Capítulo 13El retorno a la realidad climatizada #2
No alcancé a sentarme. El roce de mis zapatillas húmedas contra la moqueta gris de mi cubículo me recordó que el barro de la carretera nacional se seca rápido bajo el flujo constante del climatizador.
Tenía la garganta reseca y un zumbido en las sienes que no era culpa del aire acondicionado, sino de la imagen de Adrián, impecable tras el cristal de su despacho.
Necesitaba agua. O un café tan cargado que me reiniciara el sistema operativo. O, sin rodeos, comprobar si el hombre que acababa de despacharme con un saludo de cabeza corporativo era el mismo que me había estrechado contra su pecho en mitad del vendaval costero.
Me abrí paso por el pasillo central de la agencia. A mi paso, los debates habituales sobre presupuestos de medios y diseños de banners se apagaron, sustituidos por un murmullo de baja frecuencia que me erizó la piel.
—...te lo juro, con cartulinas del bazar —susurró una voz desde el búnker de cuentas—. Héctor está que no se lo cree. Tres años de exclusividad firmados a mano...
—...y dicen que pasaron la noche en un motel de carretera porque la sierra estaba cortada...
Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi abrigo verde menta. Los cotilleos de oficina se propagaban por Vértice Digital más rápido que un meme viral en TikTok, deformando el pánico y la intimidad de la habitación doce hasta convertirlos en el chiste del lunes por la mañana.
Crucé el umbral de la cocina común. El olor a leche evaporada y descalcificador me golpeó de frente, bajo la luz blanca del patio interior. Allí estaba él.
Adrián permanecía frente a la cafetera de cápsulas, con la espalda erguida bajo el chaleco gris marengo de su traje de tres piezas.
Su mano derecha, limpia y sin rastro de la tinta fucsia que nos había manchado en el capó del coche, sostenía una taza corporativa.
Parecía un modelo de catálogo de productividad, ajeno a las sábanas de raso rojo y al neón parpadeante que todavía me retumbaba en la cabeza.
Lucas, uno de los redactores, se apoyaba en la encimera de melamina con un cruasán a medio morder.
—De verdad, Montenegro, lo vuestro es para que Sofía os ponga una placa en la entrada —se reía—. Salvar la cuenta de De la Vega con material de papelería de barrio. Es de locos.
—Fue una respuesta táctica ante una contingencia tecnológica, Lucas —respondió Adrián. Su voz era plana, un desierto de entusiasmo—. La campaña de guerrilla se ajustaba a los parámetros presupuestarios del cliente. No hay mística en ello, solo una correcta lectura de sus necesidades financieras.
Di un paso adelante y mis zapatillas chirriaron sobre el suelo de vinilo. Lucas se giró con una reverencia exagerada.
—¡La reina del caos analógico! —exclamó—. Estábamos hablando de vuestra hazaña. ¿Cómo se sobrevive a una noche en la sierra con Montenegro y sus planes de contingencia?
Forcé la sonrisa de las grandes crisis, esa que pongo cuando un cliente pide un cambio radical cinco minutos antes del lanzamiento.
—Sobrevivimos gracias a una estricta política de fronteras —dije, clavando la mirada en el perfil de Adrián—.
Aunque debo admitir que Montenegro es un negociador implacable cuando se trata de repartir el espacio.
¿Verdad, Adrián? Prometo que aquí no te cobraré recargo por invadir mi mitad de la encimera, ni pondré cojines para delimitar el territorio de la cafetera.
Esperaba una chispa. Un milímetro de tensión en su mandíbula, una mirada de reojo que evocara el sabor a lluvia de sus labios o la caricia de sus dedos en mi muñeca. Cualquier grieta en su armadura.
Pero Adrián no se inmutó. Introdujo una cápsula en la ranura con un movimiento mecánico y presionó el botón de carga corta. El zumbido de la cafetera llenó el espacio entre nosotros mientras el líquido oscuro caía en su taza.
—La improvisación logística del viaje fue un recurso aceptable para salvar el escollo, Valenzuela —dijo, con una cortesía formal que me heló la sangre—.
Pero ahora que hemos regresado a la estructura habitual de la agencia, lo prioritario es normalizar los flujos de trabajo.
No podemos permitir que los detalles del trayecto interfieran en el traspaso de la cuenta.
La taza me tembló en la mano. Sus palabras, asépticas y medidas, dolieron más que cualquiera de nuestras pullas habituales.
Lucas miró a uno y a otro, detectó la súbita caída de temperatura y dio un paso atrás con el cruasán todavía en la mano.
—Bueno... me vuelvo al ala sur antes de que me salpique el rigor profesional —murmuró, escabulléndose por la puerta de cristal.
Nos quedamos solos. El único sonido era el goteo final de la cafetera y el ronroneo de la nevera.
Me acerqué a la encimera y apoyé las manos en el borde frío para ocultar el temblor. Mis dedos rozaron el cajón de las cápsulas, donde la última de color azul cobalto brillaba bajo el fluorescente. El mismo color por el que nos habíamos peleado en este rincón hacía cinco días.
