Capítulo 4Cuatro ruedas, dos rivales y un color chillón
Cuatro ruedas, dos rivales y un color chillón
Adrián
El hormigón del sótano de AutoRápido huele a humedad, neumáticos viejos y monóxido de carbono frío.
Mis mocasines de ante —ahora con tres manchas de capuchino en el pie izquierdo— emiten un siseo sobre el suelo de resina industrial.
Arrastro mi maleta rígida con un ritmo de cuatro tiempos exactos, un metrónomo de dignidad en medio de este descalabro logístico.
A mi lado, Elena avanza con el pelo revuelto por el viento de la pasarela y esa energía caótica que agota mi sistema de almacenamiento de paciencia. Su maleta verde menta cojea y describe eses, como un animal herido que se niega a morir de forma ordenada.
—Plaza cuarenta y dos —digo, consultando el llavero de plástico barato—. Debería estar detrás de esa columna de carga.
—Apuesto a que es un utilitario compacto —dice Elena, esquivando un charco de grasa de un salto—. Algo gris y con olor a pino de gasolinera. Tu hábitat natural, Montenegro.
—Un utilitario compacto de segmento B sería una solución aceptable —respondo—. Un peso de mil doscientos kilos ofrece la resistencia al viento lateral necesaria para la nacional trescientos cuarenta. Si el coeficiente de arrastre es inferior a cero coma treinta, la eficiencia de la batería...
Me detengo en seco. Las palabras se me atascan en la garganta como un post-it en un conducto de ventilación.
La plaza cuarenta y dos no contiene un utilitario de segmento B. Tampoco es gris.
Allí, encajonado entre dos berlinas negras de representación, descansa un aparato que desafía cualquier noción de ingeniería automotriz.
Es un microcoche eléctrico de dos plazas.
Su carrocería, de un plástico brillante moldeado en una fábrica de juguetes de saldo, luce un amarillo chillón tan agresivo que me hiere las córneas bajo la luz de los fluorescentes.
Es el tono exacto de un subrayador usado para marcar un error catastrófico en un informe financiero.
Tiene la forma de un huevo truncado, cuatro ruedas de carrito de la compra de gama alta y un parabrisas tan empinado que el limpiaparabrisas único parece la antena de un insecto.
—No —susurro. El músculo de mi mejilla izquierda da un latigazo—. Esto es un error de asignación de flota. No es un vehículo de larga distancia; es un dispositivo de movilidad urbana para centros peatonales.
A mi lado, el silencio dura exactamente un segundo.
La carcajada de Elena rebota contra las vigas de hormigón. Se dobla por la mitad, apoya las manos en las rodillas y su trenza deshecha cae hacia delante.
—¡No puede ser! —consigue articular entre espasmos—. ¡Es un minion! ¡Adrián, nos han dado un minion con ruedas!
—Valenzuela, por favor, mantén el decoro profesional —le pido, apretando el llavero hasta que el plástico cruje—.
Esto es un asunto grave. La física básica prohíbe que este prototipo de secador de pelo sobreviva a un temporal de grado tres en la sierra.
El centro de gravedad es demasiado alto para el ancho de vía.
Un golpe de viento de cuarenta nudos a la salida de un túnel nos convertirá en un proyectil de plástico.
—¡Míralo! —Elena se acerca y da dos golpecitos con el nudillo en la aleta delantera. El sonido es el chasquido hueco de un cubo de playa—. Es de tu tamaño, Montenegro. Bueno, no. Si te metes ahí dentro, vas a parecer un Transformer a medio montar. Tus rodillas van a ser los intermitentes.
Me acerco al vehículo con la cautela con la que examinaría un balance de cuentas bajo sospecha de fraude.
El logotipo de la marca —una letra abstracta que parece un emoticono confuso— brilla en el frontal.
Las dimensiones son ridículas: apenas dos metros y medio de largo.
Mi maleta gris grafito, de precisión reglamentaria, parece un bloque de granito al lado del portón trasero, que es solo una luneta de cristal con dos bisagras de plástico.
—La autonomía declarada es de ciento cincuenta kilómetros en ciclo urbano —digo, leyendo la etiqueta pegada en la ventanilla—.
En carretera, con la resistencia aerodinámica de la tormenta y la calefacción para que no se empañen los cristales, se reducirá a ochenta.
Tendremos que detenernos a recargar seis veces.
Seis, Elena. Eso añade tres horas de tiempo muerto a un itinerario al límite de la viabilidad.
—Pues más vale que empecemos a practicar la paciencia, sargento —dice ella, mientras se limpia una lágrima con el dorso de la mano—. Porque este es nuestro carruaje. Y tiene mucha personalidad. Combina con mi actitud.
—Combina con tu desorganización mental, que es diferente —corrijo, mientras pulso el botón de apertura del llavero.
El microcoche responde con un pitido agudo, similar al de un microondas que termina de calentar un plato de sopa, y los faros redondos parpadean con una luz LED de baja intensidad.
