La Teoría de las Olas Cruzadas EpílogoMax
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Epílogo

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Ocho meses después.

—¿Estás preparada cariño? —pregunté mientras veía como se cerraba la cremallera del bañador de neopreno.

—Nací preparada —sonrió antes de acercarse de puntillas y pasar sus brazos por mis hombros haciendo que me inclinara sobre ella unos centímetros para unir mis labios a los suyos.

Llevábamos demasiado tiempo preparándonos para este momento. Dejamos Noosa por Los Ángeles cuando las temperaturas en Australia nos impidieron seguir entrenando, así que estábamos más cerca de Harmony que comenzaba a hacer la vida normal que debía tener una niña que acababa de cumplir nueve años.

Nunca había pensado que la estabilidad de una pareja me gustaría.

Pensaba que amaba la libertad, la soledad y no rendir cuentas a nadie cada vez que me movía de lugar, pero con Océane todo era diferente.

Sin darnos cuenta habíamos comenzado a vivir juntos en aquella caseta de jardín y después, cuando nos mudamos a Los Ángeles, alquilamos un apartamento pequeño y decidimos comprar una camper para poder movernos entre largas distancias y poder llevar todo el equipo que necesitábamos con nosotros.

Subir contenido a las redes sociales de nuestro entrenamiento había hecho que tuviéramos una exposición masiva y ese estilo de vida, había hecho que pudiéramos mantenernos sobradamente con los patrocinios de las marcas y las exhibiciones de una forma estable y más que holgada.

Ella no solo era mi compañera de equipo, sino también de vida y jamás pensé que amar de ese modo a una persona pudiera completar esa parte vacía de mi existencia que nunca creía que alguien llenaría.

Puede que mi error fuera creer que podría ser como mi padre, incapaz de responsabilizarme, de asumir riesgos, de frenar mis objetivos, pero ahora comprendía que en realidad él jamás amó de verdad a mi madre porque cuando uno ama de verdad, el sacrificio y la elección forman parte de ello.

Yo siempre lo había hecho con Harmony y ahora Sabía que habría renunciado al surf, a mi vida, a viajar por el mundo sin permiso solo para pasar un solo día al lado de Océane.

—Sin duda me enamoré de la mujer correcta —advertí pasando un brazo por su cintura.

—¿Estás seguro? Creo que he visto a Susanne por allí… —respondió con cierto énfasis de irascibilidad.

Había conseguido clasificarse para el campeonato con su pareja y, a pesar de que no lo habíamos hablado abiertamente, sabía que el orgullo de Océane necesitaba aplastar en la competición a esa chica a pesar de que gracias a ella, había terminado de abrir los ojos respecto a Mason, pero incluso tiempo después, había tratado de insinuarse en varias ocasiones como si pretendiera hacer lo mismo conmigo.

Por suerte, el asunto con Mason había acabado de forma favorable para mí cuando la investigación había llevado a una grabación en la que él mismo buscaba pelea en otro bar y unos desconocidos acababan dándole una paliza.

Así que finalmente ese tipo estaba fuera de nuestras vidas, sobre todo de la de Océane.

—El día que deje de mirarte solo a ti, será el día que ya no me encuentre aquí.

Nuestros nombres sonaron por megafonía y Jax nos hizo señas desde su posición. Hacía más viento del normal, lo que conllevaba un oleaje mucho más salvaje y con la amenaza de tirarnos con mayor facilidad.

Teníamos veinte minutos exactos desde el inicio del pitido para mostrarles de lo que éramos capaces, así que iniciamos con las posturas más sencillas para tantear la tabla, el viento, el oleaje y determinar hasta donde podíamos llegar sin riesgos.

Comenzamos surfeando los dos hasta que la alcé sobre mis hombros formando un arco perfecto. El cuerpo de Océane era como el de una bailarina que realiza movimientos suaves, gráciles y perfectos al compás de una melodía, solo que ella bailaba entre las olas y el viento.

Surcamos una segunda ola con una postura vertical, después en equilibro con una única pierna y antes de caer logró invertirla y abrirse de piernas en horizontal sobre mi cabeza.

En la tercera ola comenzamos los movimientos más difíciles de equilibrio, donde tenía que sostener todo su peso sobre un único brazo o mantenerla sobre mis propias manos mientras giraba sin parar.

No logramos acabarla de un modo perfecto, pero sí lo hicimos en la cuarta y quinta ola hasta que nuestro tiempo se dio por finalizado y oímos el bramido del público desde las gradas.

Lo habíamos logrado. Ni siquiera importaba si nos convertíamos en campeones del campeonato porque yo sentía desde hacía mucho tiempo que ya había ganado. No necesitaba una copa o una medalla de oro que lo testimoniara, tenía todo cuanto deseaba para sentir que ya había ganado el juego.

Y aún así, el oro fue nuestro.

—El primero de muchos, Océano —murmuré frente a toda la prensa que no dejaba de fotografiarnos.

—Contigo al fin del mundo. No me sueltes nunca, Max —murmuró pasando sus brazos por mis hombros y colocándose en puntillas.

La alcé como siempre hacía, porque después de entrenar tanto con ella su cuerpo formaba parte del mío, éramos solo uno.

—Siempre voy a estar aquí. Cada día. Cada hora. Cada segundo. Soy tuyo para siempre, Océane.

Vi como sonreía antes de besarme y después se acercaba a mi oído para que nadie más pudiera oírlo.

—Dímelo bajo las estrellas en Fairy Pools.

Sonreí. Habíamos prometido volver a las piscinas naturales de rocas en el parque natural de Noosa si ganábamos para terminar lo que esa noche no hicimos.

Y sin duda lo haríamos, solo que ella no sabía que esa noche también pensaba pedirle que pasara el resto de su vida conmigo.

Porque solo necesitaba ver la profundidad de sus ojos para entender que ella era el océano.

Inmensa, indescifrable, tempestuosa, pero siempre capaz de despertar en mí el deseo de perder el rumbo.

No era el brillo de la superficie únicamente lo que me había atrapado, sino todo aquello que se escondía bajo sus mareas: la fuerza con la que me enfrentaba, sus silencios, la calma con la que conseguía desarmar mis miedos y la inmensidad con la que transformaba cada instante en un lugar al que deseaba volver.

Hay mares que se contemplan desde la orilla y otros en los que uno decide quedarse a vivir. Ella era de esos. Y yo, sin darme cuenta, dejé de ser un simple navegante para convertirme en alguien dispuesto a cruzar cualquier tormenta con tal de seguir encontrándola en el horizonte.

Porque ella era y sería siempre mi océano.