La tienda de las flores pentagrafiadas
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Mónica
Salseos matutinos
Mónica
Salir al balcón y que el sol me roce con sus infinitos rayos de luz. ¡Bendito sea! Los primeros días de primavera empiezan a florecer en mi querida Valldemossa, y lo agradezco.
Antes de cerrar la puerta, cojo el sombrero de paja del perchero de la entrada, me coloco las gafas de sol para protegerme y me voy.
—¡ Bones, Mónica! —me saluda Fina desde la ventana de la casa de enfrente de la mía.
Ella es mi vecina y la más cotilla de todo el pueblo. No hay rumor, cotilleo o chisme que se le escape, y más ahora que en nada empieza la temporada de los guiris y esto será peor que cierto programa que todos ya sabemos.
— Bones, Fina —le devuelvo el saludo sin entretenerme mucho para que no se atreva a pararme y contarme el último rumor.
—¿Para la tienda? —curiosea mientras sacude el trapo de la cocina.
—Algunas debemos pagar su jubilación. Por cierto, ¡¿quiere hacer el favor de no tirar las migas a la calle?! Luego vienen las palomas a comerse mis plantas.
—Y lo bonitas que son. —Hace una pausa y yo me paro en medio de la calzada para mirarla con la ceja levantada—. Tus plantas, digo. Que son hermosas.
Niego con la cabeza y una sonrisa se me dibuja en la cara. Esta mujer es imposible. A sus setenta y tres años ya no la cambiaremos.
—Buenos días, Fina —me despido sin tener ganas de seguir hablando con ella.
Escucho cómo murmura, pero me da igual: el sol brilla, me he puesto mi vestido blanco favorito y el buen tiempo ya ha llegado. Sonriente, saludo a los vecinos con los que me cruzo. Adoro vivir aquí, somos como una gran familia.
Aunque a veces tener a alguien como Fina en ella puede ser cargante, pero también muy emocionante por la cantidad de cosas que se llega a enterar.
El teléfono vibra en la tote bag . Mientras rebusco, alguien me roza el brazo.
—¡Uep! Com anam? —don Gregorio siempre tan cariñoso.
—Bien, de camino a la floristería —le respondo cogiendo el teléfono y sacándolo de la bolsa.
—Maravilloso. Luego paso a por margaritas.
—Estupendo. —Miro de reojo la pantalla sin dejar de sonreír al pobre hombre.
Es Sofía. Descuelgo y, mientras me llevo el teléfono a la oreja, le grito a Gregorio.
—Recuerda regar las orquídeas una vez a la semana.
—Buenos días a ti, también —se ríe mi amiga.
—Lo recuerdo, gracias, mi flor —se despide el hombre.
—No estaba hablando contigo —le respondo a Sofía, que se ríe al otro lado de la línea.
—Ya lo sé, boba. ¿Has desayunado?
—Una infusión de rosas y un plátano.
La risa se intensifica y no puedo más que poner los ojos en blanco. Será malpensada.
—¿Quieres dejar de reírte de mí?
Pero ella sigue. Al llegar a la calle Uetam, me paro en la baranda de piedra que me llega justo por el pecho, me pongo de puntillas para contemplar los campos. Siempre me ha encantado que Valldemossa esté dividida por un pequeño valle lleno de huertos y vida. Es pura fantasía.
—Tía, en serio. ¿Algún día aprenderás a hablar? —me riñe de manera amistosa.
—¿¿Y tú te vas a tomar en serio lo que digo?
—Está bien, está bien, ya paro. En una hora me paso por la floristería. ¿Ensaimada?
—Perfecto.
—Hasta ahora, churri.
Algún día aprenderé a pensar antes de hablar con Sofía. Le saca la punta a todo y yo nunca pillo una.
La gente empieza a regar los campos que se extienden bajo mis pies. No hay mayor placer que vivir en un lugar como este, lleno de historia. Invadida por la melancolía, suspiro al ver a dos vecinas del pueblo recoger algunos alimentos. Pura maravilla.
Con los pies entumecidos por ponerme de puntillas, vuelvo a la realidad. Ando sin prisa por la calle, todavía quedan más de veinte minutos para abrir la floristería.