Los retrovisores, redondos y negros como orejas de ratón, se abren con un gemido mecánico que no me ofrece la menor confianza.
Doy un paso atrás y evalúo el habitáculo a través del cristal.
Solo hay dos asientos, tan juntos que el espacio personal queda abolido antes de cruzar la barrera de salida del aparcamiento.
No hay consola central; solo una ranura para el móvil, un botón para la marcha adelante, otro para la marcha atrás y un volante de plástico rígido que parece sacado de un recreativo de los noventa.
Y lo peor de todo: el espacio de carga trasero.
Miro la maleta verde menta de Elena. Miro mi maleta rígida. Ambas suman un volumen que excede el espacio disponible por un factor de tres.
—No va a caber —sentencio, cruzando los brazos—. Es matemáticamente imposible. La geometría del maletero es un trapecio invertido de menos de doscientos litros. Tu monstruo de lona requiere por sí solo un vector de espacio del que carecemos.
Elena se coloca a mi lado, con las manos en las caderas y una sonrisa desafiante.
—¿Matemáticamente imposible? —repite, entornando esos ojos oscuros que siempre parecen estar tramando un hilo de Twitter viral—.
Eso es porque solo piensas en tres dimensiones, Montenegro.
Déjame el tetris a mí. He metido decorados de shooting de tres metros en el maletero de un taxi. Esto es pan comido.
La tormenta ruge con más fuerza en el exterior, un silbido húmedo que se filtra por las rejillas de ventilación.
El fluorescente sobre nuestras cabezas parpadea dos veces y se apaga, dejándonos bajo la luz mortecina del coche de al lado y el resplandor amarillo radiactivo de nuestra única opción de transporte.
Ajusto mis gafas sobre el puente de la nariz y miro el llavero. Mi plan de cinco años no incluía viajar en un huevo de plástico amarillo con la mujer que me desquicia y me atrae a partes iguales, pero la alternativa es el fracaso en la sala de juntas de Don Aurelio.
—Muy bien, Valenzuela —digo, dando un paso hacia el portón trasero—. Demuestra tu teoría del espacio no euclidiano. Pero si mi maleta sufre un solo rasguño por culpa de tu lona verde, el recargo lo pagas tú.
Elena me guiña un ojo, con una chispa de diversión en la penumbra del garaje.
—Prepárate, Montenegro. Estás a punto de ver lo que el caos puede hacer por tu equipaje.
Sujeto el tirador de plástico de la luneta trasera y tiro hacia arriba. El cristal se eleva con un silbido neumático agónico. El espacio resultante es un insulto a la habitabilidad: un receptáculo de plástico gris que recuerda al cajón de las verduras de un frigorífico de gama baja.
—Ciento ochenta y cinco litros brutos —calculo en voz alta, entornando los ojos para medir el desastre—.
Mi maleta rígida ocupa cuarenta y cuatro.
En posición vertical, pegada al mamparo divisorio, nos restan ciento cuarenta y un litros de espacio irregular.
Tu monstruo de lona, Valenzuela, asumiendo que esa panza deformada duplica su volumen nominal, supera los ciento sesenta.
La física elemental nos impide realizar esta operación.
—La física elemental no cuenta con la flexibilidad de la lona, Montenegro —replica Elena, arrastrando su bulto verde menta hasta el parachoques amarillo—. Tu problema es que solo piensas en ángulos rectos. La vida es curva. La materia se adapta. Aparta, que me tapas la luz.
Se inclina sobre el hueco. Su trenza deshecha resbala por su hombro y roza la chapa. Sin pedir permiso, agarra mi maleta gris de grafito por el asa lateral y la empuja hacia el fondo. El impacto del aluminio contra el revestimiento del coche eléctrico me arranca un gemido de dolor casi físico.
—¡Cuidado con los cierres de presión! —protesto, dando un paso al frente—. El aluminio anodizado...
—Tu aluminio anodizado va a sobrevivir, sargento. Ayúdame con esto.
Elena levanta su maleta verde por el asa superior.
La lona cede, revelando el relieve de un secador de pelo y la esquina afilada de una tableta gráfica.
Intenta encajarla de lado, pero una de las ruedas rebeldes se traba contra el paso de rueda del microcoche.
El bulto queda atascado a mitad de camino, bloqueando la abertura.
—Te lo he dicho —sentencio con los brazos cruzados—. No hay vector de entrada posible. Hay que desmontar el equipaje y repartir el contenido bajo los asientos.
—Ni de broma voy a esparcir mi ropa interior por el suelo de un coche que parece un juguete de McDonald's —jadea ella, apoyando la cadera contra el parachoques para hacer palanca—. Empuja desde tu lado. Si reducimos el coeficiente de fricción aplicando fuerza constante, cederá.
—Eso no es ciencia, Elena. Es optimismo ciego.
—Es supervivencia, Adrián. Empuja.