41
La última ola
Océane
Catorce días después.
El día había amanecido soleado y tranquilo con ligero viento, sonreí mientras daba pequeños sorbos al café y contemplaba el mar desde el porche de la casa. Dos semanas exactas desde aquel encuentro fugaz con Max en California.
Catorce días en los que un sinfín de variabilidades podían hacer que no nos encontráramos de nuevo. Tal vez no lograra encontrar el lugar. Quizá el tiempo no permitiría el acceso. O un simple retraso en el vuelo podría hacer que jamás llegara.
Había hablado con mis amigas, sobre todo con Alana de mi encuentro con Harmony y más aún de Maximilian.
No iba a negar que había rememorado cada una de sus palabras sintiendo que me estremecía cada vez que las recordaba y quizá, eso provocaba que ansiara que llegase ese momento y a la vez, me preguntara si realmente dejaría todo para estar allí, si me esperaría como había mencionado que haría, si realmente me quería tal y como aseguraba que hacía.
—¿Te apetece ir de compras al centro? Hace un día estupendo —comentó mi madre colocándose a mi lado en el porche.
—Sería estupendo —sonreí—, pero tengo planes. ¿Quizá otro día? —pregunté para que no lo sintiera como un rechazo.
—No hay problema. ¿Tienes una cita? —exclamó mi madre con complicidad y me giré para verla.
No parecía tener una expresión de asombro, pero podía notar un eje de diversión por la forma en la que evitaba sonreír.
—¿Qué te hace pensar que tengo una cita? —alcé una ceja.
—Porque te delata ese rostro de felicidad que demuestra que te gusta la persona que vas a ver. Eso y el hecho de que no seas capaz de dejar quieto el pie por tu claro nerviosismo.
En ese momento me di cuenta de que tenía razón y detuve el movimiento.
—No es una cita —aclaré y enseguida emití un gruñido—. Bueno, puede que sí lo sea. En realidad, no sé si él aparecerá…
—¿Te refieres a Max? —inquirió emitiendo una sonrisa.
—Si —afirmé recolocándome el pelo como si me molestara.
—No apruebo lo que hizo, aunque sí puedo entender sus razones y lo que puede llegar a provocar la desesperación para ayudar a una persona que quieres.
A pesar de eso, tengo que reconocer que me gusta, quizá es porque en parte me recuerda mucho a tu hermano, pero es un buen chico y sobre todo admiro la capacidad que tiene para sacar lo mejor de ti misma.
Hacía tanto tiempo que no volvías a ser tú, que ni siquiera me había dado cuenta hasta que él llegó a nuestras vidas.
Tuve que mirar hacia otro lado cuando sentí que aquellas palabras me emocionaban y tenía la sensación de que mis ojos se aguaban.
—Hace dos meses pensaba marcharme tras acabar el verano a Brisbane con Mason pensando que era el hombre de mi vida. Y ahora sé que ni siquiera le quería como se supone que se debe amar a la persona con la que deseas pasar el resto de tu vida.
—A veces nos aferramos a personas, situaciones o cosas porque creemos que no encontraremos algo mejor o simplemente no somos merecedores de algo más. Te mereces ser feliz sin sentir culpa, Oceáne.
—Lo sé —afirmé dejando que esas leves lágrimas de emoción surcaran mis mejillas—. Quizá he tardado un poco más en darme cuenta, pero ahora lo sé.
Sentí como mi madre se alzaba y me abrazaba con fuerza.
Una hora más tarde elegía que bikini era el más adecuado y supongo que la elección estaba muy condicionada por mis propias expectativas.
No era precisamente un bikini para entrenar, sino más bien para resaltar todos los atributos de mi cuerpo.
La braga era minúscula y brasileña por atrás, mostrando gran parte de mis glúteos.
La parte de arriba escotada pero con tiras que solo dejaban entrever la forma del pecho.
Metí el teléfono y las llaves de casa en una mochila impermeable y me coloqué el vestido que menos espacio podría ocupar dentro de esa mochila.
Mi tabla estaba en el mismo lugar de siempre, así que la cargué en la camioneta y puse rumbo hacia las coordenadas que le había dado a Max la última vez que nos vimos.
El corazón latía con fuerza con cada brazada, faltaban escasos dos minutos para la hora fijada y a mi alrededor no había nadie, aunque los turistas desconocían por completo el acceso a la cueva y la gente de la zona apenas la visitaba.
Eso la hacía el lugar perfecto para un encuentro furtivo, salvo que el único acceso era a través de mar abierto y solo en días como ese donde el mar parecía más en calma, no era un riesgo atravesarla.
Si. Quizá había pensado que el destino debía elegir si esa segunda oportunidad era o no factible. Si Max estaba predestinado en mi vida y si, ¿Por qué, no? Tal vez quería enviar una señal a Reef allá donde estuviera para saber si él lo aprobaba.
Y aquel día soleado, espléndido y en calma lo corroboraba.
