La teoría del caos y otros desastres compartidos Capítulo 4Cuatro ruedas, dos rivales y un color chillón #3
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Capítulo 4Cuatro ruedas, dos rivales y un color chillón #3

—¿Por qué esa obsesión con el control, Adrián? —pregunta, rompiendo el zumbido del motor—. No hablo solo de los informes. Es todo. Tu equipaje, tus horarios de cincuenta minutos, tu ropa... Es como si temieras que, al dar un paso en falso, el mundo fuera a desmoronarse bajo tus pies.

Me quedo rígido sobre el volante. La pregunta roza una zona de mi arquitectura mental que mantengo bajo llave, protegida por muros de datos y trajes de tres piezas.

Pienso en mi madre, Clara, y en las cartas de reclamación acumuladas sobre la mesa de la cocina cuando yo tenía dieciocho años.

En las firmas notariales que disolvieron el esfuerzo de toda una vida por un error de cálculo de mi padre.

Pero Elena no necesita saber eso. No me mostraré vulnerable ante mi rival por el puesto que debe asegurar, precisamente, que nada de eso vuelva a ocurrir.

—La estructura reduce la incertidumbre, Valenzuela —recupero mi tono neutral—. En el mercado actual, la previsibilidad es el activo más valioso. Si sé qué pasará en el minuto sesenta, puedo optimizar el minuto cincuenta y nueve. Simple eficiencia.

Elena me observa de reojo, con la mirada fija en mi perfil, buscando las costuras de mi respuesta.

—La eficiencia es útil para las máquinas, Adrián —pasa el dorso de la manga por la ventanilla para desempañarla—.

Pero los humanos somos orgánicos. Nos equivocamos, nos saltamos semáforos y nos enamoramos de las canciones equivocadas.

Si planificas cada segundo, te pierdes el espacio entre los números. Y ahí es donde pasa la vida.

No respondo. No por falta de argumentos analíticos, sino porque, por primera vez, no necesito tener razón. El silencio no es tenso; es una pausa en medio de la tormenta, arrullada por el murmullo de *Los Astronautas del Sótano*.

De repente, un pitido agudo interrumpe la música.

En la pantalla, el gráfico de la batería parpadea en rojo chillón.

El porcentaje ha caído al cincuenta y dos por ciento en apenas cuarenta kilómetros de ascenso.

El icono del enchufe destella junto a un mensaje que me corta la respiración: «Rendimiento de batería comprometido por baja temperatura.

Autonomía estimada: treinta y cinco kilómetros».

Consulto el mapa. La siguiente estación de carga homologada está a sesenta kilómetros, en mitad de la sierra.

—Elena —la tensión me quiebra la voz—. Mira la pantalla.

Elena se inclina hacia delante, con los ojos fijos en el parpadeo rojo que tiñe de un tono de alarma el plástico del salpicadero. El reflejo carmín oscila sobre sus pómulos, borrando la luz azul de su teléfono.

—Dime que ese icono de enchufe parpadeando no significa lo que creo —murmura, pegando la nariz al panel digital.

—Significa que el frío de la sierra reduce la eficiencia del cátodo de la batería a la mitad —respondo. Trago saliva para estabilizar la voz—. La autonomía estimada acaba de caer de treinta y cinco kilómetros a doce en menos de tres minutos. Y la pendiente no da tregua.

—¿Doce? —Se gira en el asiento y golpea su hombro contra el mío en este habitáculo asfixiante—. Adrián, el último pueblo estaba a veinte kilómetros cuesta abajo. Y la siguiente estación de servicio...

Un chasquido seco la interrumpe. La pantalla del salpicadero se queda en gris antes de mostrar un mapa esquemático donde nuestra flecha azul flota en mitad de un vacío absoluto. Las palabras «Sin señal GPS» parpadean en la esquina superior.

—Perfecto —resopla, dejando caer la cabeza contra el reposacabezas de plástico—. El satélite también ha decidido que este coche es demasiado ridículo para seguir rastreándolo.

—No es el satélite, es la densidad de las nubes y la pared de roca de la izquierda —corrijo por pura inercia metodológica. El frío empieza a calarme los huesos—. He tenido que apagar la calefacción. Si queremos estirar los últimos kilovatios, debemos reducir el consumo auxiliar al mínimo absoluto.

—¿Apagar la calefacción? —Su voz tiembla—. Hace cinco grados ahí fuera, Montenegro. Nos congelaremos antes de que se detenga el motor.

—Es una medida de contingencia —digo, mientras aferro el volante. Mis dedos están rígidos—. Si el motor se apaga en esta pendiente, perderemos la asistencia de frenado. El peso del equipaje y la inclinación de la vía nos arrastrarán hacia el quitamiedos.

—Qué alentador. Escribiré eso en tu epitafio: «Murió congelado, pero con la asistencia de frenado intacta».

La tormenta arrecia. El agua golpea el parabrisas en ráfagas horizontales que la única escobilla apenas logra desplazar, dejando un rastro empañado que me obliga a inclinarme sobre el volante para no perder la línea blanca de la calzada.

El coche tiembla cuando una ráfaga de viento de costado nos golpea al salir de una curva.

