La teoría del caos y otros desastres compartidos Capítulo 3Aerodinámica de un desastre con escala #3
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Capítulo 3Aerodinámica de un desastre con escala #3

—A ver —murmuro, mientras deslizo el dedo por la línea azul que conecta nuestra posición actual con Puerto Coral—.

La autopista de la costa está cortada por el desbordamiento del río Seco.

Eso descarta el autobús de línea. Pero la carretera nacional 340, la que va por el interior bordeando la sierra, está en amarillo. Lluvia intensa, pero transitable.

—¿La nacional? —Adrián se inclina sobre mi hombro para mirar la pantalla.

Su aliento, con un ligero aroma a menta, me roza la mejilla—.

Eso son más de seiscientos kilómetros de curvas en mitad de un temporal de grado tres.

Es un riesgo inasumible. El índice de siniestralidad en esa vía se triplica bajo condiciones de baja visibilidad.

—El riesgo inasumible es quedarnos aquí sentados sobre nuestras maletas esperando a que el astrólogo de Don Aurelio decida que Mercurio ya no está enfadado —replico, y apago la pantalla para conservar el último suspiro de batería—.

Si nos quedamos, estamos fuera. Si nos movemos, tenemos una oportunidad real. La única.

Adrián mira la cola del mostrador, donde una mujer acaba de empezar a golpear el cristal de protección con su pasaporte mientras la empleada de la aerolínea se cubre la cara con las manos.

Luego mira su reloj de pulsera. Las manecillas avanzan implacables hacia las seis y media.

Su plan quinquenal se está desangrando en directo bajo los fluorescentes de la Terminal 2.

—¿Y cómo propones que hagamos seiscientos kilómetros por el interior? —pregunta, y aunque su tono sigue siendo escéptico, sus hombros ceden un milímetro—. No hay trenes operativos y las agencias de transporte privado habrán cancelado sus rutas por el temporal.

Esbozo mi sonrisa más contagiosa, esa que hace que los directores de cuentas se echen a temblar porque saben que voy a proponer algo que no está en el presupuesto.

—Abajo, en la planta de llegadas, están los mostradores de alquiler de coches —le guiño un ojo—.

Y mientras tú intentabas convencer al guardia de seguridad con el código de navegación aérea, yo he visto a tres personas devolver llaves.

Si corremos, podemos conseguir el último vehículo libre de la flota antes de que el resto de esta cola descubra que el asfalto es el nuevo cielo.

No espero a ver si su mente analítica aprueba la desviación de ruta. Agarro el asa de mi monstruo verde menta, obligo a la rueda disfuncional a dar un giro de ciento ochenta grados con un chirrido de protesta y echo a correr hacia las escaleras mecánicas en dirección al vestíbulo de llegadas.

Detrás de mí, tras un segundo de vacilación que casi puedo medir en milisegundos, escucho el rodar perfecto y silencioso de la maleta rígida de Adrián intentando mantener mi ritmo.

El chirrido de mi rueda rebelde rebota contra el hormigón de las escaleras mecánicas, un eco que compite con el zumbido de los motores y el murmullo tenso de la planta superior. No me giro; el siseo suave de la maleta de Adrián me dice que sigue mis pasos a menos de un metro.

Saltamos del último escalón metálico al mismo tiempo.

La planta de llegadas está sumida en una penumbra húmeda.

Las puertas automáticas se abren y cierran, dejando entrar ráfagas con olor a asfalto mojado y ozono.

Fuera, la tormenta ya no es una alerta naranja en la pantalla del móvil; es un muro de agua gris que azota las palmeras del aparcamiento con saña.

Corremos hacia los mostradores de alquiler de coches. El cartel de AutoRápido parpadea. Delante de nosotros, un hombre golpea el mostrador y se marcha mascullando entre dientes. Queda una sola empleada, una chica con una coleta tirante y unas ojeras que rivalizan con las mías.

Adrián se coloca a mi lado. Su respiración es rápida y una fina película de sudor empaña la parte superior de sus gafas. Se estira el jersey de lana merino con un tirón seco para recuperar la compostura, pero sus dedos tiemblan al aferrar la carpeta de cuero.

—¿Tiene algún vehículo disponible con tracción a las cuatro ruedas y navegación integrada? —pregunta Adrián, dando un paso al frente con su mejor tono de director de cuentas—. Necesitamos realizar un trayecto de larga distancia bajo condiciones climáticas adversas.

La empleada suelta una risa que suena a lija.

—Caballero, media terminal intenta alquilar lo que sea con ruedas. No quedan todoterrenos, ni berlinas, ni familiares. Acaban de cancelar una reserva por un fallo de tarjeta hace dos minutos. Es el único coche libre en todo el aeropuerto.

