Capítulo 3Aerodinámica de un desastre con escala
Aerodinámica de un desastre con escala
Elena
El café de máquina que sostengo con la otra mano —un brebaje color asfalto etiquetado falsamente como «capuchino supremo»— gotea por una fisura invisible del vaso. Una gota tibia me resbala por el pulgar cada tres pasos.
Esquivo a una familia con carritos de bebé y busco el punto de encuentro. Son las seis y tres de la mañana.
Y allí está él.
Adrián Montenegro es el equivalente a un render arquitectónico de una sala de espera VIP: simetría, líneas limpias y una inquietante ausencia de arrugas.
Apoya una sola mano sobre el asa telescópica de una maleta rígida gris grafito que parece diseñada por la NASA.
Su jersey de lana merino azul marino, los pantalones de pinza marengo y los mocasines de ante oscuro gritan «viajo por negocios, pero controlo el huso horario».
Sostiene un informe impreso, encuadernado con una pulcritud que roza la psicopatía. Gafas de montura negra asentadas sobre el puente de la nariz. Ni una ojera. Ni un pelo fuera de su sitio. Insultante.
—Llegas tarde, Valenzuela —dice sin levantar la vista del papel, justo cuando me detengo ante él con un chirrido de mi rueda rebelde.
—Buenos días para ti también, rayo de sol —le doy un sonoro sorbo al capuchino con fugas—. Son las seis y tres. En cualquier tratado de diplomacia, tres minutos entran en el margen de error por imprevistos de tráfico.
—El tráfico a las cinco y media de la mañana es inexistente —replica Adrián.
Dobla el informe con un movimiento preciso y lo guarda en una carpeta de cuero—.
He calculado el tiempo de tránsito desde tu código postal.
Incluso asumiendo que tu coche eléctrico tiene la aceleración de un cortacésped, deberías haber estado aquí a las cinco y cincuenta y cinco.
Te he dado cinco minutos de gracia antes de asumir que te habías quedado dormida entre tus pósits.
—Pues ya ves que no. —Suelto el asa de mi maleta verde menta, que impacta contra el suelo con un golpe sordo. La cremallera lateral, sometida a una tensión sobrehumana por tres pares de zapatos de repuesto y mi secador de pelo con difusor, emite un crujido de advertencia.
Adrián clava la vista en el bulto. Sus ojos se entrecierran tras las gafas, evaluando el volumen con el mismo rigor con el que revisa las columnas de costes de la agencia.
—¿Qué llevas ahí dentro? ¿El equipo de sonido de un festival? —Su tono seco señala que un presupuesto excede el margen del cinco por ciento—. Nos vamos tres días, Elena. No es una misión de colonización a Marte.
—Llevo opciones, Montenegro. —Sostengo el vaso de café con los dientes para apartarme un mechón de la trenza deshecha—.
Ropa para el calor de la costa, un conjunto por si Don Aurelio exige etiqueta, mi cuaderno de bocetos de repuesto, dos tabletas gráficas y la almohada cervical autohinchable.
El diseño de experiencia de usuario empieza por la comodidad de la diseñadora.
—Llevas un exceso de equipaje que nos va a costar cuarenta euros de recargo en la tarifa corporativa —señala la panza deformada de la lona—.
Mi equipaje de mano cumple estrictamente con las dimensiones de cabina: cincuenta y cinco por cuarenta por veinte centímetros.
Peso exacto: ocho kilos con doscientos gramos.
Ropa para tres días combinable en una paleta monocromática, neceser transparente con botes de cien mililitros y cargador universal. Eficiencia pura.
—Tu vida es una paleta monocromática, Adrián —le espeto. Le doy otro trago al café justo cuando la gota traidora apunta a mi zapatilla blanca—. ¡Mierda!
Doy un salto hacia atrás para salvar el calzado, pero el movimiento brusco hace que el líquido salpique. Tres gotas vuelan por el aire climatizado de la terminal y aterrizan sobre la puntera de ante de su mocasín izquierdo.
El silencio se instala entre nosotros, denso como el zumbido de las pantallas de salidas.
Adrián clava la mirada en su zapato. La mancha destaca sobre el ante grisáceo como un borrón de tinta en una hoja de Excel.
Se le tensa la mandíbula; el músculo de su mejilla izquierda da un pequeño espasmo.
Cierra los ojos, inspirando por la nariz de manera lenta, aplicando alguna técnica de meditación para ejecutivos al borde del colapso.
—Lo siento —digo, conteniendo una sonrisa—. Ha sido un error en la aerodinámica del vaso. El plástico es de pésima calidad.
—El plástico no tiene la culpa de tu falta de psicomotricidad fina, Valenzuela —responde con una calma forzada—. Es ante. El ante no se limpia con agua.
Saca un pañuelo de hilo blanco y se inclina con rigidez militar para dar pequeños toques sobre la mancha, intentando absorber el líquido sin restregar. Me muerdo el labio inferior para no soltar la carcajada.
—Si te sirve de consuelo, el café está casi frío —añado—. No le va a quemar el pie a tu mocasín de jubilado de lujo.
