Capítulo 5Bienvenidos a El Helecho Dorado #2
—Buenas noches —responde con la entonación modulada que reserva para calmar a los clientes de banca—. Necesitamos dos habitaciones individuales. A ser posible, con escritorio, conexión estable y servicio de lavandería exprés para mañana a primera hora. Cargue el importe a esta tarjeta, por favor.
Desliza la tarjeta de crédito sobre la formica con un movimiento fluido.
El recepcionista ni la mira. Se quita el palillo de la boca, apunta con él hacia la ventana y emite un silbido bajo.
—¿Servicio de lavandería? —repite, con un amago de sonrisa bajo el bigote canoso—.
Joven, la única lavadora que funciona en diez kilómetros a la redonda la tiene mi cuñada, y a estas horas duerme.
En cuanto a internet... —Señala el techo, donde una lámpara de tres globos de cristal oscila—.
Si el viento sopla del norte, la antena se tuerce y solo sintonizamos la televisión autonómica con nieve. De la red esa, ni hablemos.
Adrián se tensa a mi lado. La vibración de su indignación profesional cruza los escasos centímetros que nos separan.
—Mire, caballero —intervengo, apoyando los codos en el mostrador con mi mejor sonrisa de contención de crisis—. Venimos de un viaje accidentado. Nos conformamos con habitaciones limpias, enchufes que no chispeen y agua caliente. Con eso nos vale. ¿Verdad, sargento?
Adrián me dedica una mirada de soslayo que promete represalias en el próximo informe trimestral, pero calla.
El hombre del chaleco suelta un resoplido, se gira y saca de debajo del mostrador un libro de registro de tapas de hule negro y esquinas gastadas.
Lo abre por la mitad con una parsimonia exasperante.
Pasa las páginas con el índice humedecido en saliva y se detiene en nombres escritos con caligrafía temblorosa.
—Habitaciones individuales... —murmura, recorriendo las líneas—. No, de eso no queda.
—¿Cómo que no queda? —La voz de Adrián sube un tono—. Este establecimiento tiene al menos dos plantas. He contado catorce puertas desde el aparcamiento.
—Y detrás de trece de esas puertas hay gente de la autovía que se ha quedado tirada como ustedes —replica el recepcionista, clavando sus ojos de canica en él—.
La nacional está cortada en el kilómetro ochenta y cuatro por desprendimiento de rocas.
Un alud de barro se ha llevado la mitad de la calzada.
Y el desvío de la autopista está inundado porque el río Seco ha decidido dejar de ser seco.
Toda la sierra está bloqueada. Tengo aquí a tres familias de Sevilla, un camionero de Murcia con lechugas que se van a pudrir y una excursión de jubilados jugando al dominó en el comedor.
Me muerdo el labio inferior. Mi optimismo caótico acaba de chocar de frente contra un mapa de carreteras del revés.
—Entonces... ¿qué queda libre? —pregunto.
El hombre pasa una página más, desliza el dedo por la última línea y da dos golpecitos con el nudillo sobre el papel.
—La doce. La suite del torreón, la llamamos. Es la última habitación disponible en toda la comarca.
—Perfecto —dice Adrián, con un suspiro de alivio—. Me la quedo. Valenzuela, puedes solicitar otra en...
—¿En dónde, joven? —lo interrumpe el recepcionista, arqueando una ceja—.
¿En el pinar? El hostal de la gasolinera cerró hace tres años y el siguiente pueblo está a treinta kilómetros de curvas secundarias que ahora mismo son una piscina de fango.
Si salen con ese cochecito de feria amarillo, dudo que pasen de la primera curva antes de que los tenga que sacar la Guardia Civil con tractor.
El silencio en el vestíbulo es tan espeso que el goteo de mi chaqueta vaquera contra la moqueta suena como un metrónomo.
Miro a Adrián. Él me sostiene la mirada.
Sus ojos oscuros, desprovistos del escudo de frialdad corporativa, revelan un cálculo mental frenético.
Busca un plan B, un plan C, un anexo metodológico que lo salve de la ecuación, pero la pizarra está en blanco.
—¿Una habitación? —pregunto, por si mi cerebro ha decidido filtrar la información—. ¿Solo una?
—Una —confirma el hombre, descolgando una llave de latón con un llavero de plástico verde donde brilla el número doce—. Con baño propio y calefacción de radiador. Es eso o dormir en el coche de juguete. Y les advierto que esta noche bajaremos a tres grados en la cumbre.
—Podemos... podemos pedir una cama supletoria —sugiere Adrián, sin rastro de su seguridad habitual. Es la voz de quien se ahoga en un vaso de agua sin gas—. Pagaré el recargo correspondiente. El doble de la tarifa si es necesario.
El recepcionista suelta una risa seca, como dos lijas frotándose.
—¿Cama supletoria? Hijo, aquí no tenemos de eso. En la doce hay lo que hay. Si la quieren, firmen aquí. Si no, dejen paso, que tengo un termo de café esperándome.
