Capítulo 13El retorno a la realidad climatizada #3
A las siete de la tarde, la oficina empezó a oscurecerse.
El murmullo de los teclados cesó y el zumbido del aire acondicionado se adueñó del espacio.
Vi a Adrián entrar en la Sala Neón a recoger unos bocetos de la mesa de juntas.
Su silueta, recortada contra el cristal templado, parecía el trazo de un arquitecto que no admite errores de simetría.
Caminé hacia allí antes de que mi parte racional, esa que Mateo siempre me suplicaba que usara, me diera el alto. Entré en la sala y empujé la pesada puerta de doble cristal. El pestillo encajó con un chasquido seco que succionó el aire climatizado entre nosotros.
Adrián detuvo el movimiento de su mano, que quedó inmóvil sobre su cartera de cuero negro.
—Elena, es tarde —su voz arrastraba la cadencia formal de sus correos de disculpa—. Tengo que cerrar el informe de costes antes de la copia de seguridad de las ocho.
—Me importa un bledo tu copia de seguridad, Adrián —di tres pasos rápidos hasta la mesa de roble—. Mírame. No al dossier, no a la pizarra. Mírame a mí.
Él exhaló un suspiro lento y se enderezó.
Al girarse, la luz fluorescente le dio de lleno en la cara, y la rabia acumulada desde la cocina se me atascó en la garganta.
Las ojeras marcaban zanjas oscuras tras sus gafas.
El nudo de su corbata, siempre perfecto, estaba ligeramente ladeado, y un mechón de pelo rebelde le caía sobre la frente, rompiendo la geometría de su peinado.
No era cansancio de oficina; era una fatiga densa, de las que calan hasta los huesos.
—¿Qué quieres que te diga, Elena? —su tono ya no era frío, sino plano, sin energía para defenderse—. Ya te lo he explicado en la cocina. Las reglas del juego en esta oficina son las que son. No podemos permitirnos...
—No me hables de las reglas del juego como si fueras el árbitro de la liga —lo interrumpí, apoyando las palmas sobre la madera fría de la mesa—.
En el mirador no había reglas. Bajo la llovizna no estabas pensando en el manual de conducta de Vértice Digital.
Me besaste como si el mundo fuera a acabarse, Adrián.
Y hoy entras aquí y me tratas como si fuera un virus que tienes que poner en cuarentena para que no te ensucie el historial. ¿Tan poco te importó?
Adrián cerró los ojos un segundo. Al abrirlos, apretó los puños a los costados; sus nudillos se tiñeron de blanco bajo la tela de la americana.
—Me importó tanto que me está destrozando la cabeza —soltó de golpe.
El volumen de su voz no subió, pero la intensidad de sus palabras me obligó a enderezarme—.
¿Crees que esto es fácil para mí? ¿Crees que disfruto levantando este muro cada vez que pasas cerca de mi cubículo y huelo a vainilla?
No lo entiendes, Elena. No tienes ni idea de la presión que tengo encima.
—Pues explícamelo. Deja de usar la jerga de marketing y háblame como la persona que estuvo conmigo en la habitación doce.
Adrián caminó hacia el ventanal que daba a la calle, dándome la espalda. Apoyó la frente contra el cristal, fijo en los faros que empezaban a atascar la avenida.
—Mi madre me llamó al mediodía —dijo, y su voz vibró con una fragilidad que me encogió el estómago—.
Ha llegado otra notificación del juzgado.
El administrador concursal de la antigua empresa de mi padre sigue reclamando responsabilidades subsidiarias.
Hay una deuda acumulada que no para de generar intereses.
Si no hago el ingreso de la fianza antes del próximo mes, van a iniciar el proceso de ejecución sobre su casa. La casa donde vive ella, Elena.
La confesión me golpeó en el pecho. Aunque ya conocía la historia por la llamada del motel, oírla de su propia boca, con ese temblor de pánico real bajo su pose de ejecutivo, dolió el doble.
Quise rodear la mesa y abrazarlo, pero la rigidez de su espalda me advirtió que el menor contacto lo rompería.
—La Dirección Creativa de Puerto Coral no es un capricho para mi currículum —continuó él, sin moverse de la ventana—.
Es el incremento salarial que necesito para blindar a mi madre.
Es la única maldita variable que puede evitar que volvamos a perderlo todo, como cuando era un crío y vi cómo ponían el precinto judicial en la puerta de mi habitación.
Si Sofía Ramos ve la más mínima distracción en mí, si sospecha que mi rendimiento puede verse afectado por un lío personal con mi rival directa de oficina, buscará a un director externo.
Ya lo advirtió. No puedo arriesgarme. No puedo permitirme el lujo de ser caótico, de improvisar o de dejarme llevar por lo que siento.
Se giró lentamente, apoyando la espalda contra el cristal. Me buscó con una mirada cargada de una súplica que dolió más que su desprecio matutino.
