La Teoría de las Olas Cruzadas 39
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Sal en las heridas

Max

Ella no iba a presentarse. ¿Por qué lo haría? En su lugar yo no lo haría y teniendo en cuenta que había actuado como un capullo que se aprovechó de ella por dinero, es obvio que tenía la oportunidad perfecta para vengarse por mis actos.

Me lo merecía.

Y no por eso era consciente de que habría actuado de otro modo, al menos no cuando Harmony había tenido acceso al nuevo tratamiento experimental y ya se apreciaban ligeras mejorías.

Solo que eso había implicado una renuncia de la que estaba seguro que iba a ser incapaz de superar.

Puede que hubiera precipitado las cosas.

Que sí tuviera una intención oculta en todas y cada una de las palabras que le había confesado, pero no dejaban de ser ciertas y de que Océane Sinclair fuese la primera mujer de la que me había enamorado perdidamente.

La única que continuaba amando y la que con toda probabilidad lo seguiría haciendo el resto de mi vida.

La había cagado enormemente y pese a saber que no podía rectificar las cosas para arreglarlo, la imagen de sus ojos hinchados por la decepción me robaba el aliento.

¡Joder!, ¡La quería! Incluso había llegado a confesarlo cuando pensé que jamás podría abrir mis sentimientos a ninguna mujer porque no quería que nadie compartiera mi responsabilidad y menos aún compadecerme por ello.

Harmony era mi responsabilidad y debilidad al mismo tiempo y protegerla de todos era mi cometido, incluso si eso significaba que no pudieran llegar hasta mí a través de ella.

—Faltan veinte minutos. Aún puede aparecer —mencionó Cristopher.

Había decidido venir como recurso de testigos en lo ocurrido, aunque era muy probable que no quisieran escuchar su versión, pero se sentía demasiado culpable ya que había sido su falta de prudencia lo que había hecho que Valeria descubriera las fotos en la cámara y se lo contara a Océane.

No pensaba culparle de un error que se podía haber evitado si hubiera sido más cauto porque al fin y al cabo, era yo quien debía asumir las consecuencias de mis actos.

—No va a venir —dije colocando los codos sobre las rodillas y entrelazando las manos en la cabeza mientras miraba hacia el suelo sosteniendo el peso.

Llevaba días sin apenas dormir, sin cesar de darle vueltas una y otra vez a como debería haber actuado para que nada de aquello sucediera.

—Eso no lo sabemos, pero en cualquier caso céntrate en las evidencias.

Solo existe una denuncia, pero no tienen pruebas suficientes para tener cargos en tu contra, tampoco te han detenido, ni existe una orden judicial.

De hecho, has podido salir del país sin restricciones.

Eso no es suficiente para expulsarte, debes insistir en que es una denuncia completamente falsa.

—Es que es una denuncia falsa —rebatió Cris.

Puede que estuviera preocupado por lo que iba a pasar dentro de esa sala en veinte minutos, pero la aceleración de mi pulso no era debida a los nervios de la decisión que tomaran todos esos altos cargos dentro de la federación, sino a la mínima esperanza con la que deseaba aferrarme ante la posibilidad de que ella apareciera.

No había tenido ningún contacto desde que me pidió que me marchara y de eso ya había pasado una semana.

Lo suficiente para que su odio se hubiera vuelto visceral o por el contrario estuviera dispuesta a tener una conversación, aunque tal vez esa era solo una vaga idea a la que tenía que aferrarme para no pensar que nunca volvería a verla.

—Dudo que eso les importe —admití.

Quizá era mejor ser realista y hacerme a la idea de que no podría volver a competir, al menos no de manera profesional y que acabaría el resto de mi vida impartiendo clases de surf en lugares turísticos y teniendo varios trabajos al mismo tiempo para cubrir las facturas médicas de Harmony, empezando por los cincuenta mil dólares restantes que aún me faltaban para cubrir el resto del tratamiento que había iniciado.

Emití un gruñido a la vez que exhalaba todo el aire contenido y entonces sentí el golpe en mi brazo. Me giré hacia Cris imaginando que había sido él, pero el reflejo de ese cabello rubio inconfundible detuvo mi vista.

¡Por todos los dioses! Si era guapísima con una camiseta vieja y unos shorts, enfundada en aquel vestido entallado podía hacerle sombra a cualquier mujer que se pusiera a su lado.

No era solo que fuera imponentemente bella, es que esa mirada, esos labios y esa seguridad al caminar la convertían en una diosa viviente.

Me levanté en un acto reflejo, probablemente ni siquiera era consciente de la reacción de mi cuerpo más allá que del hecho de que ella estaba allí y de que caminaba hacia mí.

Por un momento nuestras miradas se cruzaron, esos increíbles ojos aguamarina con una tonalidad de azul tan claro que ni el mar o el cielo en un día soleado podrían hacerle justicia me observaban.

—Océano… —gemí sin quiera darme cuenta de que la había llamado por aquel apelativo al que le hacía plenamente justicia su nombre.

Hermosa desde la distancia, infinita para quien se atrevía a conocerla y profundamente impredecible.