Accedí a la gruta sintiendo el eco de las olas en el interior y cuando paseé la vista alrededor gracias a la apertura superior por la que se filtraba la luz, le observé sentado en una de las rocas, con la vista fija en mí.
Automáticamente su rostro serio pasó a dibujar una sonrisa complaciente.
Antes de que pudiera bajarme de la tabla, se acercó hasta la orilla, entró en el agua y me alzó por la cintura obligándome a agarrarme a sus hombros y enroscar mis piernas a su cintura para sujetarme.
Su boca buscó la mía y salí a su encuentro dejando que su lengua avasallara la mía mientras aferraba su rostro entre mis manos.
Sentí como el mundo se hacía pequeño hasta caber entre nuestros labios y el beso comenzó a tener su propio ritmo dejando que el tiempo dejase de contar.
Adoraba su sabor, como esa brisa cálida que te invita a acercarte más y la determinación en el modo que invadía con osadía presentando una batalla digna de un gladiador hacía que despertase una corriente suave que recorría mi pecho.
La química siempre había estado de forma innegable e inevitable, como dos olas que se reconocen antes de volver al mar. Había fiereza, ansiedad, necesidad… tan intenso como un fuego hambriento que arde de forma descontrolada con la intención de quemar todo a su paso para saciarse.
Sentí como me dejaba caer sobre lo que debía ser su tabla sin que nuestros labios nos abandonaran y noté su peso sobre el mío, percibiendo su erección, clavándose con firmeza a través de nuestra ropa de baño y aparté mi boca de la suya para arquearme contra él y gemir de absoluto placer.
Max aprovechó para besar mi garganta mientras se recolocaba entre mis piernas para meter una de sus manos y encontrar fácilmente mi clítoris.
Me mordí el labio sin poder evitar gemir de placer y estiré de su pelo con firmeza provocando que alzara su cabeza para mirarme mostrando una sonrisa digna de un dios del Olimpo. Sin duda podría ser Poseidón que surca los mares y estaba más que dispuesto a complacer cada uno de mis deseos.
Como si predijera mis propios pensamientos hizo un movimiento circular con sus dedos obligándome a cerrar los ojos y volver a exclamar de placer acercándo su boca a la mía sin llegar a besarme.
—Te deseo tanto que soy incapaz de resistir mucho más —advirtió apresando mi labio entre sus dientes y emitiendo un gruñido mientras deslizaba sus dedos y metía dos al mismo tiempo comprobando que estaba completamente humectada.
—Entonces no te resistas —afirmé obligándole a besarme mientras alejaba su mano haciendo que gruñera, pero instantes después sentí como se abría paso entre mis piernas y mis uñas se clavaban en su espalda.
Allí estaba de nuevo ese placer provocando una marea agitada con cada embestida, sintiendo que un mar embravecido y furioso necesitaba descargar su rabia.
Salí a cada encuentro, sintiendo que era insuficiente, percibiendo el calor que abrasaba la parte inferior de mi abdomen y necesitando que sus manos recorrieran mi cuerpo.
Max se alzó colocándose de rodillas sobre la tabla y me llevó consigo, sintiendo que tenía libertad de movimiento, notando como sus manos sostenían mi peso y cada vez que me embestía gemía en su oído porque era una estocada aún más profunda que la anterior.
Podía saborear el clímax, sentir que lo rozaba y casi lo alcanzaba, notaba como se acercaba ese momento provocando que me desinhibiera al completo, que no me importaba mostrar hasta que punto él me enloquecía porque mi cuerpo era la cerradura para la que solo él tenía la llave que encajaba de forma exacta.
Por un instante, dejé de perseguir respuestas, de cargar con dudas, de intentar controlar mis propios sentimientos o mi propio cuerpo.
Solo existíamos él y yo en aquella gruta.
Solo existían nuestras respiraciones agitadas, jadeos sin control y el ritmo de una danza ancestral que sincronizaba nuestros cuerpos a la perfección.
Cada latido de mi propia existencia me había llevado a ese momento, a ese instante perfecto en el que todo tenía sentido.
Y noté como todo lo que había estado conteniendo durante esos catorce días desde nuestro ultimo encuentro se rompía. No como una caída, sino como una puerta cerrada durante demasiado tiempo que decide abrirse para dejar entrar una luz imparable que ilumina todo.
Una oleada de euforia me atravesó, venía desde dentro, desde lo más profundo de mi interior como si siempre hubiera estado ahí deseosa de salir y esperando pacientemente a ser liberada.
Sentí que cada barrera que la contenía se deshacía una a una, y con ellas se iba el miedo de las palabras que nunca había pronunciado.
—Te quiero —jadeé como si aquello me hiciera ser mucho más que consciente de que le había elegido incluso antes de darme cuenta.
Noté como me abrazaba con fuerza y me embestía con mayor vehemencia, provocando que alcanzara un clímax inaudito, que el orgasmo se deslizara a través de mi cuerpo en olas de placer sin cese hasta que mi cuerpo quedaba lánguido entre sus brazos.