El eje trasero da un pequeño latigazo sobre el asfalto mojado.

Elena se agarra al salpicadero. Su respiración se acelera y empaña el cristal lateral.

—Adrián, frena un poco.

—Si freno en mitad de la pendiente, perderé la inercia y consumiré el doble de energía al reanudar la marcha —le explico, apretando los dientes para evitar el castañeo—. Debo mantener una velocidad constante de treinta y dos kilómetros por hora. Es la velocidad óptima de eficiencia según el manual.

—¡Al cuerno el manual técnico! —exclama, mientras trastea con urgencia en su teléfono—.

Mi móvil está al uno por ciento. Sin cobertura.

He intentado cargar la ruta analógica que miré en el aeropuerto, pero.

.. —La pantalla de su teléfono se apaga con un destello blanco—.

Se acabó. Muerto. Oficialmente incomunicados en un huevo amarillo de plástico.

Llegamos a una bifurcación. La carretera se divide en dos ramales oscuros que se hunden en la neblina. No hay carteles indicadores; solo un poste de madera roto por la mitad donde el viento hace oscilar un trozo de metal oxidado.

—¿Derecha o izquierda? —pregunta Elena. Su voz ha perdido el tono burlón y ahora suena pequeña, desprotegida.

Detengo el coche en el arcén inexistente. El motor eléctrico emite un silbido descendente, un suspiro de resignación mecánica. En el cuadro de mandos, la cifra de autonomía parpadea: 7 km.

—El mapa del aeropuerto mostraba que la nacional seguía por el valle de la izquierda —digo, observando el asfalto que se pierde en la oscuridad—. Pero el ramal derecho asciende hacia una zona forestal. Si nos equivocamos y nos quedamos sin batería subiendo, no habrá forma de empujar el coche.

—Y si vamos por la izquierda y el río se ha desbordado en este tramo, quedaremos atrapados en mitad de una balsa de agua —añade ella, encogiéndose de hombros para combatir el frío que ya satura el habitáculo—. Adrián, decide. Tú eres el de las proyecciones de riesgo. ¿Qué dice tu cerebro analítico?

Miro la pantalla vacía del GPS. Miro mis manos temblorosas sobre el volante de plástico barato.

Miro a Elena, que me observa con los ojos muy abiertos, esperando una estructura, una certeza que no tengo.

Por primera vez en mi vida, desde que asumí que cada paso debía estar calculado en una hoja de cálculo para evitar el desastre, carezco de respuestas.

El mapa térmico ha fallado. El coche de alquiler es un juguete inservible.

Mi plan de carrera a cinco años se está congelando a cinco grados en mitad de una sierra desconocida.

El pánico, ese viejo enemigo que asocio con las cartas de embargo y las llamadas telefónicas a altas horas de la noche, me oprime la garganta.

—No lo sé —admito. Mi voz suena extraña, desprovista de mi habitual seguridad corporativa—. No tengo datos suficientes para tomar una decisión informada, Elena. No sé qué hay detrás de ninguna de las dos curvas.

Elena se queda en silencio. Su mano se desliza por el asiento y me toca el antebrazo. El contacto físico, a través del tejido de mi americana húmeda, me ancla de golpe a la realidad.

—Entonces improvisemos —dice en voz baja—. Elige una. Si sale mal, ya pensaremos en algo.

Un destello intermitente corta la neblina del ramal derecho. No es la luz de un coche ni la farola de una población. Es un resplandor difuso, rosa y verde, que parpadea con un ritmo descompasado, reflejándose en las gotas de lluvia que saturan el aire.

El destello se estabiliza unos segundos, dibujando la silueta de un letrero de neón unos doscientos metros colina arriba, medio oculto por las ramas de unos pinos azotados por el viento.

—Luz —susurra Elena, pegando la frente al parabrisas—. Adrián, hay algo ahí arriba. Un hostal, una gasolinera, lo que sea. Tiene que haber un enchufe.

Miro el indicador de la batería: 5 km. Mi plan de llegar a Puerto Coral, registrarme en el hotel de cinco estrellas reservado por la empresa y repasar el dossier de Don Aurelio antes de cenar ha saltado por los aires de forma definitiva.

—De acuerdo —digo, engranando la marcha con un giro del dial—. Nos desviamos. Buscaremos refugio ahí arriba.

—¿Aunque el neón parezca el inicio de una película de terror donde el protagonista es un director de cuentas impecable? —intenta bromear, aunque sus dientes castañean de forma audible.

—Aunque sea el peor establecimiento de la península, Valenzuela —respondo, pisando el acelerador con suavidad mientras el coche inicia el ascenso—. En este momento, un enchufe estándar y un techo estable son mi única prioridad.

El microcoche amarillo avanza con dificultad por la rampa de tierra y grava, patinando sobre el barro acumulado mientras el letrero de neón tiñe el capó de un tono rosa violáceo.

Un cartel de madera carcomida por la humedad emerge de la penumbra, revelando unas letras de plástico descolorido bajo el parpadeo de la luz.

Enfilo el coche hacia la entrada de lo que parece un naufragio de los años ochenta y detengo el motor justo cuando el indicador de la batería cae al uno por ciento.