La teoría del caos y otros desastres compartidos Capítulo 5Bienvenidos a El Helecho Dorado
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Capítulo 5Bienvenidos a El Helecho Dorado

Bienvenidos a El Helecho Dorado

Elena

Salir de nuestro minion amarillo con ruedas es lo más parecido a escapar de una lata de refresco agitada durante un viaje en montaña rusa. El aire helado de la sierra me golpea el rostro, cargado de ozono, pinos y tierra mojada.

—¡Corre, Montenegro! —grito, protegiéndome la cabeza con el bolso de tela mientras el diluvio universal intenta disolver mi maquillaje en tiempo récord.

Saco mi maleta verde menta del maletero de un tirón.

La rueda rebelde se traba en el parachoques, lo que me obliga a dar un tirón seco que me hace patinar.

Mis zapatillas blancas de lona, esa elección supuestamente cómoda y juvenil para viajar, se hunden tres centímetros en una mezcla pastosa que arruina su existencia para siempre.

A mi lado, Adrián emerge del huevo amarillo con una lentitud ceremonial.

Rodea el chasis para recuperar su equipaje; su silueta, recortada contra el resplandor intermitente del neón, es el retrato viviente de la resistencia corporativa.

Lleva el maletín de cuero pegado al pecho como un escudo antibalas y arrastra su maleta rígida con precisión milimétrica, intentando pisar solo las piedras que sobresalen del fango.

Es un esfuerzo inútil. Un segundo después, un charco traicionero engulle la puntera de su mocasín de ante izquierdo con un suspiro húmedo.

Adrián clava la mirada en el desastre de sus zapatos italianos. Su mandíbula se aprieta tanto que temo por sus empastes, y el músculo de su mejilla izquierda da un latigazo rítmico, en perfecta sincronía con el parpadeo del letrero que tenemos encima.

*El He...cho Do...rado.*

El neón rosa y verde zumba con un siseo eléctrico de cortocircuito inminente.

El edificio es una estructura de dos plantas de hormigón gris, barandillas oxidadas y una hilera de puertas descoloridas que dan a un pasillo exterior.

Parece el escenario de una película de serie B de los ochenta donde el protagonista se equivoca de desvío y acaba siendo el ingrediente principal del guiso local.

A mí, sinceramente, me parece una genialidad. Tiene una vibra kitsch tan auténtica que casi puedo visualizar el filtro de Instagram antes de hacer la foto.

—Esto es... fascinante —digo, jadeando mientras subimos los tres escalones del porche, arrastrando mi maleta, que ahora suena como un carrito de la compra lleno de chatarra.

Adrián llega a mi lado bajo el voladizo de madera.

Se sacude las gotas de agua de los hombros de su americana con movimientos rápidos, como un gato indignado.

Su pelo, normalmente peinado con una simetría impecable, se le pega a la frente en mechones oscuros.

Sin sus gafas, que ahora limpia frenéticamente con el dobladillo de su corbata, parece menos el implacable Director de Cuentas Senior de Vértice Digital y más un náufrago de primera clase.

—Esto es un vector de infección insalubre, Valenzuela —consigue decir, con una voz que tiembla un octavo de tono por encima de su registro habitual—.

La madera del porche presenta un claro deterioro por humedad estructural.

El coeficiente de fricción de estas baldosas es inferior al mínimo de seguridad y ese letrero luminoso es un peligro flagrante de riesgo eléctrico.

—Venga, Montenegro, no seas tan dramático —le doy un codazo amistoso, disfrutando de la forma en que se tensa al instante—. Tiene personalidad. Es retro. Muy *Stranger Things*. Solo nos falta la música de sintetizador y un demogorgon en recepción.

—Lo que nos falta es cobertura satelital, un alternador funcional y un mínimo de decencia logística —responde, colocándose las gafas sobre el puente de la nariz.

Sus ojos oscuros recorren el porche con una mezcla de horror y desprecio clínico—.

Mi plan de contingencia preveía retrasos en carretera, pero no una regresión temporal a la España de los ochenta.

Empujo la puerta de cristal, que conserva una pegatina descolorida de una marca de refrescos extinta. Un timbre analógico de campana metálica anuncia nuestra entrada con un tintineo estridente que rompe el murmullo de la lluvia.

El vestíbulo de El Helecho Dorado es un monumento a la nostalgia sin refinar.

El suelo está cubierto por una moqueta de un marrón sospechoso que huele a tabaco rancio y a un intento desesperado de camuflarlo con ambientador de pino sintético.

Las paredes, revestidas de paneles de imitación de madera de roble, exhiben platos de cerámica con motivos de caza y un espejo de sol dorado con varios rayos doblados.

En una esquina, una planta de plástico gigante —que asumo que es el helecho que da nombre al lugar— acumula una capa de polvo tan densa que parece tener su propio ecosistema.