Adrián se incorpora de golpe. Guarda el pañuelo, ahora con tres círculos marrones, con una delicadeza exasperante. Me mira desde sus casi metro noventa de estatura. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos, brillan con una irritación muy viva.
—No son zapatos de jubilado. Son mocasines de estructura flexible para viaje —su voz desciende un octavo de tono, más grave—. Y te agradecería que mantuvieras tu taza de destrucción masiva a un metro de mi persona durante el resto del trayecto.
—Pacto de no agresión, Montenegro —le recuerdo con un guiño—. Lo firmamos en la sala Neón. Nada de hostilidades. Yo mantengo mi café lejos de tus pies y tú dejas de mirar mi maleta como si fuera una pila de basura nuclear.
Adrián suelta un suspiro largo. Ajusta la correa de su reloj de pulsera y señala la pantalla gigante que cuelga del techo, donde una fila de letras naranjas parpadea junto a nuestro número de vuelo.
—Hablando del trayecto —dice, frunciendo el ceño—. Mira la pantalla.
Sigo la dirección de su dedo. Busco el vuelo de las ocho a Puerto Coral. Junto a la hora de salida, las letras naranjas han cambiado el «En hora» por un mensaje que congela mi sonrisa: «Retrasado. Nueva salida: 11:30. Motivos meteorológicos en destino».
—Tres horas y media de retraso —calcula en voz alta, y el pánico por la pérdida de control se filtra en su tono—.
Eso destruye mi margen de seguridad para el almuerzo de trabajo con el equipo local.
Tenía reservada una mesa a la una y cuarto.
El trayecto desde el aeropuerto son veinte minutos, asumiendo que el coche de alquiler esté listo. ..
—Adrián —lo interrumpo, apoyándome en el asa de mi monstruo verde menta, que vuelve a quejarse—. Respira. Son tres horas. Tres horas en las que no tenemos que responder correos de Sofía ni aguantar llamadas de proveedores. Míralo como un regalo del universo.
—El universo no hace regalos, Elena. Hace chapuzas —dice, mirándome con una mezcla de frustración y cansancio—. Y ahora estamos atrapados aquí. Contigo, con esa maleta que viola las leyes de la física y con un café que sigue goteando sobre el suelo.
—Pues prepárate, Montenegro —le dedico mi sonrisa más radiante mientras tiro el vaso vacío en una papelera—. Porque te quedan tres horas de mi maravillosa compañía antes de que siquiera despeguemos. Espero que tu informe financiero sea muy, muy largo.
El sonido metálico de mi vaso al rebotar en el fondo de la papelera apenas vibra cuando Adrián ya ha reanudado la marcha, arrastrando su maleta con la precisión de un metrónomo.
Lo sigo a paso rápido, obligando a mi monstruo verde menta y a su rueda disfuncional a emitir un quejido agudo que hace que un par de pasajeros se aparten de nuestro camino.
Nos instalamos en la puerta de embarque 14, un rincón de moqueta azul gastada y asientos de metal frente al ventanal panorámico.
Fuera, el cielo de la mañana ha prescindido del amanecer despejado.
En su lugar, un manto de nubes moradas, densas como chapapote, avanza desde el océano devorando la luz.
Adrián no pierde el tiempo. En cuanto localiza una fila de tres asientos vacíos, saca de su maletín una toallita desinfectante y limpia la superficie metálica de la silla antes de sentarse.
Se ajusta los pantalones, abre el portátil y lo apoya en las rodillas.
Sus dedos flotan sobre el teclado, listos para su jornada de dominación mundial mediante hojas de cálculo.
Me desplomo a su lado, dejando que mi maleta ruede hasta chocar contra sus mocasines de ante. Adrián contiene un suspiro, desliza el pie diez centímetros a la derecha y continúa tecleando.
—La tormenta tiene una pinta espectacular —pego la frente al cristal—. Si los rayos alcanzan la torre de control, ¿crees que nos evacuarán en botes salvavidas? Sería una gran historia para Instagram. Un *story* con filtro de catástrofe tropical dispararía el *engagement*.
—La torre de control cuenta con un sistema de pararrayos de jaula de Faraday doble, Valenzuela —dice sin desviar la vista de la pantalla, donde una tabla dinámica de Excel parpadea con números de seis cifras—.
Las probabilidades de un fallo por impacto atmosférico directo son del cero coma cero tres por ciento.
Lo que debería preocuparte es que el retraso de tres horas y media nos sitúa en Puerto Coral en pleno pico de tráfico local.
—A mí solo me preocupa que mi estómago registra un déficit de carbohidratos —me pongo en pie—. Y que tu conversación es tan estimulante como un documental sobre la cría del berberecho. Vuelvo en cinco minutos. No me eches de menos, Montenegro.
Camino hasta el quiosco esquivando el goteo de pasajeros. Entre revistas y novelas, localizo una bolsa gigante de patatas fritas con sabor a cebolla asada y crema agria. Su olor artificial resucita a un muerto y, mejor aún, es el enemigo natural de los ambientes climatizados e impecables.
Al volver, Adrián sigue inmóvil, una estatua de la eficiencia corporativa rodeada de maletas y niños que lloran. Me siento a su lado, anulando la distancia de cortesía.