La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Un piano en Valldemossa

Guillaume

El sol cae implacable sobre el asfalto del parking del aeropuerto. Con dos horas de retraso y mi nivel de paciencia por los suelos, la cosa va a peor: la furgoneta con mi piano, un Steinway & Sons, está abandonada en medio de una rotonda. Cuánto echo de menos mi querida París.

—Perfecto. Esto es justo lo que necesitaba hoy —mascullo mientras los ojos me arden de frustración.

¿Dónde demonios están los de la mudanza cuando los necesitas? Mejor aún, ¿quién deja un piano de ese calibre tirado en medio de una carretera de tercera categoría? Esto es para meterles una denuncia que les haga arrepentirse hasta del momento en que aprendieron a conducir.

Respiro hondo, intentando no perder el control. Pero, claro, eso sería demasiado fácil. Saco el móvil y marco el número de la compañía. Una, dos, tres veces suena, y nadie responde.

—¿Es que son gilipollas o qué? —suelto mientras cuelgo.

El teléfono casi se me escapa de las manos de lo fuerte que lo aprieto.

Miro a través del cristal de la cabina de la furgoneta, pero no hay ni rastro del conductor.

Fantástico. Doy la vuelta al vehículo buscando alguna pista, cualquier señal que me diga qué pasa.

Y ahí está. La puerta del conductor, abierta... y las llaves, puestas. ¡Perfecto!

—¿En serio? —exclamo al aire, como si alguien fuera a responderme—. ¿Qué más puede salir mal hoy?

Con un gruñido que lo más probable es que haya asustado a algún turista desprevenido, me subo al asiento del conductor y enciendo el motor.

El ronroneo del vehículo es casi insultante, tan calmado, tan...

indiferente. Con mi humor por los suelos, salgo del parking esquivando los coches con una destreza nacida del puro desespero.

El sudor se me acumula en la frente, una señal física de que estoy a punto de perder los papeles.

Pero no puedo permitirme un colapso emocional ahora.

No cuando estoy conduciendo una furgoneta cargada con un piano de casi doscientos kilos.

Con cada kilómetro que avanzo, mi rabia se convierte en una bola de fuego en mi pecho.

Todo esto es ridículo. ¿Por qué no puedo tener un día normal?

Un día en el que simplemente recojo un piano y todo va bien. ¿Es mucho pedir?

El paisaje cambia poco a poco, y las carreteras secundarias de Mallorca se despliegan ante mí.

Los campos de olivos y los viñedos parecen burlarse con su serenidad eterna.

Como si ellos, con sus hojas meciéndose al viento, me estuvieran diciendo: «Relájate, Guillaume, no es para tanto».

Pero no, no voy a relajarme. No cuando estoy atrapado detrás de un camión que va a dos por hora.

La retención en la sierra de Tramuntana es la guinda del pastel. Carreteras estrechas, camiones enormes, y yo, aquí, intentando no gritarle a la nada.

—Fantástico —gruño mientras mis dedos tamborilean con impaciencia sobre el volante.

En ese momento, suena el móvil. El nombre de Isabel aparece en la pantalla.

—Guillaume, ¿cómo vas? —pregunta con un tono que indica que espera una catástrofe.

—¿¡Cómo voy!? ¡Estoy en una furgoneta con un piano abandonado que he tenido que conducir yo mismo, atrapado en un atasco en mitad de la nada! Así que... genial, ¿y tú?

—Tranquilo —ríe disfrutando del caos—. Solo quería recordarte que seas amable con la inquilina. Tía María del Carmen le tenía mucho aprecio, y yo también.

—¿La inquilina? —repito, incrédulo—. ¿Qué inquilina? Nadie me dijo que había alguien viviendo en la casa.

—Bueno, no vive ahí, y lleva más de dos años. No te preocupes, es encantadora.

—¿Cómo que no…?

—No me seas gruñón —me corta—. Es momento de que vuelvas a casa y… socialices.

—Sí, claro, porque lo único que me falta en este día es socializar —replico con sarcasmo antes de colgar.

Por fin, veo el cartel que indica la entrada a Valldemossa y el corazón me da un brinco.

Estoy a punto de llegar. Solo un poco más y este maldito día habrá terminado.

Giro el volante, adentrándome en las pintorescas calles empedradas del pueblo, y la furgoneta cruje bajo mis manos. Pero no me importa. Estoy tan cerca.

Sin embargo, cuando llego a la casa de mi infancia, esa pequeña parcela de paz y recuerdos, la noche ha caído y todo mi mundo se desmorona.

Frente a mí, la casa está rodeada de plantas. No pequeñas macetas decorativas, no. Estoy hablando de una jungla en miniatura. Es como si la mismísima naturaleza hubiera decidido que la casa de tía María del Carmen era el lugar perfecto para montar un criadero de plantas.

El sudor en mi frente no es solo por el calor esta vez.

—No... puede... ser... —murmuro, sintiendo cómo la desesperación se apodera de mí.

Claro, claro. Porque si algo podía ir peor tenía que ser esto. Soy alérgico a la mitad de las plantas conocidas por el hombre, y ahora parece que voy a vivir en una tienda de jardinería.

Me bajo de la furgoneta con una risa nerviosa.

—Muy bien, Valldemossa —digo, mirando al cielo—. ¡Guillaume ha llegado! Y está más cabreado que nunca.