La teoría del caos y otros desastres compartidos Capítulo 5Bienvenidos a El Helecho Dorado #3
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Capítulo 5Bienvenidos a El Helecho Dorado #3

Escuchar mi nombre de pila en su boca me funde los plomos del sarcasmo.

Me muerdo el interior de la mejilla y desvío la mirada hacia una de las puertas de madera oscura por las que pasamos.

Detrás de la número ocho se escucha el ronquido sordo del camionero de las lechugas, un sonido constante que compite con el golpeteo de la lluvia en el exterior de la galería.

Mantengo la barbilla alta, la pose imperturbable de la estratega digital que surfea crisis de reputación online sin despeinarse. Sin embargo, bajo la cazadora vaquera húmeda, el pecho me retumba con un ritmo frenético que no tiene nada que ver con el peso de la maleta.

*Una habitación. Una sola cama.*

El recepcionista ha sido muy claro: «En la doce hay lo que hay».

Mi cerebro, programado para el *storytelling* visual, ya está proyectando diapositivas de lo que aguarda tras la madera carcomida.

Escenario optimista: dos camas individuales separadas por un teléfono de dial.

Escenario catastrófico... Cancelo la reproducción antes de que el pánico real me delate.

Miro de reojo el perfil de Adrián. Bajo la luz mortecina del pasillo, sus pómulos parecen más marcados y el corte de su mandíbula tiene una dureza casi arquitectónica.

Su pelo oscuro, desordenado por el viento de la sierra, le cae sobre la frente en unos mechones rebeldes que suavizan esa expresión de fiscal que suele llevar en la oficina.

Huele a cedro, a tormenta y a ese rastro de suavizante limpio que la humedad del ambiente se empeña en evaporar.

Es demasiado alto, demasiado real para este pasillo que parece encogerse a cada paso.

—Punto tres —continúa él, aunque su ritmo al caminar se ha ralentizado de forma imperceptible—.

Silencio absoluto a partir de las veintidós treinta.

Debo repasar las notas del balance financiero de Don Aurelio antes de que se agote la batería de mi terminal, y requiero un entorno libre de.

.. de tarareos de bandas alternativas o comentarios sobre tendencias de redes sociales.

—Entendido, sargento —clavo una sonrisa teatral mientras me ajusto la correa del bolso para disimular el temblor de los dedos—.

Silencio de monasterio. Yo me limitaré a comunicarme mediante telepatía y tú podrás seguir amando tus hojas de cálculo en la más estricta intimidad.

Aunque te advierto que si el radiador de la habitación empieza a emitir ruidos de cañería rota, no pienso asumir la culpa de tu falta de sueño.

—El mantenimiento de los emisores térmicos es responsabilidad del propietario del establecimiento, no tuya —replica con una literalidad que no logra ocultar un leve titubeo.

Nos detenemos al final del pasillo. Frente a nosotros, una puerta de madera contrachapada de un marrón casi negro luce un número doce de plástico dorado, sujeto por dos tornillos de estrella ligeramente oxidados. El número dos está torcido, vencido por la gravedad.

Adrián se para en seco. El silencio se vuelve denso, cargado de una estática que me eriza el vello de los brazos. Fuera, un trueno lejano hace temblar el cristal al final del corredor.

La llave de latón destella bajo el último aplique. Sus dedos, milimétricos al teclear o al sostener su estilográfica, vacilan antes de apuntar a la cerradura de metal desgastado.

—Bien —murmura, con una respiración extrañamente entrecortada—. Hemos llegado.

—Adelante, Montenegro —le doy un codazo de colega que me devuelve una descarga eléctrica directa a la nuca—. Abre la caja de Pandora. Estoy deseando ver tu perímetro de seguridad.

El metal de la llave raspa el tambor de la cerradura con un chirrido que me vibra en los dientes.

Adrián no respira. Lo sé porque el hombro de su americana, que sigue rozando el mío en este pasillo de juguete, no sube ni un milímetro.

Gira la muñeca. Un clac pesado, como de engranaje oxidado desde la caída del muro de Berlín, resuena antes de que la puerta ceda hacia la penumbra.

—Que conste —murmura él, con la mano aún soldada al pomo de latón— que esto viola el artículo cuarto del manual de viajes corporativos de Vértice Digital sobre la idoneidad de los alojamientos.

—Empuja de una vez, sargento. El manual corporativo ahora mismo está flotando río abajo.

Adrián empuja la hoja de contrachapado. Entramos.

Doy dos pasos rápidos hacia el interior, arrastro mi maleta coja y busco a tientas el interruptor en la pared. Mis dedos encuentran una tecla de plástico rígido y grasiento. Al presionarla, una bombilla de bajo consumo parpadea tres veces antes de estabilizarse en una luz amarillenta.

Me quedo paralizada a mitad de camino. La maleta verde menta rueda un centímetro más y se detiene contra mi tobillo.

—No —susurro, con la voz estrangulada—. No puede ser.

Detrás de mí, la puerta se cierra con un chasquido seco. El siseo de las suelas húmedas de Adrián sobre la moqueta se detiene. El silencio que sigue es tan denso que casi puedo escuchar el cortocircuito en el cerebro del Director de Cuentas Senior.

La habitación doce de El Helecho Dorado no es una habitación doble. No es un dormitorio de paso. Es, sin lugar a dudas, el santuario del amor retro más espantoso de la península.

Las paredes están empapeladas de arriba abajo con un patrón repetitivo de pequeños corazones de un rosa descolorido, flanqueados por querubines con sobrepeso que sostienen flechas doradas.

El papel se despega en las esquinas, revelando la humedad grisácea de la sierra.