Los primeros turistas han llegado con la promesa de llevarse una experiencia inolvidable, enamorarse de los conciertos en honor a Chopin, paseos por los jardines de la Cartuja, deliciosas cenas bajo las velas con Valldemossa de fondo…
En definitiva, me ilusiono al pensar que, por ejemplo, la pareja que baja del taxi pasará su primer fin de semana juntos en este paraíso escondido.
Fantaseo con la sonrisa que llevan en los labios, en la ilusión de haberlo conseguido, de haber llegado hasta aquí con su relación.
Ella se encarga de bajar las maletas mientras él paga la carrera, para luego fundirse en un tierno beso, respirar los aromas de sus vacaciones, cogerse de la mano y andar acaramelados bajo los primeros rayos de sol hasta su nidito de amor.
Sonrío. Qué bonito es tener algo así. Pero, aquí estoy, soltera y feliz, con el sueño de seguir adelante con mi pequeña floristería, una amiga que vale por cien y el cariño de todo el pueblo que me ha visto nacer.
Contenta, me paro en el kiosco de la esquina.
— Bones , Marcelo. ¿Tienes mis periódicos viejos?
— Hem , señorita de las flores, los tienes ahí —me indica desde detrás del mostrador.
Frente a la puerta hay un hatillo de más de veinte ejemplares de ayer.
— Perfecte . ¿Cuánto es?
—Tres tulipanes y un clavel —responde con una sonrisa.
—Al mediodía te los traigo.
—Estupendo .
Me despido con la mano antes de cargar con los periódicos.
—¿Te ayudo? —pregunta un chaval.
—Pues mira, si me los recoges me harás un favor. Ayer me quedé clavada de la ciática.
—¿Ya tienes ciática? —pregunta Marcelo preocupado.
—Nada grave. Cogí mal un par de hortensias y me dio el tirón.
—Ve al fisio.
El joven ha cogido el hatillo y, en lugar de entregármelo, cabecea y me indica que me los deja en la entrada de la floristería.
—Veo que tienes nuevo repartidor.
—Saúl quiere comprarse una bici nueva, y ya sabes que su madre es un poco rata.
Me río al recordar cómo me regateó hace una semana por unas rosas.
—Cierto, cierto.
—Buenos días, Fina —saluda Marcelo a mi vecina, que acaba de llegar.
— Bones sigon —responde ella.
—Os dejo por aquí, juventudes. Divertíos.
—¡No te olvides de mis tulipanes! —grita Marcelo al irme.
—Ni del clavel. —Me despido con una sonrisa.
Sin demorarme más, sigo hasta la floristería. Mis vecinos de negocio también suben las persianas. Un nuevo día empieza. En breve llegarán los primeros coches de línea con los turistas y todo tiene que estar impecable para entonces.
El chaval me ha dejado los periódicos en el escalón de la entrada y se despide con la cabeza.
—¡Espera! —le grito para que se detenga.
Busco en los bolsillos del vestido y encuentro una moneda. Se la lanzo como agradecimiento.
—¡Gracias, Mónica!
Se pierde por la siguiente esquina con una sonrisa en la boca. Es lo maravilloso de este sitio, el apoyo de la comunidad.
Saco la vieja llave de hierro, medio oxidada pero que huele a recuerdos e historias, y abro el gran portalón de la floristería. Entro con el pie derecho, tal como mi abuela me aconsejó que hiciera siempre, y activo todas las luces.
—Buenos días, mis pequeños brotes —saludo a las plantas.
Conforme voy entrando, paso las manos por las hojas para despertarlas poco a poco.
Guardo mi tote bag en la trastienda, dejo el sombrero en el perchero y cojo el delantal tejano.
Lo ato mientras doy un vistazo, analizando todas y cada una de las plantas y flores de la tienda.
Algunas necesitan abono, otras agua y otras sol.
Antes de ponerme manos a la obra, miro el cuadro de la abuela que tengo colgado al lado del mostrador y le dedico mis mejores augurios para el día de hoy.
Ahora sí, cojo un par de macetas con los espatifilos y los saco a la calle. Giro el cartel que hay en la puerta de madera. Abierto.