Capítulo 13El retorno a la realidad climatizada
El retorno a la realidad climatizada
Elena
El aire acondicionado de la oficina central de Vértice Digital no soplaba; silbaba con una fijeza metálica que se instalaba directamente en los huesos.
Era un frío seco que obligaba a parpadear más de la cuenta para que las lentillas no se pegaran a las córneas.
Inspiré por la nariz, pero el aire no sabía a salitre, ni a ozono, ni a la lluvia pesada que nos había calado hasta la médula en el mirador de Puerto Coral.
Sabía a filtros de ventilación recién cambiados, a moqueta limpia y al sutil aroma químico de las impresoras láser a pleno rendimiento.
De vuelta en el edificio, las paredes de cristal templado y las luces fluorescentes registraban cada uno de mis movimientos como un escáner de alta seguridad.
Apoyé el termo de acero inoxidable sobre la superficie gris de mi mesa y me dejé caer en la silla ergonómica.
La tela del respaldo, fría y tirante, me recibió con la rigidez de un auditor de cuentas.
Me pasé las manos por la cara. En mi piel ya no quedaba rastro de la humedad salada de la costa, ni del olor a pino mojado de la habitación doce de El Helecho Dorado.
Tampoco quedaba la tinta de rotulador permanente en mis dedos; me había pasado todo el domingo frotándolos con alcohol y piedra pómez en el baño de mi piso hasta dejarme las yemas en carne viva, como si cualquiera en la oficina pudiera descifrar en mi mano derecha el boceto improvisado de nuestra campaña.
O algo más.
Miré la pantalla del monitor. El fondo predeterminado de la agencia, un degradado corporativo en tonos cian y magenta con el lema «Innovación que conecta», brillaba con una luz blanca que me taladraba las sienes.
El cursor parpadeaba en la bandeja de entrada, donde ya se acumulaban cuarenta y tres correos sin leer bajo el asunto de «Puerto Coral - Cierre de Campaña de la Vega».
Todo el viaje, la lluvia torrencial, las sábanas de raso rojo, el zumbido del neón y aquel beso en el mirador parecían ahora contenido borrado de la memoria caché. Una simulación que el sistema operativo de la oficina había decidido sobrescribir con la rutina de los lunes.
—Vaya, la conquistadora del sur ha vuelto.
La voz de Mateo llegó desde el pasillo de diseño antes de que pudiera abrir el primer briefing. Apareció por encima de la mampara de fieltro gris de mi cubículo, sosteniendo su taza con el dinosaurio pixelado y un vaso de café helado que goteaba condensación sobre la moqueta.
—Has sobrevivido al fin del mundo costero —dijo, mientras daba un sorbo ruidoso a la pajita de metal—. ¿Es verdad lo que se rumorea por los pasillos? ¿Héctor busca un analista de datos externo porque Don Aurelio ha firmado tres años de exclusividad sobre unas cartulinas de colores?
—Tres años —esbocé mi mejor sonrisa de ganadora de un León de Cannes—. Firmó las cartulinas. Literalmente.
—Eres una deidad pagana, Elena. Lo juro.
—Mateo me miró de arriba abajo, entornando los ojos—.
Aunque pareces haber pasado por una trituradora de papel.
Tienes la misma cara que el maquetador cuando le pedimos cambiar la paleta de colores cinco minutos antes de la entrega.
¿Qué es esa mancha gris detrás de la oreja? ¿Tinta de calamar?
Me froté el lóbulo con los dedos. El rotulador negro de la papelería Loli se resistía a abandonar mi piel, empeñado en recordar que lo del capó de aquel coche amarillo no había sido una alucinación colectiva.
—Gajes del oficio analógico —esquivé su mirada inquisitiva—. Tengo que organizar este caos. Luego te cuento los detalles técnicos.
—Ya. Los detalles técnicos. —Mateo arqueó una ceja, pero no insistió.
Me dio un golpecito amistoso en el hombro antes de volverse hacia su tableta gráfica—.
Prepárate, porque Sofía ha convocado una reunión a las once para el traspaso de la cuenta.
Héctor va a buscarle las cosquillas al presupuesto analógico que le colasteis.
Asentí de forma automática. La música que se escapaba de sus auriculares de diadema, un ritmo bailable de Los Astronautas del Sótano, me trajo una ráfaga de calor que se disolvió de inmediato bajo el flujo glacial del aire acondicionado.
Me levanté de la silla. La bandeja de entrada podía esperar; mi cordura, no. Necesitaba comprobar si el Adrián de Puerto Coral seguía existiendo o si el sistema lo había formateado por completo antes de que yo pudiera asimilar el lunes.
Caminé por el pasillo de cristal. A los lados, las salas de reuniones vacías exhibían pizarras pulcras y sillas de diseño perfectamente alineadas.
El ala norte, el territorio de cuentas, siempre me había parecido un laboratorio de criogenización.
