos teníamos edad de no seguir a los padres cuando llegaba el verano. Pero siempre recordaré esa última noche. Él tuvo la culpa de todo.