Capítulo 12La teoría de la lluvia y otros efectos colaterales #3
—Estar contigo me da pánico, Elena —confesé, mirándola directamente a los ojos—. Porque no puedo predecirte. No hay una fórmula matemática para saber qué vas a hacer en el siguiente minuto. Pero hoy, cuando vi que el iPad se apagaba y que todo mi mundo estructurado se iba al traste, lo vi claro.
—¿Qué verdad? —preguntó ella, con la voz apenas un hilo, sus ojos fijos en los míos.
—Que el verdadero desastre no es que las cosas salgan mal.
No es perder la cuenta de Don Aurelio de la Vega, ni que el coche se quede sin batería en mitad de esta sierra de Puerto Coral.
El único desastre real, el que no sabría cómo meter en ninguna hoja de pérdidas y ganancias, sería volver a esa oficina climatizada, sentarme en mi escritorio ergonómico del ala norte y mirar tu cubículo vacío sabiendo que no tuve el valor de arriesgarme contigo.
Elena contuvo el aliento. Sus dedos se cerraron sobre la tela de mi chaleco, arrugándola aún más. Su mirada descendió por un segundo hacia mis labios, un movimiento rápido que me tensó cada músculo del cuerpo.
La distancia entre nosotros se redujo a la nada.
El roce sutil de su abrigo verde contra mi chaqueta y el latido desbocado de su corazón contra el mío atravesaron las capas de ropa mojada.
El agua resbalaba por nuestros rostros, mezclándose en el espacio mínimo que separaba nuestras respiraciones.
Todo el ruido del océano, el trueno que volvía a rodar por el horizonte y el zumbido lejano de la ciudad de Puerto Coral se disolvieron.
Solo quedó el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas bajo el cielo gris.
Mis dedos, entorpecidos por el frío, buscaron el dorso de su mano, todavía aferrada a la lana empapada de mi chaleco.
Cada uno de sus dedos temblaba contra mi pecho, y no por la llovizna helada que nos calaba hasta los huesos, sino por la misma corriente eléctrica que me bloqueaba las articulaciones.
Su respiración, corta y cálida, chocaba contra mi barbilla, empañando las gafas de pasta.
Me las quité con un movimiento torpe y las deslicé en el bolsillo de mi americana húmeda.
El mundo a mi alrededor se redujo a un lienzo difuminado de grises, verdes y el amarillo chillón del microcoche a nuestras espaldas.
Pero ella permanecía nítida. Su rostro, a apenas unos centímetros del mío, destacaba con una claridad casi dolorosa.
El agua de la lluvia resbalaba por sus pestañas oscuras; las gotas quedaban suspendidas en la comisura de sus labios y el rastro ya pálido de la tinta negra le cruzaba la sien.
Mi cerebro, habituado a procesar las consecuencias de cada acción en un árbol de decisión de ramificaciones infinitas, arrojó un código de error insalvable.
No había matriz de riesgos para esto. No existía un plan capaz de prever el impacto de tener a la estratega digital más caótica de la agencia a un milímetro de distancia, bajo una tormenta costera, con los zapatos arruinados por el barro y el corazón desbocado contra las costillas.
—Elena —susurré, y mi propia voz sonó como una rendición.
Ella no respondió con palabras. Apretó la tela de mi chaleco, un tirón sutil que me obligó a inclinarme.
La última barrera mental que había construido a lo largo de los años —esa muralla de decimales, presupuestos blindados y horarios milimétricos— se disolvió bajo la lluvia.
Adiós al escudo. Adiós a la ilusión de control.
La única forma de no caer era, precisamente, dejarme llevar por la única variable que jamás podría dominar.
Deslicé mi mano libre por su costado, sorteando el tejido rugoso de su abrigo verde menta, hasta que mi palma encontró su cintura. Su calor contrastaba con el frío húmedo del ambiente. La atraje hacia mí con un movimiento firme, sin la vacilación que me había paralizado durante todo el viaje.
Elena jadeó, con los labios entreabiertos, pero no se apartó. Al contrario, sus manos subieron por mi pecho hasta enredarse en las solapas de mi americana, sujetándose a mí como al único punto firme en mitad del vendaval.
Y entonces la besé.
Fue un choque frontal entre dos fuerzas que llevaban meses orbitando en los pasillos de Vértice Digital sin atreverse a colisionar. Sabía a lluvia, a salitre y al rastro dulce de vainilla que me perseguía desde la cafetera de la oficina.
Elena respondió al instante, inclinó la cabeza para profundizar el beso y rompió cualquier distancia que pudiera quedar entre nosotros.
Sus dedos se hundieron en mi pelo mojado, desordenando lo que quedaba de mi peinado reglamentario, mientras mi mano en su cintura la estrechaba con una urgencia desconocida.
Toda la rivalidad de oficina, las pullas de los lunes por la mañana, las discusiones por la última cápsula de descafeinado y la absurda carrera por el despacho de Puerto Coral se evaporaron en el aire cargado de ozono.
Sin directores creativos, sin campañas de tres millones de euros, sin clientes excéntricos ni amatistas gigantes.
Solo nosotros dos, empapados en el borde del acantilado, desafiando a la gravedad y a la lógica.
El agua nos caía a chorros, resbalaba por el cuello y adhería las camisas a la piel. Un termostato de emergencia pareció encenderse en mi pecho. Sus labios contra los míos, la presión de su cuerpo y el temblor de sus manos aferradas a mi nuca con una fuerza asombrosa.
Me separé apenas un milímetro, busqué aire, pero ella no me dejó ir.
Me retuvo por la nuca y volvió a buscar mi boca con una risa silenciosa que vibró contra mis labios.
La besé de nuevo, saboreé esa mezcla de triunfo y locura, mientras la tormenta nos lavaba las manchas de tinta de las manos y de la cara.
Mi mente analítica, incapaz de apagarse por completo, susurró que mañana volveríamos a la realidad.
Que cruzaríamos las puertas de cristal templado de Vértice Digital, nos enfrentaríamos a la mirada escrutadora de Sofía Ramos y tendríamos que decidir cómo cohabitar en la oficina sin que la tensión nos consumiera.
Pero el pensamiento se desvaneció, barrido por el calor de su boca y el oleaje rompiendo contra las rocas.
Cuando nos separamos, nuestras frentes quedaron apoyadas la una contra la otra. Elena respiraba con dificultad, con las pestañas cuajadas de gotas de lluvia. Sus labios, rojos y ligeramente hinchados, esbozaron una sonrisa que no tenía nada de corporativa y sí mucho de absoluta, caótica certeza.
—Vaya —susurró, con la voz rota por el esfuerzo—. Parece que tu plan de contingencia para la lluvia ha fallado estrepitosamente, Montenegro.
La estreché más contra mí, sentí el agua escurrir por mi espalda, ajeno al traje arruinado y al viento helado de la costa.
—Ha sido el mejor error de cálculo de mi vida, Elena —respondí, y la besé una vez más bajo el cielo gris de Puerto Coral.