Capítulo 11Analógico es el nuevo viral #2
No pude hacerlo de inmediato. Mis ojos seguían fijos en la manzana plateada del dispositivo, una lápida de aluminio para mi carrera.
Las matemáticas de mi cerebro se habían desbocado en una proyección de pérdidas.
Sin la cuenta de Don Aurelio, Sofía Ramos buscaría un perfil externo para Puerto Coral.
Yo volvería a Madrid con el estigma del fracaso, y la transferencia de esa mañana para la luz de mi madre sería el último dique antes del desborde.
La hipoteca, los plazos, los juzgados...
Todo pendía de una placa base que la humedad de la sierra había decidido freír.
—Ha sido un fallo de redundancia básico —las palabras se me atascaron en la garganta como arena—.
Un error de aficionado. Debería haber impreso tres copias del dossier o guardado el PDF en un dispositivo flash externo.
El protocolo de gestión de riesgos de Vértice Digital lo especifica en el apartado de presentaciones críticas. Lo sé de memoria, Elena. Lo escribí yo.
—Adrián, respira —pero yo no podía detener la máquina.
—Sin los gráficos de dispersión, Don Aurelio no entenderá la viabilidad del ROI. No podemos demostrarle que el sesenta y cuatro por ciento de ahorro en costes de producción no es una cifra inventada. Pensará que somos dos impostores vendiendo humo digital. No tenemos nada. Absolutamente nada.
Mi respiración se aceleró, un ciclo ineficiente de inhalaciones cortas. El pecho se me tensó, como si el cinturón de seguridad del microcoche se hubiera encogido tres tallas. El pulso me golpeaba en las sienes, un metrónomo desquiciado que marcaba el colapso de mi plan de cinco años.
Entonces, la otra mano de Elena se movió.
Me quitó el iPad, dejándolo caer sobre la moqueta del coche, y me sujetó las muñecas.
Sus dedos se cerraron sobre mi piel con una presión que me obligó a enderezarme.
Sus palmas estaban calientes, ligeramente ásperas por el pegamento de los pósits que había estado manipulando durante la noche.
—Suelta los números, Montenegro. Mírame a mí.
Levanté la cabeza. No había rastro de la creativa caótica que disfrutaba desordenando mis carpetas de Excel; sus pupilas, fijas en las mías, mostraban una determinación que no admitía réplica.
—Estás hiperventilando —suavizó el tono, pero sin aflojar el agarre—. Tu cerebro no recibe suficiente oxígeno y asumes que el fin del mundo viene en formato de tableta rota. No vas a caerte, ¿de acuerdo? No voy a dejar que te caigas.
—Elena, no lo entiendes...
—Sí que lo entiendo. Entiendo que intentas calcular un plan de escape para una situación que no se soluciona con una fórmula de Excel.
Pero ahora mismo no hay plan de contingencia.
Solo estamos tú, yo y este trozo de plástico amarillo en mitad de la costa.
Así que vas a hacer una cosa por mí. Vas a respirar.
La miré. El pánico intentó arrastrarme de nuevo hacia abajo, pero la firmeza de su tacto actuó como un lastre físico.
—Inhala conmigo —su pecho se expandió despacio, sosteniendo el aire—. Vamos. Uno, dos, tres, cuatro.
Me obligué a imitarla. El aire frío, filtrado por las rendijas de la ventanilla mal ajustada, me llenó los pulmones. Entró espeso, con sabor a salitre y pino húmedo.
—Sostenlo —murmuró, sin apartar los ojos de los míos—. Ahora exhala. Despacio.
Dejé salir el aire en un suspiro tembloroso. Mis hombros descendieron un centímetro.
—Otra vez —guió Elena, rítmica, constante—. Inhala. Uno, dos, tres, cuatro...
Repetimos el proceso tres veces más. Con cada ciclo, el metrónomo de mi cabeza perdió velocidad, adaptándose a la cadencia de su respiración.
El olor a vainilla de su piel, tan cercano que eliminaba cualquier noción de distancia profesional, se convirtió en mi único parámetro de control.
Ya no había gráficos, presupuestos ni deudas familiares flotando en la penumbra del habitáculo.
Solo el vaivén de su pecho y la calidez de sus manos sujetando las mías.
Cuando mi ritmo cardíaco volvió a parámetros razonables, Elena esbozó una sonrisa casi imperceptible, que hizo que la peca de su sien derecha se desplazara.
—Ahí estás —susurró, relajando un poco la presión en mis muñecas, aunque sin soltarme—. El robot ha vuelto a la vida.
—Ha sido una desviación inaceptable de mi conducta habitual —dije, intentando recuperar la formalidad, aunque la vibración de mi voz delataba el límite.
—Ha sido humano, Adrián. No te disculpes por eso.
—Elena soltó una mano para apartarse un mechón de la frente, pero mantuvo la otra entrelazada con la mía sobre la palanca de cambios—.
Ahora, escúchame bien. La campaña que diseñamos anoche no está en ese iPad frito.
No son diapositivas de Keynote con transiciones elegantes.
La campaña está aquí —con el índice de su mano libre, me tocó la sien—.
