La teoría del caos y otros desastres compartidos Capítulo 11Analógico es el nuevo viral
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Capítulo 11Analógico es el nuevo viral

El apagón de las certezas digitales

Adrián

El habitáculo del microcoche amarillo olía a pino mojado, a tapicería barata empapada de sierra y al rastro de vainilla que Elena exhalaba a mi lado.

Mis rodillas seguían encajadas contra la guantera de plástico rígido.

Cada vez que Elena tomaba una curva de la carretera de la costa con entusiasmo temerario, mi fémur derecho protestaba contra la esquina del salpicadero.

El dolor físico era una variable insignificante en la ecuación de desastres que se formulaba en mi cabeza.

La nacional 340 serpenteaba entre acantilados de granito gris y un mar que arrastraba la resaca espumosa de la tormenta de anoche. El cielo se abría en jirones azules sobre Puerto Coral, pero mi presión barométrica interna marcaba alerta roja.

—¿Puedes reducir la velocidad un cinco por ciento, Valenzuela? —pedí, forzando mi tono neutro de consultor senior—. La fuerza centrífuga compromete la estabilidad de mi centro de gravedad. Y la integridad de mis rótulas.

Elena soltó una risa ligera y tamborileó sobre el volante de plástico con las puntas de los dedos.

—Si bajo el ritmo, Montenegro, llegaremos a Villa Albatros justo para el solsticio de invierno.

Y me consta que Don Aurelio prefiere las presentaciones antes de que la marea alta altere el campo magnético de su terraza.

Además, el bólido amarillo está dándolo todo.

¡Mira ese indicador! ¡Treinta por ciento de batería! Somos invencibles.

No éramos invencibles. En mi Excel mental, un treinta por ciento de batería en un vehículo con la suspensión sobrecargada y una autonomía teórica de ochenta kilómetros era el equivalente logístico a jugar a la ruleta rusa con cinco balas. Decidí obviar el debate; las prioridades eran otras.

Desabroché las hebillas de mi maletín de cuero negro con dos clics secos e idénticos. El sonido, habitualmente satisfactorio por su simetría, me erizó la nuca. Deslicé la mano en el compartimento acolchado y extraje el iPad de la agencia.

El chasis de aluminio estaba helado. Una fina capa de condensación brillaba sobre la manzana del reverso, rastro del microclima húmedo de la habitación doce del motel que la calefacción del coche no lograba disipar.

Limpié la superficie con el reverso de mi manga, asegurándome de no dejar vetas en el cristal. Presioné el botón de encendido.

Nada.

Un segundo de retraso en la respuesta era aceptable para un procesador con dos años de antigüedad. Esperé. Volví a presionar el botón, esta vez aplicando una fuerza calculada de dos Newtons y sosteniéndolo durante cinco segundos exactos.

La pantalla permaneció gris, un espejo inerte con el reflejo de mi frente arrugada, mis gafas de pasta torcidas y la línea tensa de mi mandíbula.

—Vamos —susurré, un ruego que mi mente analítica catalogó de inmediato como un recurso heurístico inútil—. Enciende.

—¿Problemas en el paraíso de silicio? —preguntó Elena de reojo, sin levantar el pie del acelerador. Su tono era burlón, pero sus dedos se tensaron un milímetro sobre el volante.

—Un retraso insignificante en el arranque del sistema —respondí. Mi pulso ya superaba las cien pulsaciones por minuto—. Probablemente una suspensión temporal de la actividad del procesador debido al gradiente térmico de la sierra.

Realicé la maniobra de reinicio forzado: presioné el botón de encendido y el de inicio simultáneamente, los sostuve y esperé.

La pantalla parpadeó. Un destello de luz blanca y fría cruzó el cristal de arriba abajo, seguido de líneas horizontales de un verde fosforito, como nuestros post-its de la noche anterior.

Luego, un crujido imperceptible, un susurro de estática en el altavoz inferior, y la pantalla volvió a fundirse en un negro absoluto.

Un sudor frío me brotó en la nuca, empapando el cuello de mi camisa arrugada.

*Cortocircuito por condensación.* La humedad de la tormenta se había filtrado por el puerto de carga durante las horas en el escritorio de pino cojo del motel. El agua y los circuitos integrados de la placa lógica habían cerrado un puente letal.

Nuestra campaña. El mapa de navegación. Las proyecciones financieras que reducían el coste de producción en un sesenta y cuatro por ciento.

Los KPIs que justificaban la viabilidad de la locura de guerrilla de Elena.

El documento unificado que debía salvar la cuenta de Don Aurelio y, con ella, mi ascenso, el recibo de la luz de mi madre, la hipoteca pendiente, la promesa de que no volveríamos a perderlo todo.

Todo estaba en ese disco de estado sólido que ahora era poco más que un pisapapeles de aluminio de trescientos gramos.

