Capítulo 4Cuatro ruedas, dos rivales y un color chillón #2
Suelto un suspiro que empaña mis cristales y me coloco a su lado.
Sujeto la base de la maleta verde. Mis dedos, habituados al tacto liso de los teclados y las estilográficas de precisión, se hunden en la lona rugosa, templada por el esfuerzo de Elena.
Ella empuja desde el asa; yo presiono desde abajo.
Nuestras fuerzas convergen en el centro del bulto, que emite un crujido de costuras al límite.
—A la de tres —murmura Elena. Su rostro queda a palmos del mío—. Una... dos...
—Espera, la rueda sigue...
—¡Tres!
Hacemos fuerza al unísono. Con un chasquido de plástico deformado, la maleta cede y se encaja junto a la mía.
—Ves —dice, con la voz un punto más aguda de lo normal—. Te dije que cabía.
—Has encajado los bultos, Valenzuela —respondo, obligándome a mantener la distancia—, pero la panza de tu maleta excede la junta de gomas por tres centímetros. Es imposible cerrar la luneta.
Elena apoya ambas manos sobre el cristal.
—Eso se soluciona con presión hidrostática, o como lo llames en tus manuales. Tú bajas el cierre y yo me subo encima si hace falta.
—No te vas a subir al techo de un coche de alquiler de plástico, Elena —le advierto, posicionando mis manos junto a las suyas—. Si fracturamos el cristal templado, la penalización de la agencia de alquiler equivaldrá al presupuesto de tres campañas de microinfluencers.
—Entonces empuja conmigo. Sin miedo.
Apoyamos las palmas sobre la superficie fría.
Para ejercer fuerza en este ángulo muerto, me veo obligado a inclinarme sobre su hombro, acorralándola contra el portón.
El espacio se reduce a cero. Mi pecho roza su espalda; el tejido de mi jersey de lana merino atrapa la estática de su cazadora vaquera.
Entonces me invade. No es el olor a gasolina del garaje ni el ozono de la tormenta exterior.
Es un aroma cálido, dulce, nítido bajo el frío del hormigón húmedo.
Vainilla. Una nota cremosa que emana de la base de su cuello, justo donde la trenza deja la piel al descubierto.
El aire se me atasca en la garganta, descolocando mi secuencia de respiración diafragmática.
Su calor corporal traspasa las capas de ropa, desafiando la corriente helada del sótano. Nuestras respiraciones se mezclan en vaho.
—Montenegro, no te quedes ahí parado —dice ella sin girarse. Bajo mis manos, la línea de sus hombros se tensa—. Presiona.
—Estoy aplicando la fuerza vectorial necesaria —consigo responder, intentando recuperar mi tono analítico.
Inclinamos el peso hacia delante. El cristal cruje; la lona se deforma bajo la presión, oponiendo una resistencia elástica. A esta distancia, el sutil aroma a menta de los caramelos que masticaba hace un rato se mezcla con la persistencia de la vainilla.
—A veces, Montenegro, el salto al vacío es la única forma de avanzar —susurra ella. Su tono pierde la burla habitual, adquiriendo una gravedad que amenaza mi estabilidad emocional.
—Ahora —digo.
El pestillo emite un chasquido metálico que resuena en la penumbra del sótano.
Nos separamos de inmediato. La luneta queda cerrada, aprisionando una amalgama de lona verde y aluminio gris que parece una escultura abstracta sobre el colapso del orden. El aire helado del garaje vuelve a interponerse entre nosotros, disipando el calor acumulado.
Elena da un paso atrás, contempla el resultado con los brazos cruzados y una sonrisa de victoria absoluta.
—Ingeniería de equipaje, Montenegro. Sin planos, sin Excel y sin recargo de tarifa. Deberías apuntarlo en tu libreta de cuero.
Miro el vehículo amarillo chillón. La suspensión trasera ha cedido un par de centímetros bajo el peso del equipaje. Fuera, un trueno sacude la estructura de hormigón. El tiempo corre.
—El verdadero reto no ha hecho más que empezar, Valenzuela —digo, rodeando el coche hacia la puerta del conductor—. Ahora tenemos que encajar nosotros ahí dentro. Y la sierra nos espera.
El habitáculo de este huevo de plástico amarillo es una afrenta directa a la ergonomía industrial y a cualquier noción de espacio personal.
Al sentarme, mis rodillas impactan contra el salpicadero de polímero rígido con un golpe seco.
Para acomodar mis casi metro noventa de estatura, me veo obligado a retrasar el asiento hasta el tope del riel, lo que comprime la maleta verde menta de Elena contra la luneta trasera.
El cristal emite un crujido sordo, pero sobrevive.
Elena se desliza en el asiento del copiloto con la agilidad de un gato y arroja su bolso de tela sobre el espacio inexistente entre nosotros.
Al cerrar la puerta, el habitáculo se sella con el vacío neumático de un táper.
Cuatro centímetros separan su hombro izquierdo del mío.
Percibo la vibración de su respiración y, para desgracia de mi sistema nervioso, ese aroma a vainilla que se adhiere a las moléculas de oxígeno del cubículo.