—Te quiero, Océane Sinclair. Te quiero más que mi vida misma. —Fue lo primero que escuché cuando salí de aquel letargo de absoluto deleite.
Ni siquiera nos movimos. Me quedé abrazada sobre él como si ninguno de los dos contemplara la posibilidad de apartarse del otro.
No pensaba cuestionarlo. No quería hacer ningún movimiento. Quería quedarme allí y de poder elegir, probablemente de forma eterna.
—¿Por qué elegiste este lugar? —preguntó acariciando con la yema de sus dedos la piel de mi espalda.
—Era el lugar favorito de Reef. La cueva de la reflexión, la llamaba él —admití pasando la vista alrededor—.
Solía venir aquí cuando necesitaba o quería estar solo, desde aquí solo se oye el eco de las olas rompiendo en la roca y su acceso hace que muy pocas personas la visiten.
Pensé que era el único modo de saber si él estaba de acuerdo en perdonarte.
Una fecha al azar en un día al azar. Había muchas posibilidades de que el tiempo no permitiera el acceso a la gruta.
Vi como Max sonreía.
—No tuve la suerte de conocerlo y me habría gustado hacerlo para decirle que gracias a él, pude conocer a la mujer de mi vida.
Que gracias al destino cruel, él te puso en mi vida.
Habría venido hasta aquí aún con viento, oleaje, huracanes o tornados marinos.
No me habría importado. Tú lo eres todo para mí, Océane. Absolutamente todo.
—Sé que le habrías gustado, en el fondo sois parecidos en algunos aspectos, aunque muy diferentes en otros, pero me alegro de que las previsiones para hoy fueran perfectas para llegar hasta aquí.
—Testificaste a mi favor y me diste ese papel con coordenadas que debías haber escrito antes de verme. ¿Por qué? No merecía ni que aparecieras en California, menos aún que me dieras una segunda oportunidad pese a que rogué cada día porque lo hicieras.
—No fui a California a testificar. Al menos no principalmente.
Fui a conocer a Harmony, necesitaba saber por mí misma si podía justificar tus actos sabiendo que yo misma habría hecho lo mismo para tener aquí a Reef conmigo.
Sé lo que es perder un hermano. Sé lo que es pasar por ese miedo, angustia, dolor, sufrimiento y…
desesperación. No perdono lo que hiciste, pero lo entiendo.
Sé que no tenías tiempo para tratar de decírmelo, sé que tenías miedo de que pudiera haberme negado.
Noté como colocaba su mano en mi mejilla y la acariciaba.
—Definitivamente no te merezco —susurró uniendo su frente a la mía—, pero no contemplo un solo día de mi vida sin ti y, aunque pueda pecar de egoísta, solo pienso en reclamarte como mía.
—Quizá no tengas que hacerlo, hace demasiado tiempo que te pertenezco —sonreí y un segundo después sus labios apresaban los míos.
—Soy tuyo, Océane Sinclair. Completamente tuyo desde que te vi en esa playa por primera vez.
—En ese caso, Maximilian Kingsley, prepárate… —contesté esbozando una sonrisa.
—Si es contigo, mi rendición será plena.
Reí conforme me ajusté a él haciendo un movimiento con mis caderas y noté como él jadeaba para después llevar sus manos a mis glúteos, abriéndolos con firmeza y empujando conforme su erección se engrandecía de nuevo aún dentro de mí.
Sentirla provocó que me arqueara contra él y estaba más que preparada para un segundo asalto.
—Se acabaron los secretos —dije volviendo a moverme del mismo modo y sentí como empujaba con firmeza.
—Hecho —afirmó robándome un beso.
—Y las medias verdades —insistí antes de que se alejara lentamente para volver a envestirme de nuevo—. ¡Joder! —gemí volviendo a sentir esa sensación de pleitesía.
—Por supuesto —contestó volviendo a hacer lo mismo y me mordí el labio de puro deleite.
—Y le diremos al mundo entero que estamos juntos en esa maldita entrevista —afirmé agarrándome a él mientras me movía al compás de él y sentí sus ojos me miraban con intensidad.
—¿Es lo que realmente quieres? —preguntó mostrando el rostro serio.
—Harmony lo necesita —afirmé siendo consciente de que él necesitaba pagar el resto del tratamiento—, y a mi no me importa que el mundo entero nos vea unidos.
Sus labios se acercaron a los míos mientras sentía que se hundía de nuevo aumentando el ritmo.
—¿Gritar al mundo entero que te amo y qué eres mía? Océano… acabas de hacerme el hombre más feliz del planeta.
Ni siquiera pude contestar porque su ritmo se volvió tan salvaje que solo pude gritar dentro de aquella gruta su nombre hasta que el placer me envolvió en una nube de plena ambrosía.
Esa noche nos llegaría el correo oficial de la federación internacional de surf, para retirar la suspensión de Max y darnos carta blanca en todas las categorías.
Y sin duda… iríamos a por todas.