—Montenegro. —La voz de Elena había perdido el tono cantarín. El coche redujo la velocidad de golpe y el motor eléctrico emitió un silbido de retención—. Te has quedado del color del papel de fumar. ¿Qué pasa?

—El dispositivo no responde —articulé, con una voz que no reconocí—. La pantalla ha experimentado una descarga de tensión disruptiva. Ha muerto, Elena. El iPad ha muerto.

—¿Cómo que ha muerto? —Ella echó un vistazo rápido a mi regazo, donde el aparato yacía inerte—. Dale al botón de nuevo. Al de arriba. O al de abajo. ¡Hazle el boca a boca informático, lo que sea!

—No funciona así —dije, con la frustración agriándome el tono—. No es un juguete analógico al que puedas darle un golpe para que reviva. Es electrónica de precisión. La humedad ha puenteado los conectores de la placa de alimentación. Está frito. Inservible.

—Pero tenemos la copia de seguridad —insistió ella, deteniendo el coche en el arcén de tierra de la carretera, justo frente a un cartel oxidado que anunciaba un mirador de Puerto Coral.

El motor quedó en silencio, roto solo por el oleaje de fondo—.

Me dijiste anoche que todo se sincronizaba automáticamente con el servidor de la agencia.

—Sí. En teoría. —Saqué mi teléfono móvil corporativo del bolsillo de la americana.

La pantalla del teléfono se encendió, pero en la esquina superior izquierda, donde debían figurar las barras de cobertura de la red LTE, solo se leía: *Sin servicio*.

Levanté el teléfono hacia el parabrisas, como si esos treinta centímetros de altura pudieran burlar la geografía de los acantilados de la sierra. Nada. Un único punto de cobertura GPRS apareció y desapareció en un parpadeo errático, como una burla digital.

—No hay cobertura de datos —dije, mientras el pánico, ese viejo enemigo que solía mantener a raya con gráficos de Gantt y planes de contingencia, me cerraba la garganta—.

El servidor de la agencia requiere una conexión segura de doble factor.

Con este ancho de banda, tardaría aproximadamente catorce horas en descargar el paquete de la propuesta.

Eso si la conexión no se cae, que se caerá.

—Déjame ver. —Elena se inclinó sobre mí, invadiendo mi espacio hasta que su hombro chocó contra el mío. Su perfume a vainilla me inundó, un contraste absurdo con el olor a metal quemado que mi mente juraba percibir del iPad—. Dame el teléfono.

—No vas a conseguir que aparezcan antenas de telefonía por arte de magia, Valenzuela —mascullé, pero le entregué el dispositivo. Mis dedos temblaban ligeramente, un detalle que detesté al instante.

Ella sostuvo el móvil, moviendo el brazo en diferentes ángulos dentro del habitáculo amarillo. Su rostro estaba muy cerca del mío; distinguí la pequeña peca cerca de su sien derecha y el aleteo rápido de sus pestañas.

—Tiene que haber una forma —murmuró, más para sí misma que para mí—. A ver... si nos movemos hacia la cima del acantilado...

—La presentación es en cuarenta y cinco minutos —la interrumpí, y la realidad de los números cayó a plomo—.

No tenemos el documento. No tenemos los gráficos.

No tenemos el plan de viabilidad. No tenemos nada que mostrarle a Don Aurelio más que una idea abstracta que ya rechazó una vez cuando carecía de soporte estructural.

Me apoyé contra el respaldo del asiento, cerrando los ojos. El silencio del coche era espeso, roto solo por el goteo de la condensación del limpiaparabrisas sobre el capó amarillo.

Toda la noche de vela. La tregua en la habitación doce.

Nuestras manos rozándose sobre el colchón de raso rojo, el café soluble compartido, la sensación inédita de no estar solo frente al abismo.

Todo se reducía a esto: un fallo técnico elemental fuera de mi plan de gestión de riesgos.

Había calculado la ruta, el consumo del coche, el perfil del cliente, pero no la condensación de la sierra sobre un conector de carga.

Había fallado. El mismo error estúpido, la misma falta de control que había arrastrado a mi padre, que había dejado a mi madre frente a las cartas de reclamación del banco sobre la mesa de la cocina. El pánico era una marea negra que subía por mis tobillos.

—Adrián —dijo Elena. Era la primera vez que usaba mi nombre de pila, sin el parapeto de las pullas profesionales. Su mano se posó sobre mi antebrazo, justo encima del puño de la camisa. El contacto me obligó a abrir los ojos.

La luz plomiza del mar se colaba por el parabrisas, estirando sombras sobre el salpicadero de plástico. La mano de Elena sobre mi antebrazo, firme y cálida, contrastaba con el frío inerte del iPad que yo apretaba contra mi regazo.

—Mírame —repitió. Su voz, desprovista de la ironía con la que solía torpedear mis mañanas en la oficina, sonó extrañamente grave, sin filtros.