—Bien —se frota las manos húmedas—. Acogedor. Es como viajar en una cápsula espacial, pero con menos gravedad y más color de taxi neoyorquino.
—Es una caja de cerillas con tracción delantera, Valenzuela —pulso el botón de encendido.
El motor eléctrico arranca con un silbido agudo, similar al de una batidora de gama media a bajas revoluciones.
En la pantalla del salpicadero, un gráfico pixelado muestra la batería al cien por cien, flanqueada por el icono de un enchufe y una autonomía estimada de ciento cuarenta kilómetros.
El indicador exterior marca ocho grados.
Engrano la marcha directa con un selector rotativo que imita el dial de un transistor antiguo y salimos del sótano.
La rampa de AutoRápido nos escupe al exterior, donde la tormenta nos golpea con la fuerza de una manguera industrial.
El agua azota el parabrisas con un estruendo metálico.
Activo el limpiaparabrisas único; su vaivén espasmódico deja un rastro de grasa y agua pulverizada justo a la altura de mis ojos.
—La visibilidad en la circunvalación es inferior al cuarenta por ciento —aferro el volante de plástico con ambas manos, con los nudillos blancos—.
Debo concentrarme en la trayectoria del eje delantero.
Te agradecería que evitaras cualquier estímulo visual o auditivo que altere mi tiempo de reacción.
—Traducido: «Elena, no respires muy fuerte que me desconcentro» —se burla, estirando el brazo hacia la pantalla táctil—. Lo siento, sargento, pero el silencio en carretera me produce narcolepsia. Y créeme, no quieres que me duerma. Si me aburro, canto ópera en un italiano inventado.
Antes de que pueda bloquear la pantalla, sus uñas azul eléctrico ya se deslizan por la interfaz del menú.
—Valenzuela, el protocolo de conducción en condiciones extremas desaconseja los distractores acústicos...
—El de mi salud mental exige ritmo —me interrumpe.
Un segundo después, los altavoces de las puertas —dos conos de papel de pésima fidelidad— escupen una línea de bajo distorsionada y un sintetizador analógico con sonido de cortocircuito rítmico.
Una voz masculina, lánguida y con exceso de reverberación, desgrana una letra incomprensible sobre el existencialismo en las paradas de autobús.
—¿Qué es esta contaminación acústica? —se me tensa la mandíbula—. Parece una lavadora centrifugando clavos.
—Es pop indie bailable de la costa oeste, Montenegro. Cultura contemporánea. Se llaman *Los Astronautas del Sótano*. Su último EP tiene un ocho coma cuatro en Pitchfork. Deberías salir de tus listas de ascensor y abrir tu mente a las frecuencias del siglo veintiuno.
—Pitchfork es un portal de opinión subjetiva sin base métrica —reduzco a cuarenta al incorporarme a la nacional 340.
Un camión de gran tonelaje nos adelanta por la izquierda; la ola de agua sucia sepulta el parabrisas durante dos segundos agónicos—.
Prefiero el silencio o un podcast de análisis macroeconómico.
La previsión del PIB ofrece una estructura narrativa mucho más coherente que el existencialismo de tu banda de garaje.
Elena suelta una carcajada limpia y apoya la cabeza en el reposacabezas de plástico.
—Eres increíble. ¿Incluso para divertirte necesitas un gráfico de barras, Adrián? ¿No te dejas llevar nunca? ¿Ni un poquito?
El uso de mi nombre de pila, sin el apellido que usamos como escudo verbal, me pilla con la guardia baja. Mantengo la vista clavada en las luces rojas del coche precedente, apenas visibles a través de la cortina de agua.
—El control no es enemigo de la diversión, Elena. Es su garantía —mi voz suena grave en el habitáculo—. Sin control de las variables, la diversión se convierte en desastre. Y los desastres siempre traen una factura que alguien debe pagar.
—O un aprendizaje —replica ella, bajando el volumen de la música, aunque el bajo sigue vibrando en mi puerta—.
No todo lo que se rompe necesita reparación.
A veces, de los trozos sale algo mejor. Como el collage para la campaña de refrescos del año pasado.
Aquella propuesta que calificaste de «atentado contra la simetría visual».
—Ganó el premio a la mejor dirección de arte de la delegación sur —admito a regañadientes, mientras noto un calor inusual en el pecho que nada tiene que ver con la calefacción—.
Aunque sigo pensando que tres milímetros de desviación en el margen izquierdo habrían mejorado el equilibrio compositivo en un quince por ciento.
—Eres un caso perdido, Montenegro —susurra. Su tono carece de la acidez de la oficina. El limpiaparabrisas marca un compás de metrónomo en la tregua silenciosa que se instala entre los dos.
La carretera empieza a empinarse hacia la sierra.
Las curvas se cierran, flanqueadas por taludes de roca gris de los que caen hilos de barro.
El coche se inclina en cada giro; compenso la trayectoria con golpes de volante.
Elena se aferra al tirador de la puerta.
Su habitual torrente de palabras se ha pausado, sustituido por una mirada fija en el exterior hostil.