—Te quiero en mi vida, Elena —confesó en un susurro áspero—. Pero no puedo gestionar este riesgo. No ahora. Necesito que esto sea un paréntesis. Necesito que volvamos a ser los de antes, al menos hasta que Sofía tome la decisión. Necesito controlar esto.
El silencio se instaló entre nosotros, denso como el aire de la sierra antes de la tormenta. Lo miré: la mandíbula apretada, la desesperación encajonada en sus malditas estructuras. Una mezcla de tristeza y decepción me enfrió la sangre.
—¿El de antes? —pregunté, y mi propia voz me sonó extraña, desprovista de mi habitual sarcasmo—.
¿Quieres que volvamos a competir por la cafetera y a lanzarnos pullas en las reuniones como si no hubiera pasado nada?
¿Como si no hubiéramos pasado la noche en vela uniendo nuestras cabezas para salvar esta cuenta?
—Es lo único seguro para los dos.
—No, Adrián —negué con la cabeza, parpadeando para contener las lágrimas por puro orgullo—. Es lo único seguro para ti.
Di un paso atrás, alejándome de la mesa. La distancia volvió a ser la que separaba el ala norte del área creativa: un abismo de moqueta gris y fluorescentes.
—Entiendo tu miedo —dije, y mi voz se quebró un milímetro antes de recuperar la firmeza—.
De verdad que lo entiendo. Sé lo que te juegas y sé que la presión te está asfixiando.
Pero me da una pena infinita ver que, después de todo lo que pasó en la carretera, sigues creyendo que la única forma de salvarte es congelar todo lo que está vivo a tu alrededor.
Adrián dio un paso hacia mí, con la mano extendida, pero la dejó caer a mitad de camino, incapaz de romper su propia frontera.
—Elena...
—Me has metido en tu maldita hoja de cálculo, Adrián —lo corté; la rabia me sostuvo para no desmoronarme—.
Has analizado lo que sentimos, has calculado el margen de riesgo profesional, has visto que el coste de oportunidad no encajaba en tu plan de cinco años y has decidido aplicar un recorte de personal. Conmigo.
—No es así —protestó, con la mandíbula apretada—. Estoy intentando protegernos.
—Te estás protegiendo tú —repliqué, y lo miré con una decepción que lo hizo retroceder un milímetro—.
Y lo peor es que ni siquiera te das cuenta de que el verdadero desastre no es que las cosas salgan mal.
El verdadero desastre es que eres un cobarde.
No puedo estar con alguien que calcula el amor como si fuera un balance de pérdidas y ganancias, Adrián.
No puedo pasarme la vida esperando a ver si el resultado de tu trimestre da positivo para saber si tengo derecho a que me des la mano.
Cogí mi bolso de lona verde apoyado en la silla de la entrada. Mis dedos rozaron la tela rugosa, el mismo tacto que me había acompañado en el microcoche amarillo, pero ahora estaba frío, ajeno.
—Suerte con tu informe de costes —dije, sin mirarlo.
Giré el pomo de la puerta de cristal, saliendo al pasillo de la oficina vacía.
El suspiro neumático de la puerta al cerrarse a mis espaldas sonó como el apagado definitivo de un sistema operativo que se había quedado sin energía.
Caminé a paso rápido por la moqueta gris, sin mirar atrás, mientras el aire helado de la oficina se me colaba en los pulmones y me congelaba el pecho.
Apreté la correa de lona de mi bolso contra el hombro, hundiéndome los dedos en la tela para contener la presión helada que me bajaba por el esternón.
El trayecto en el metro fue una sucesión de caras grises y luces parpadeantes.
Solo cuando la llave giró con su quejido metálico y empujé la puerta de mi apartamento, el zumbido de la oficina perdió volumen.
Mi casa era el cuartel general de la improvisación: treinta metros cuadrados donde los libros de diseño gráfico servían de soporte para tazas desparejadas y la ropa del revés colonizaba el brazo del sofá.
En la cocina, una hilera de post-its fosforitos decoraba la nevera con recordatorios caducados: «comprar aguacates», «llamar al casero», «renovar Spotify».
El desorden habitual, antes cómodo como un pijama viejo, se sentía ahora como una prueba física de las acusaciones de Adrián.
*Inmadura. Caótica. Poco seria.*
Dejé el bolso sobre la mesa de comedor —una tabla de pino sobre caballetes que cojeaba con solo mirarla— y rescaté un Merlot a medio terminar de la encimera.
Sin molestarme en buscar una copa limpia, llené hasta el borde un vaso de agua de cristal grueso y me senté en el suelo, de espaldas al sofá descolorido.
El primer trago me raspó la garganta, ácido y tibio. Al dejar el vaso sobre el parqué, mi mano rozó el bolso entreabierto. De su interior sobresalía un cilindro de papel áspero. Lo saqué despacio, sintiendo la rigidez del material bajo las yemas.
Era la cartulina amarilla de la papelería Loli.