La había conocido envuelta en una tempestad con un oleaje salvaje y después había descubierto su risa que se asemejaba a los días en que la marea está tranquila acariciando la orilla.

Y había sido esa tormenta virulenta que me expulsaba cada vez que intentaba acercarme a ella la que me había permitido conocer lo que se escondía bajo todas esas capas.

Océane no pertenecía a nadie, sino a sí misma, porque su esencia era libertad y solo quienes saben apreciar el mar, llegan a conocer la inmensidad que se esconde en su interior.

—Kingsley —respondió deteniéndose a una distancia demasiado lejana, sobre todo teniendo en cuenta que mi primer impulso era acercarme y tocarla a pesar de que era muy consciente que no podía hacerlo.

—Gracias por venir —dije mirándola a ella y después me dirigí hacia Max que estaba a su lado—. A los dos —afirmé dirigiendo mi vista de forma fugaz a su padre para después volver a contemplarla.

Podía pasarme el resto de la vida observándola y quizá seguiría encontrando detalles que aún me faltaban por descubrir.

—Si me disculpáis, iré un momento al baño —dijo apartando la mirada y dirigiéndose hacia el fondo del pasillo donde no había nadie y solo resonaba el ruido de sus zapatos.

Notaba mi corazón en la garganta, el sudor en las manos y la sequedad en la tráquea.

—Necesito hablar con ella —dije acercándome a Jax sin saber que aquellas cuatro palabras iban a sonar a un ruego desesperado.

—Lo sé —afirmó Jax e inclinó el brazo donde llevaba un reloj de pulsera clásico para ver la hora—. Tienes seis minutos muchacho, aprovéchalos bien.

Corrí hacia la puerta por la que se había perdido Océane escasos segundos atrás y cuando entré la encontré frente al lavabo, con las manos sobre la encimera de mármol y mirándose al espejo.

Enseguida volvió la vista al sentir que se abría la puerta y se apartó quedando cara a cara frente a mí.

—No deberías estar aquí.

—No. Es cierto. No debería —admití caminando lentamente hacia ella.

—Te dije que no volvieras a acercarte a mí. Que no volvieras a tocarme —insistió y aún así seguí caminando.

—Es cierto. Lo hiciste —afirmé quedando apenas un par de pasos de distancia entre nosotros y sintiendo que mi corazón iba a salírseme del pecho porque ella no retrocedía.

—Si este es tu modo de coaccionarme para que hable en tu defensa te diré que…

No lo resistí más y me lancé a sus labios con fiereza, entrelazando una mano en su nuca y la otra en su cintura para que no pudiera escapar de aquel beso.

—No estoy aquí por eso, es más, merecería que hablaras en mi contra y me expulsaran de la competición para siempre, pero podría soportarlo, al menos lo haría si tú estuvieras a mi lado.

—¿Y no es esto otra de tus estrategias para que hable a tu favor? —exclamó alzando el mentón y mostrando esa fiera que se escondía bajo aquel rostro de rasgos dulces, simétricos y perfectos.

—Puede que creas que todo cuanto dije formaba parte de un plan, pero para mí cada momento que viví contigo fue real, Océane.

Te quiero. Eres la única mujer que he amado y probablemente pasaré el resto de mi vida queriéndote, aunque ahora sé que tendría que haber hecho las cosas de otro modo, pero en ese momento pensé que no tenía elección posible.

—Siempre hay elección —dijo dando un paso hacia atrás para separarse de mí y noté como mi cuerpo percibía el rechazo igual que si me hubiera dado un puño en el estómago.

—Sé que tenía que habértelo contado. Confiar en ti, pero jamás he permitido que nadie se acercara lo suficiente a mí para llegar a ver la parte más vulnerable. Supongo que es más fácil evitar que te hagan daño cuando no conocen los puntos débiles.

—¿Y cuál es el tuyo? —preguntó con el rostro serio como si estuviera estudiando si estaba siendo totalmente sincero con ella o si tenía intenciones ocultas.

—Harmony —afirmé con total sinceridad—. Mi hermana, tiene apenas ocho años y fue diagnosticada con diabetes cuando aún era muy pequeña.

Los costes médicos cuando no tienes un seguro se vuelven interminables y cuando la enfermedad empieza a complicarse como en su caso al ser demasiado inestable, aún más.

Noté como se quedaba en silencio durante el tiempo suficiente para dudar de que mis palabras fuesen o no ciertas.

—Sabías lo que significaba Reef para mí. Que mi vida quedó completamente destrozada el día que desapareció. No hablarme de ella solo refuerza la creencia de que nada de lo que dijiste o hiciste fue cierto —dijo volviendo a apartarse.

—Las únicas personas que saben realmente quien es Harmony son aquellas que me importan de verdad.

Si te hubiera hablado de ella tendría que admitir mis propios sentimientos hacia ti, algo que no estuve dispuesto a hacer hasta que fue innegable.

Y después… simplemente sentía que era demasiado egoísta hablar del vínculo que me une a ella, sobre todo cuando tú lo has perdido y has tenido que sentir que yo ocupaba el lugar de tu hermano en muchos aspectos.