Detrás del mostrador de recepción, una pesada pieza de formica que imita al mármol, no hay nadie. Solo una pequeña campana de latón pulido y un cenicero de cristal tallado con un bolígrafo encadenado a un soporte de plástico.

Adrián se detiene a dos pasos de la entrada, con la maleta pegada a la pierna como si temiera que la moqueta fuera a devorarla.

Sus ojos van del helecho de plástico al espejo de sol, y luego al mostrador, con el mismo análisis de daños que aplicaría a una auditoría fiscal desastrosa.

Su pecho sube y baja de forma acelerada bajo el chaleco de su traje de tres piezas, que ahora luce varias manchas circulares de agua.

—Esto no puede estar pasando —murmura. Saca su teléfono del bolsillo y contempla la pantalla negra—.

Sigue sin señal. Ni una sola barra. La batería de mi portátil se agotará en cuarenta minutos si intento encenderlo para usar el módem local, asumiendo que este establecimiento tenga una conexión de banda ancha, lo cual dudo basándome en la presencia de ese teléfono de dial en la esquina.

Señala con el dedo índice un aparato de baquelita negra de los que tienen rueda para marcar los números, situado sobre una mesa auxiliar con patas de aguja.

—¡Un teléfono de disco! —exclamo, acercándome para acariciar el auricular frío—.

¡Esto es una reliquia! Mi abuela tenía uno igual en el pasillo.

Adrián, de verdad, si jugamos bien nuestras cartas en redes, este viaje nos da para un hilo de Twitter de diez mil retuits.

«Atrapados en el tiempo con mi rival de oficina». La gente pagaría por ver esto.

—La gente tiene un concepto muy distorsionado del entretenimiento, Elena —dice mi apellido con una rigidez defensiva, volviendo al protocolo para no desmoronarse—.

Y yo no soy el sujeto de pruebas de tu experimento de marketing de guerrilla.

Necesito un enchufe de corriente alterna de doscientos veinte voltios, una conexión estable a la red para descargar el balance de Don Aurelio y un espacio donde pueda planchar esta camisa antes de que la humedad fije las arrugas de forma permanente.

Se pasa una mano por el pelo mojado, desordenándolo aún más.

Hay una vulnerabilidad extraña en su mirada, una grieta en su armadura de Excel que me resulta magnética.

Siempre lo he visto como una máquina perfecta de generar informes y criticar mis ideas creativas, un androide programado para vestir trajes caros y hablar en porcentajes.

Verlo aquí, con los zapatos llenos de barro de la sierra, el pelo deshecho y al borde de un colapso nervioso por culpa de una moqueta ochentera, lo hace parecer.

.. real. Humano. E incluso un poco adorable, aunque me tragaría un pósit fosforito antes de admitirlo en voz alta.

—Tranquilo, sargento —le digo, suavizando el tono mientras me apoyo en el mostrador de formica—.

El mundo no se va a acabar porque no puedas actualizar tu hoja de cálculo durante un par de horas.

Primero consigamos las llaves, busquemos un enchufe y luego ya verás cómo tu cerebro de robot encuentra la forma de optimizar este desastre.

Adrián me mira a través de sus gafas empañadas, con la boca ligeramente abierta, como si estuviera intentando descifrar una línea de código que no encaja en su programa.

Da un paso hacia el mostrador, con cuidado de no rozar el lateral de su americana contra una columna de escayola que sostiene un jarrón con flores secas.

Apoya el maletín sobre la formica con una delicadeza casi dolorosa y estira un dedo largo para presionar la campana de latón.

El sonido metálico vibra en el aire húmedo del vestíbulo, extinguiéndose lentamente mientras la lluvia sigue azotando con fuerza los cristales de la entrada, recordándonos que, al menos por esta noche, el caos de la carretera ha ganado la partida.

El eco metálico de la campanilla todavía flota entre los paneles de imitación de roble cuando una puerta trasera, semioculta por una cortina de cuentas de plástico marrón, se abre con un siseo perezoso.

Del pasillo interior emerge un hombre diseñado para mimetizarse con el entorno.

Encorvado bajo un chaleco de lana gris que conoció mejores décadas, lleva unas gafas de pasta tan gruesa que reducen sus ojos a dos puntos negros.

Camina con una lentitud hipnótica y arrastra unas zapatillas de fieltro que emiten un *shhh-shhh* rítmico sobre la moqueta.

En la comisura de los labios le baila un palillo con precisión milimétrica.

Se detiene al otro lado del mostrador de formica, apoya las palmas sobre la superficie gastada y nos examina. Su mirada se detiene en los mocasines encharcados de Adrián y luego en mi trenza chorreante.

—Buenas noches —dice al fin, con la voz rasposa de quien lleva doce horas sin hablar—. O lo que sea esto que cae ahí fuera.

Adrián da un paso al frente y recupera su postura de negociador internacional, ajeno al agua de su americana que ya gotea sobre el suelo.