—Lo tomamos —intervengo antes de que Adrián pida la ficha técnica.

—Espera, Elena. —Me sujeta del brazo. Su tacto es firme, pero sus yemas tiemblan contra mi manga—.

No sabemos qué clase de coche es. Conducir seiscientos kilómetros por montaña sin las especificaciones de seguridad adecuadas para este temporal es una temeridad.

Si el peso no es suficiente, el aquaplaning. ..

—Adrián —le clavo la mirada—. Si no firmamos ahora, el tipo que viene corriendo detrás con tres maletas se lo queda. Míralo.

Señalo con la barbilla a un hombre de traje arrugado que avanza a zancadas desde el vestíbulo de equipajes.

Adrián traga saliva; su manzana de Adán sube y baja despacio. Mira al rival, luego la pantalla de la empleada y, finalmente, el exterior, donde un rayo agrieta el cielo plomizo. Un trueno hace vibrar los cristales.

—Es una locura —susurra—. El mapa térmico indicaba visibilidad inferior a cincuenta metros en la sierra. No hay ruta alternativa si cortan la nacional. No tenemos...

—Nos tenemos a nosotros. —Apoyo mi mano sobre la suya, que sigue aferrada al asa de su maleta. Su piel está helada—. Tú pones la lógica para no caer por un barranco y yo la improvisación para sacarnos del barro. Es el pacto. Unidad simbiótica.

Él baja la mirada hacia el contacto. Mis anillos de plata y mi uña azul eléctrico chocan contra sus nudillos limpios y ese reloj suizo que cronometra un retraso inevitable. Pero no se aparta. Al contrario, relaja los dedos bajo mi palma.

—La tarifa corporativa no cubrirá daños por negligencia meteorológica —masculla, aunque sus hombros ceden un milímetro.

—Yo me hago cargo del recargo —miento sin pestañear, sabiendo que mi cuenta bancaria tiembla con cada café de especialidad—. Tarjeta, por favor.

Adrián suspira, saca la cartera de piel negra y entrega la tarjeta de la empresa. La empleada empieza a teclear con rapidez.

—Sus carnés de conducir, por favor —pide sin levantar la vista.

Se los entregamos. Ella los escanea y desliza un contrato sobre el mostrador junto a un llavero de plástico gris con un chip de proximidad.

—Plaza 42, sector amarillo, planta baja. Sigan las flechas. Tienen la batería al cien por cien. Devuélvanlo en Puerto Coral antes de las diez de la mañana del viernes si no quieren un recargo de un día extra.

—¿Batería? —Adrián arruga el entrecejo, activando su radar de anomalías—. ¿Es eléctrico?

—Es lo que hay, caballero. Suerte ahí fuera —zanja la chica, girándose hacia el hombre del traje arrugado que acaba de llegar resoplando.

Atrapo la llave antes de que Adrián inicie un interrogatorio sobre la autonomía de las celdas de litio bajo la lluvia.

—Vamos —tiro de mi maleta verde menta, que de pronto pesa el doble—. El sector amarillo nos espera.

Cruzamos las puertas automáticas hacia la pasarela cubierta. El viento ruge en el pasillo exterior y nos estampa una cortina de agua pulverizada en la cara. Me estremezco bajo la cazadora vaquera, pero el pulso me va a mil.

A mi lado, Adrián camina con la vista clavada en el llavero. Su americana gris marengo empieza a llenarse de lunares oscuros de agua, pero ni se molesta en sacudirse.

—Si la autonomía disminuye por la calefacción y los limpiaparabrisas a máxima potencia —calcula en voz alta—, tendremos que parar a recargar cada ciento cincuenta kilómetros.

Eso retrasará la llegada a Puerto Coral hasta la tarde, asumiendo que los cargadores de la ruta interior funcionen con este temporal.

—Encontraremos un cargador, Adrián. Y si no, empujamos. —Le lanzo una mirada de reojo—. Piensa en el lado positivo.

—No hay lado positivo en conducir un coche desconocido bajo un aviso de temporal de grado tres, Valenzuela.

—Claro que lo hay. —Entramos en el aparcamiento, recibidos por el olor a hormigón húmedo y neumáticos viejos—. Durante las próximas ocho horas no tendrás cobertura para tus hojas de cálculo. Vas a tener que vivir en el presente. Mi presente.

Adrián se detiene bajo un fluorescente que parpadea con un zumbido eléctrico. Me mira a través de los cristales salpicados de lluvia, entornando los ojos con esa mezcla de exasperación y algo indescifrable que me acelera el estómago.

—Que el cielo nos pille confesados —murmura, antes de reanudar el paso hacia el sector amarillo.