Y aquí —se señaló la suya—. Nos pasamos diez horas discutiendo cada detalle, puliendo costes y encajando tus números en mi locura.
Te sabes ese presupuesto al céntimo porque lo calculaste tres veces.
Y yo me sé la estrategia de guerrilla porque la llevo en el ADN.
No necesitamos una pantalla para convencer a Don Aurelio.
La miré en silencio, procesando sus palabras con la lentitud de un sistema que se reinicia.
Su lógica era irrebatible; lo que me descolocaba era la absoluta confianza que emanaba de ella.
No la arrogancia de quien improvisa, sino la seguridad de quien sabe que tiene un socio capaz de sostener el otro extremo de la cuerda.
Por primera vez en mi vida profesional, la ausencia de soporte digital no era un abismo.
—No tenemos soporte visual —mi tono ya no arrastraba desesperación, sino la curiosidad analítica de un nuevo proceso—. Don Aurelio es un cliente visual. Necesita tocar, ver la energía. Si nos presentamos con las manos vacías...
—Pues no iremos con las manos vacías —me interrumpió.
Sus ojos brillaron con esa chispa caótica que precedía a sus mejores ideas—.
Mira ahí fuera. Estamos a la entrada de los barrios residenciales.
He visto un cartel de un bazar hace dos kilómetros.
Tienen cartulinas, rotuladores, pegamento.
.. todo lo que se usaba antes de que el silicio nos arruinara la vida.
Giré la cabeza hacia el asfalto mojado y volví a mirarla. Nuestras manos seguían unidas sobre la palanca de cambios, una constante física en mitad del desastre.
—¿Cartulinas? —la comisura de mi boca se curvó hacia arriba—. ¿Quieres que le presentemos una campaña de tres millones de euros a un multimillonario usando material escolar?
—Es analógico, Montenegro —replicó, guiñándome un ojo mientras soltaba mi mano para arrancar el motor del microcoche—. Y según tus propios informes de tendencias, lo analógico es el nuevo viral. ¿Nos ponemos en marcha o vas a seguir calculando la resistencia al viento de mi optimismo?
El motor eléctrico cobró vida con su zumbido característico. Engrané la marcha. El peso en mi pecho se había disuelto, sustituido por una descarga de adrenalina que ninguna hoja de cálculo habría podido prever.
Habíamos intercambiado los asientos antes de reanudar la marcha.
El pedal del acelerador cedió bajo mi suela y el microcoche amarillo avanzó con un silbido agudo, abriéndose paso entre la humedad que la tormenta había dejado sobre el asfalto.
Mis manos se aferraban al volante de plástico rígido, transmitiendo cada imperfección de la calzada directamente a mis muñecas.
La inercia del motor eléctrico nos empujaba hacia adelante, pero en mi cabeza las variables chocaban como partículas en un acelerador.
Apenas recorrimos tres kilómetros cuando Elena se inclinó hacia el parabrisas, señalando un punto a la derecha.
—¡Ahí! ¡Frena, Adrián, para el bólido! —su voz, vibrante, rompió el zumbido del motor.
Reduje la velocidad con un giro del volante y detuve el coche en el arcén de grava, frente a una fachada de ladrillo y pintura desconchada por el salitre.
Sobre la puerta de madera acristalada, un letrero de metacrilato amarillo, agrietado por los inviernos de la costa, anunciaba: *Papelería, Prensa y Artículos de Regalo Loli*.
—Dime que no pretendes entrar ahí —murmuré, contemplando el escaparate donde dos mochilas descoloridas compartían espacio con botes de pegamento en barra y cuadernos de caligrafía—. Esto es un atentado contra cualquier estándar de presentación corporativa.
—Esto es la salvación, Montenegro —replicó ella, y abrió la puerta del copiloto antes de que el coche se detuviera por completo—. Mueve las piernas. El tiempo corre y las cartulinas no van a comprarse solas.
Salí del habitáculo con un crujido de articulaciones. El aire de la costa seguía frío, impregnado de una humedad salina que amenazaba el último rastro de apresto de mi americana. Seguí a Elena al interior del local.
El olor nos recibió de golpe: una mezcla de papel antiguo, grafito, goma de borrar y el deje dulzón del pegamento de contacto de los septiembres de mi infancia.
Detrás del mostrador de madera gastada, una mujer de cabello canoso y rebeca de punto nos observó por encima de sus gafas de lectura con una parsimonia que contrastaba con nuestra urgencia de náufragos.
Elena se dirigió al expositor del fondo, donde los pliegos de cartulina se apilaban en estantes metálicos.
—Necesitamos el formato más grande que tengas —dijo, volviéndose hacia mí—. ¿Cuántas diapositivas tenía tu estructura financiera, Adrián?
—Siete —respondí, aproximándome al mostrador—.
Pero si reducimos los gráficos de dispersión y unificamos las proyecciones de costes en un único lienzo de control, podemos condensar la viabilidad en tres bloques.
Rosa para el desarrollo conceptual, amarillo para la arquitectura de guerrilla y verde para las proyecciones financieras.