—¿De verdad estás haciendo esto, Adrián? —pregunté, perdiendo la fachada de broma corporativa.
Él cogió su taza. Sus ojos, tras los cristales limpios de sus gafas de pasta, se fijaron en mí por primera vez. Ni un ápice de la vulnerabilidad de la escalera del motel quedaba en ellos; estaba de vuelta en su fortaleza de decimales y planes quinquenales.
—¿Hacer el qué, Elena? —Su tono era tan aséptico que dolió más que un formalismo—.
Estoy preparando la documentación para la reunión de las once con Sofía.
He subido el desglose financiero al servidor común.
Sería conveniente que revisaras los KPIs de la fase piloto antes de entrar en la sala de juntas.
No podemos permitirnos desviaciones en el presupuesto de producción.
—No me hables de los KPIs —le espeté, dando un paso para reducir la distancia y recuperar la cercanía de la tormenta —.
Hace menos de veinticuatro horas estábamos en un mirador.
Me dijiste que volver a esta oficina y ver mi cubículo vacío sería el verdadero desastre.
Me besaste, Adrián. Nos besamos. Y ahora entras aquí, me miras como si fuera un error en tu sistema operativo y me sueltas un discurso sobre normalizar flujos de trabajo.
Adrián dio medio paso atrás, restableciendo la frontera invisible entre el ala norte y el área creativa. Su mano libre se cerró sobre el asa de la taza hasta que los nudillos se le volvieron blancos.
—Aquí no estamos en el mirador, Elena —susurró, con un ojo puesto en la puerta de cristal—.
Esto es Vértice Digital. Sofía está a punto de decidir la Dirección Creativa de Puerto Coral.
Mezclar lo que ocurrió bajo la presión de una tormenta con nuestra realidad profesional es un riesgo inaceptable.
Lo de la carretera... lo del motel... fue un paréntesis.
Un error de cálculo provocado por las circunstancias.
—¿Un error de cálculo? —La palabra me quemó en la garganta—. Claro. Cómo no lo pensé antes. El señor de las hojas de cálculo ha clasificado lo que sentimos como una desviación estadística. Una variable descontrolada que hay que eliminar para que el balance de fin de mes cuadre.
—Elena, por favor. Sé racional —pidió, y su voz flaqueó un milisegundo, una grieta en su pose de control—.
La estabilidad de lo que estamos construyendo depende de que mantengamos la cabeza fría.
Si Sofía detecta que hemos comprometido la profesionalidad de la agencia por.
.. por un desliz personal, perderemos el puesto. Los dos.
—No me hables de estabilidad, Adrián. Sé perfectamente lo que te juegas —dije, mientras la sombra de sus facturas acumuladas y el miedo al colapso familiar flotaba entre nosotros, aunque me guardé el secreto de haber escuchado su llamada—.
Pero una cosa es ser responsable y otra muy distinta ser un cobarde que prefiere esconderse tras un traje de tres piezas antes que admitir que siente algo por alguien que no encaja en su plantilla de Excel.
Adrián tensó la mandíbula. El brillo defensivo volvió a sus ojos, frío como el cristal templado de su despacho.
—He diseñado mi vida para que nada quede al azar, Valenzuela —dijo, usando mi apellido como escudo—.
Y no voy a permitir que una noche de lluvia arruine la única oportunidad que tengo de asegurar mi futuro.
Nos vemos en la sala de juntas a las once.
Espero que para entonces hayas dejado la mística analógica fuera de la mesa de negociación.
Se dio la vuelta y salió de la cocina con paso firme; la puerta de cristal se cerró a sus espaldas con un suspiro neumático que absorbió el aire del habitáculo.
Me quedé sola frente a la encimera. Bajé la vista y descubrí que había estado apretando la cápsula de café azul cobalto con tanta fuerza que el aluminio se había deformado bajo mis dedos, dejando una marca hundida en la superficie del metal.
La solté sobre el cajón, donde rodó con un tintineo triste.
Me apoyé contra la pared, tiritando bajo el aire del climatizador, mientras el vacío se instalaba en mi estómago.
El frío de aquella cápsula de aluminio deformada se quedó grabado en mi palma durante todo el día, una quemadura por congelación que ni los cafés templados de la máquina consiguieron borrar.
Las horas siguientes fueron un simulacro insoportable.
En la reunión de las once fingí atención absoluta hacia las diapositivas de Sofía Ramos, pero mi cerebro repetía en bucle el tono gélido con el que Adrián me había despachado en la cocina.
Él, impecable, expuso el informe analítico ante nuestra jefa con la soltura de quien explica un gráfico de barras rutinario, despojando de épica nuestro milagro en Villa Albatros.
No me miró a los ojos ni una sola vez. Me trató como a una socia de conveniencia a la que se le agradecen los servicios prestados antes de devolverla a su caja.