En la pared del fondo, encima de un cabecero de skay blanco acolchado con botones dorados, cuelga un cuadro con luces de fibra óptica que simula una cascada en movimiento, aunque ahora mismo solo parpadea una esquina.

En el centro de la estancia domina una cama de matrimonio de proporciones colosales, un cuadrilátero de muelles que parece crujir con solo mirarlo.

Sobre ella, desafiando cualquier noción de discreción profesional, descansan unas sábanas de raso rojo tan brillantes que reflejan la luz de la bombilla como charcos de sangre sintética.

La colcha, del mismo tejido resbaladizo, exhibe dos palomas blancas bordadas, entrelazadas por el cuello.

Alzo la vista.

En el techo, justo encima de las palomas, un espejo hexagonal con marco de plástico dorado imitación de filigrana nos devuelve la imagen en plano cenital.

Ahí estamos: yo, con la cazadora vaquera empapada, el pelo como un nido de pájaros y las zapatillas cubiertas de barro; y a mi lado, Adrián, petrificado, aferrando su maletín de cuero contra el pecho como un náufrago a su único tablón.

Una carcajada histérica me estalla en el estómago.

Intento contenerla, me tapo la boca con ambas manos, pero el sonido escapa en un soplido que se transforma en una risa ruidosa, descontrolada, que rebota contra los querubines de las paredes.

Me doblo por la mitad, apoyo las manos en las rodillas embarradas y las lágrimas me empañan la vista.

—¡Es... es perfecta! —consigo articular entre espasmos de risa, mientras señalo al techo—. ¡Adrián, mira arriba! ¡Por favor, mira arriba! ¡Es un plano de cámara de película de Almodóvar!

Adrián no se mueve. No parpadea. Solo el leve temblor en su mandíbula izquierda y el vaho que empaña sus gafas de montura fina confirman que no ha sido criogenizado.

Sus ojos oscuros están fijos en las sábanas de raso rojo, analizando la catástrofe con la expresión de un cirujano ante una hemorragia interna.

—Esto... —su voz suena extrañamente ronca, desprovista de su habitual modulación de escuela de negocios—. Esto es geométricamente inviable, Valenzuela.

—¿Geométricamente? —Me limpio una lágrima con el dorso de la mano e intento recuperar el aliento—. Montenegro, esto es estéticamente delictivo, que es mucho peor. ¡Mira las palomas! Creo que una de ellas me está guiñando un ojo.

—La cama mide exactamente ciento cincuenta centímetros de ancho —dice, mientras ignora mi comentario con rigidez de estatua.

Da un paso hacia el borde del colchón como si fuera un foso de arenas movedizas—.

Un colchón estándar ofrece un espacio útil por individuo de setenta y cinco centímetros.

Eso incumple la distancia mínima de seguridad de un metro y medio que establecen las directrices de prevención de riesgos laborales para personal de rango equivalente en situaciones de pernocta forzada.

—¿En serio estás citando el convenio de riesgos laborales en la suite nupcial de El Helecho Dorado? —Me incorporo y esbozo una sonrisa de pura travesura—. Venga, Adrián. Admítelo. Tu perímetro de seguridad acaba de ser invadido por el raso rojo y el amor de carretera.

Se gira despacio. Bajo la luz amarillenta, su rostro está inusualmente pálido, pero el brillo de desesperación en sus ojos me acelera el pulso.

Se quita las gafas con un movimiento mecánico, limpia los cristales con el dobladillo de su corbata húmeda y se las vuelve a colocar con una lentitud exasperante, como si intentara reconstruir su palacio mental de hojas de cálculo, bloque a bloque.

—Debe haber una alternativa —afirma, mientras su mirada recorre el perímetro de la habitación en busca de un sofá, una butaca, cualquier cosa que no sea el altar de raso.

Solo hay una silla de madera de pino con el asiento de skay verde agrietado, situada frente a un minúsculo escritorio donde descansa una televisión de tubo con una antena de cuernos doblada.

No hay espacio para tumbarse en el suelo a menos que quieras cubrirte con la moqueta marrón que huele a tabaco de los noventa.

—A menos que quieras dormir de pie como los caballos, sargento, me temo que vas a tener que compartir el nido de las palomas —le digo, mientras doy un paso hacia el escritorio para dejar mi bolso de tela.

Al moverme, el roce de mi cazadora vaquera húmeda contra su americana de lana merino produce un pequeño chasquido de estática. Adrián da un respingo, se aparta dos centímetros, pero el espacio es tan reducido que su hombro choca contra el marco del espejo de la pared.

Me detengo a palmos de él. A esta distancia, el olor a vainilla de mi perfume, potenciado por la humedad del ambiente, inunda el espacio entre nosotros. Él me mira desde su altura, con la respiración acelerada, y por un instante el sarcasmo se me congela en los labios.

—Yo... —Adrián carraspea y recupera a duras penas su tono de Director de Cuentas—. Yo ocuparé el flanco izquierdo. El más cercano a la única toma de corriente. Necesito conectar el terminal para asegurar que el archivo de la propuesta no sufra una corrupción de datos por falta de suministro.

—Claro, Montenegro —respondo, con una suavidad que no pretendía—. Asegura tus datos. Yo iré al baño a intentar quitarme este barro de las zapatillas antes de que el raso rojo reclame mi alma.

Me doy la vuelta y agarro el asa de mi maleta verde menta.

Mientras avanzo hacia la puerta del baño, miro de reojo nuestro reflejo en el espejo del techo.

Adrián sigue allí de pie, inmóvil en mitad de los corazones de papel pintado, contemplando la cama de raso rojo como si estuviera a punto de redactar el informe de viabilidad más difícil de su carrera.