Sin música, sin juguetes de vinilo en las estanterías, sin pósteres de festivales de diseño.
Todo era un silencio amortiguado por la moqueta de alta densidad y el tecleo rítmico de los teclados de perfil bajo.
Lo vi a través del cristal de su oficina individual.
Adrián estaba de pie, de espaldas a la puerta, frente a la pizarra donde organizaba sus flujos de trabajo.
Vestía un traje de tres piezas gris marengo, impecable, sin una sola arruga que delatara que ese mismo hombre había compartido conmigo una cama nupcial de dosel ruidoso en un motel de carretera.
El pelo, que yo había enredado entre mis dedos mojados bajo la lluvia, estaba peinado hacia atrás con precisión milimétrica, fijado con esa cera mate que mantenía cada mechón en su coordenada exacta.
Hablaba por el teléfono de diadema, con el micrófono de varilla fina rozándole la comisura de los labios.
Su mano derecha, libre de cualquier rastro de tinta fucsia, sostenía un rotulador de borrado en seco azul oscuro con el que trazaba una línea recta impecable debajo de un porcentaje de conversión.
—Entiendo la preocupación de la central, Carlos —su voz se filtraba por la rendija de la puerta que yo había dejado entornada—.
Pero el plan de contingencia mitiga cualquier desviación en la fase piloto.
El coste por adquisición está blindado por debajo del umbral de riesgo.
No liberaremos más presupuesto hasta cumplir los KPIs del primer hito.
El Adrián de las hojas de cálculo. El que analizaba cada variable de la existencia como si fuera un balance de pérdidas y ganancias.
Me quedé inmóvil en el pasillo, con el frío del suelo atravesando las suelas de mis zapatillas.
Busqué algún detalle, un microgesto que agrietara la perfección de su armadura: una mirada de reojo, un titubeo en su discurso, un segundo de distracción que indicara que él también lidiaba con el fantasma de la carretera nacional 340.
Nada.
Adrián continuó trazando subdivisiones en su gráfico de barras con una firmeza dolorosa.
Su voz no flaqueó al pronunciar los términos técnicos que solían exasperarme.
El profesional perfecto. El candidato ideal para la Dirección Creativa que Sofía Ramos estaba a punto de adjudicar.
El hombre empeñado en blindar los cimientos de su vida contra cualquier imprevisto, contra la ruina que una vez amenazó a su familia.
Recordé la llamada que había escuchado desde la escalera del motel: la voz de su madre, las facturas, la sombra del colapso familiar.
Pero la ternura de aquella noche se congeló de golpe.
Su rigidez no era solo un escudo contra el pasado; era un muro contra el presente.
Contra mí. En su hoja de cálculo de riesgos, un desliz romántico con la rival de oficina en mitad de un viaje de negocios era una variable descontrolada.
Un error de sistema que debía eliminarse del informe final para no comprometer su plan de carrera de cinco años.
¿Había sido todo un paréntesis de conveniencia? ¿Una alianza táctica para salvar la cuenta de Don Aurelio y, una vez asegurado el contrato, replegarse a las trincheras con las defensas al máximo?
Adrián terminó la llamada con un asentimiento formal y guardó el rotulador en el cubilete de metal, alineándolo junto a los otros tres de la gama reglamentaria. Se giró hacia la puerta de cristal y su mirada se topó directamente con la mía.
Se me cortó la respiración, incapaz de retroceder a tiempo.
Durante un instante, el silencio del ala norte se volvió espeso, casi tanto como el aire de la suite doce antes de que la tormenta apagara las luces.
Adrián me miró a través del cristal templado.
Sus ojos, detrás de las lentes limpias, se entrecerraron apenas un milímetro.
Sus labios se tensaron, perdiendo la línea recta de su pose profesional.
Esperé. Esperé que abriera la puerta, que diera un paso hacia el pasillo y me dijera algo que rompiera la distancia climatizada de la oficina.
Un hola, un gesto de reconocimiento, o incluso una queja sobre mis zapatillas todavía sucias de barro.
Cualquier cosa que demostrara que el Adrián que me había sostenido la mano durante el apagón seguía allí dentro.
Pero Adrián no se movió.
Hizo un saludo de cabeza formal, un gesto tan aséptico y corporativo que dolió más que la distancia física entre Madrid y Puerto Coral. Después, apartó la mirada, cogió su carpeta de cuero negro y revisó unos folios impresos, dándome la espalda de forma definitiva.
Las mejillas me ardieron a pesar del frío del aire acondicionado.
Me di la vuelta con rapidez, arrastrando el peso de mis zapatillas sucias sobre la moqueta impecable, y caminé de regreso hacia la seguridad caótica de mi cubículo.
El sistema operativo de Vértice Digital se había reiniciado con éxito, y yo me había quedado fuera de la red.