La teoría del caos y otros desastres compartidos Capítulo 10El apagón de las certezas digitales #7
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Capítulo 10El apagón de las certezas digitales #7

—Menos tecnicismos, Montenegro, y más acción —rio el cliente, dándole una palmada en el hombro—. Id a celebrar. Os habéis ganado cada centavo de este contrato.

Héctor y los asesores se levantaron, recogiendo sus dispositivos con movimientos silenciosos. Don Aurelio nos dedicó una última inclinación de cabeza zen y se retiró por la puerta lateral que daba a la terraza, dejándonos solos en mitad de la inmensa sala de juntas.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era un silencio limpio, cargado de la electricidad que queda después de una tormenta de verano.

—Lo hemos conseguido —susurré, mirando las manchas de tinta negra en mis dedos.

—Tres años de exclusividad —respondió Adrián, dando un paso atrás para contemplar las cartulinas—. Un sesenta y cuatro por ciento de ahorro en producción garantizado por contrato. Sofía no podrá poner un solo pero a la viabilidad de la delegación.

—¿Y en eso es en lo único en lo que piensas, Montenegro? —le espeté, aunque la sonrisa ya no me cabía en la cara—. ¿En los informes de Sofía?

—Pienso en que tu idea de los patitos de goma y la Ley de Murphy acaba de salvar el trimestre, Valenzuela —dijo, y por primera vez en tres días, una sonrisa franca le iluminó el rostro.

Recogimos las cartulinas con cuidado, enrollándolas de nuevo en el cilindro tosco que nos había servido de escudo.

Salimos de la sala de reuniones con paso firme, cruzando el vestíbulo de Villa Albatros bajo la mirada ahora respetuosa de la recepcionista.

Al cruzar las puertas de cristal templado, el aire de la costa nos golpeó el rostro: cálido y cargado con la promesa del mediodía que se abría sobre el mar.

Caminamos por el sendero de losas de piedra hasta llegar al mirador donde estaba aparcado nuestro microcoche amarillo, brillando bajo el sol de Puerto Coral como un juguete olvidado en un acantilado.

En cuanto las puertas acristaladas de la villa se cerraron a nuestra espalda y quedamos solos frente al horizonte azul, la presión contenida durante las últimas veinticuatro horas estalló dentro de mí.

La adrenalina, el café soluble, la falta de sueño y la absoluta euforia de haber vencido a todos los pronósticos se mezclaron en un impulso incontrolable.

Solté el rollo de cartulinas, que cayó sobre el capó del coche con un ruido sordo, me giré hacia Adrián y me lancé directamente a sus brazos.

No lo pensé. Adrián soltó un jadeo de sorpresa cuando mi cuerpo chocó contra el suyo, pero no se echó atrás.

Sus brazos, habitualmente contenidos a los costados de su impecable traje de tres piezas, se abrieron por instinto y me rodearon con una fuerza que me levantó un par de centímetros del suelo.

Me colgué de su cuello, hundiendo los dedos en la tela arrugada de su americana gris marengo.

Sentí el olor a sándalo de la sala de juntas mezclado con el aroma a lluvia y a ese deje de café frío que se le había quedado impregnado en la piel durante el viaje.

Su pecho subía y bajaba a un ritmo frenético contra el mío; el latido de su corazón era un tambor desbocado que vibraba a través de las capas de nuestras camisas.

—¡Lo hemos hecho, Adrián! —exclamé contra su oído, con la risa subiéndome por la garganta—. ¡Les hemos pasado por encima!

Sentí cómo la rigidez de sus hombros se desmoronaba por fin, cediendo ante un suspiro largo que le recorrió el cuerpo. Sus manos, grandes y cálidas, se asentaron con firmeza en mi cintura, apretándome contra él como si necesitara comprobar que la victoria era real.

El abrazo, que en cualquier manual de etiqueta corporativa debería haber durado tres segundos de palmaditas cordiales en la espalda, se prolongó.

Las olas rompían contra las rocas del acantilado, unos metros más abajo, con un ritmo constante que parecía acompasarse con nuestra respiración compartida.

Ninguno de los dos hizo el amago de soltarse.

Apoyé la mejilla en el hueco de su hombro, sintiendo la calidez de su cuello.

Recordé la llamada que había escuchado en la escalera, las facturas sin abrir sobre la mesa de su madre y el peso que este hombre cargaba cada vez que se ajustaba el nudo de la corbata por las mañanas.

Me apreté un poco más contra él, esperando que el gesto transmitiera lo que no cabía en un informe de rendimiento: que el caos no siempre destruye; que a veces, si lo dejas operar, te salva la vida.

Adrián deslizó una de sus manos por mi espalda hasta detenerse en la base de mi nuca.

Sus dedos, todavía manchados con el carbón del rotulador permanente, rozaron mi piel con una suavidad que me erizó el vello.

Mi respiración se detuvo un instante, atrapada en el espacio mínimo que nos separaba.

Ya no había marketing, ni Don Aurelio, ni despachos en Puerto Coral; solo el calor de sus dedos y el latido desbocado de mi propio pulso contra su palma.

Me separé un milímetro, lo justo para mirarlo a la cara.

Seguíamos tan cerca que podía ver el reflejo del mar en los cristales de sus gafas y la pequeña marca que el puente de la montura le dejaba en el tabique nasal.

Sus ojos oscuros, desprovistos de su habitual escudo analítico, me recorrieron el rostro con una intensidad que me cortó la respiración.

Su pulgar seguía apoyado en mi cuello, registrando cada una de mis revoluciones.

La distancia entre nosotros era ridícula. Bastaba un leve movimiento, una mínima inclinación bajo el sol de mediodía, para romper la última frontera. El aire entre nuestras bocas se volvió denso, tibio, cargado de palabras que no nos atrevíamos a pronunciar.

Adrián bajó la mirada hacia mis labios y luego volvió a subirla hacia mis ojos, con una fijeza que me hizo contener el aliento. Sus manos en mi cintura se tensaron, un agarre firme que no me dejaba marchar, pero que tampoco terminaba de dar el paso definitivo.

El silencio se sostuvo entre nosotros, vibrante y analógico, mientras el sol del mediodía caía sobre el metal amarillo del coche.