Doy un paso atrás y me apoyo en una columna de escayola, ignorando el polvo que se me adhiere a la manga.
La situación roza el arte performance. Hace doce horas estaba en mi piso, planificando una campaña con post-its de colores y discutiendo con este mismo hombre por el control de una cápsula de descafeinado.
Ahora, el destino nos encierra en un motel de carretera de los ochenta, sin cobertura, sin coche funcional y con una sola habitación para los dos.
Miro a Adrián. Sigue con la tarjeta de crédito suspendida en el aire, la vista fija en la llave de latón que descansa sobre la formica como si fuera un artefacto radiactivo.
Su mandíbula está tan apretada que la tensión se dibuja bajo la camisa húmeda.
El sargento Montenegro, el hombre de los bloques de cincuenta minutos y las hojas de cálculo infalibles, se ha quedado sin opciones.
Y lo peor es que, bajo el cansancio y el frío, una chispa de adrenalina creativa se enciende en mi estómago. El caos vuelve a ganar la partida, y esta vez nos toca compartir el tablero.
La llave de latón, unida a un llavero de plástico verde donde brilla el número doce, tintinea contra la formica cuando Adrián la recoge con dos dedos, como si fuera a contraer una peste medieval.
El sargento la aferra con tanta fuerza que los nudillos se le tiñen de un blanco impoluto, en un contraste directo con la mugre acumulada en las esquinas del mostrador.
—Vamos —dice, con una rigidez capaz de cuajar el hormigón.
Damos media vuelta y arrastramos el equipaje hacia el pasillo que se abre a la izquierda de la recepción.
El tránsito de la formica a la moqueta es un descenso sensorial.
El suelo bajo nuestros pies emite un quejido agónico, un siseo de maderas viejas que ceden bajo el peso de nuestras maletas y de nuestra dignidad herida.
El pasillo de El Helecho Dorado es tan estrecho que nos obliga a avanzar en fila de a uno, flanqueados por paredes revestidas de un papel pintado de rayas marrones y mostaza diseñado para inducir migrañas.
Cada tres metros, un aplique de latón con forma de concha proyecta una luz ocre que estira nuestras sombras sobre el techo bajo.
A mi lado, la maleta verde menta emite su habitual *clac-clac-clac* debido a la rueda rebelde, un sonido desquiciante que rebota en las paredes. Adrián camina medio paso por delante, con la espalda tan recta que parece llevar una percha cosida al interior de la americana húmeda.
—Establezcamos unos parámetros básicos de habitabilidad temporal, Valenzuela —anuncia, sin desviar la vista del frente, mientras arrastra su maleta de grafito con una precisión milimétrica que esquiva los baches de la moqueta.
—Madre mía, Montenegro —suelto una carcajada ensayada—. ¿Ya estás redactando el Tratado de Versalles de los moteles de carretera? No llevamos ni diez metros de pasillo.
—La prevención es la única herramienta eficaz contra el caos —replica, y la mandíbula se le tensa al esquivar un cuadro torcido que muestra a dos perros de caza persiguiendo a un pato invisible—.
Punto uno: el baño. Propongo un sistema de turnos rotativos de quince minutos.
Sin excepciones por secado de cabello o rutinas de cuidado facial que excedan el tiempo asignado.
El primer turno se decidirá mediante un criterio de necesidad objetiva; dado que mi camisa requiere un planchado inmediato antes de que las fibras de algodón se asienten con la humedad, solicito la prioridad de acceso.
—¿Prioridad de acceso? —Me coloco a su altura y lo obligo a ladear el hombro para no chocar conmigo en este espacio asfixiante—.
O sea, que pretendes expropiar el agua caliente basándote en el estado de tus arrugas.
Muy democrático, sargento. Yo propongo que lo echemos a suertes.
O mejor, quien tenga las zapatillas más mojadas entra primero.
Y te aseguro que mis lonas de lona ahora mismo albergan un ecosistema marino propio.
—El azar es el recurso de quienes carecen de un método de optimización —responde, y se recoloca las gafas sobre el puente de la nariz con un toque rápido del índice—.
Punto dos: delimitación del espacio común.
La habitación, independientemente de su distribución, se dividirá en dos zonas de tránsito exclusivo.
Mi equipaje permanecerá en el flanco norte o, en su defecto, el más cercano a la toma de corriente funcional.
No toleraré que tus prendas de vestir o tus dispositivos electrónicos invadan mi perímetro de seguridad.
—¿Perímetro de seguridad? —Arrugo la nariz con una indignación de mentira, conteniendo a duras penas la risa—.
¿Vas a poner cinta aislante en el suelo para marcar la frontera?
Porque te aviso de que soy sonámbula cuando tengo estrés creativo.
Igual te despiertas con un pósit rosa pegado en la frente que dice «revisar el margen de beneficio».
—No bromees con eso, Elena —su voz cae un octavo de tono y adquiere una gravedad inesperada.