La Teoría de las Olas Cruzadas 38
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La ola que lo cambió todo

Océane

Vi exactamente el momento en que llegaron y la ira me incendió aún más al verle llegar de forma relajada, natural, como si no sintiera ni un ápice de culpa por lo que había hecho y estaba haciendo.

Eso me hizo sentir un odio aún más visceral y le envié el mensaje que ya tenía preparado: «Te doy veinticuatro horas para largarte de mi casa y de mi vida» escribí junto a varias capturas incluido el justificante de transferencia.

Como si lo hubiera previsto, apenas dos minutos después y aún con el bañador mojado caminaba de forma decidida hacia mi casa. Me daba igual tener los ojos hinchados o rojos, en ese momento la furia era aún más fuerte que mis lágrimas deseosas de seguir aflorando.

—Te lo puedo explicar —dijo incluso antes de subir los escalones del porche.

—No me interesa escuchar nada de lo que tengas que decir. De hecho, no pienso creer en nada de lo que tengas intención de confesar para justificar tus mentiras. Es evidente cuáles eran tus intenciones desde el principio y no pienso dejar que sigas utilizándome para beneficiar tus bolsillos.

—Te aseguro que no me estoy beneficiando de nada —insistió con la tensión en su voz de quien parece realmente dolido por la situación, pero ya no pensaba dejar que me envolviera en esas patrañas.

Desde luego debía ser un actor innato para haberme tragado toda la película incluida la escena de que era la primera mujer por la que sentía realmente algo.

Tal vez es lo que me merezca, sobre todo cuando le había advertido a Alana sobre él y yo misma caí en su red de mentiras.

—Basta —advertí agradeciendo que mis padres no estuvieran aún en casa, aunque sabía que estaban a punto de llegar—. Me da igual las excusas que debas dar, lo que le tengas que decir a mi padre, pero quiero que desaparezcas de mi vida.

—Al menos deja que te lo explique y si aún quieres que me vaya lo haré, pero primero tienes que saber las razones por las que he tenido que hacerlo.

—Tuviste la oportunidad de explicarte antes de hacer lo que hiciste.

Es más, ahora no vengas con arrepentimientos tardíos por tus actos.

No voy a escucharlos. No me interesan los problemas en los que tú mismo te has metido por tus malas decisiones y no pienso pagar por ellos, ya has obtenido suficiente de mi parte.

Ahora largo de mi casa, de mi vida y de todo lo que me rodea.

No quiero volver a verte en mi puñetera vida.

Me di la vuelta como si aquello se hubiera dado por terminado. No pensaba escucharle. No pensaba dejar que se inventara una patraña en la que él era víctima de las circunstancias solo para lograr perdonarle.

No me importaban las razones, sino que hubiera sido capaz de mentirme a la cara, de fingir que le interesaba, que me quería, que deseaba estar a mi lado cuando solo lo hacía con un interés económico.

Sentí que me agarraba de la cintura para detenerme y me revolví comenzando a arañar sus brazos a la vez que intentaba darle patadas.

—¡No me toques! —bramé sintiendo que insistía en aferrarme contra él.

—Por favor, escúchame —oí que rogó cerca de mi oído y podía sentir realmente el dolor en su modo de decirlo, pero ya había creído suficiente como para caer de nuevo en que aquel ruego pudiera ser real y no un acto de desesperación para continuar en su papel.

—¡Suéltame ahora mismo o llamaré a la policía! —bramé en un acto de desesperación y sentí como aflojaba su agarre y me alejé de él lo suficiente para no dejar que su simple roce me afectara—. He cambiado de opinión, quiero que te vayas ahora mismo.

Entré en la cocina y cerré la puerta asegurándome de que se echaba la llave. No dejé que dijera nada más, simplemente me alejé para que no pudiera verme a través del cristal y me apoyé en la pared del pasillo dejándome caer hasta que mi cuerpo cedió y acabé en el suelo.

Se marchó esa noche junto a Cristopher. Vi como el taxi les recogía en la puerta y hablaba con mi padre justo antes de meterse en el coche.

No fui capaz de salir de mi habitación ni siquiera cuando se había ido, porque entonces fui más consciente que antes de que no iba a volver a verlo.

Y pese a la ira, la rabia y la sensación de sentirme utilizada, sentía un dolor real.

Uno que ni siquiera llegué a sentir cuando vi a Mason con Susanne.

No quería hablar con nadie. Es más, no podía hablar con nadie porque primero necesitaba asimilar que nada de lo que había vivido con él era real.

Me sentía tan estúpida, tan ingenua… ¿Cómo es posible que no me hubiera dado cuenta?

, ¿Cómo es posible que yo misma le hubiera dejado entrar de ese modo en mi vida?

Pensé en todas las veces que parecía preocupado por mí, que me había defendido, que incluso sentí esa química innata y la seguridad que me proporcionaba estar a su lado.

¿Había sido todo una mera ilusión?, ¿Podría haber fingido durante todo este tiempo? Ya no sabía que era real o que formaba parte de una simple actuación.

Mi madre se quedó a mi lado en silencio, sin decir absolutamente nada, acariciando mi pelo hasta que me quedé dormida como si esperase que yo misma le contara lo sucedido.

Desperté alrededor de las diez de la mañana con un dolor de cabeza atroz y la sensación de entumecimiento en todo el cuerpo. Cuando entré en la cocina, mi padre estaba sentado en una banqueta mirando a la pared que había enfrente y supe que simplemente estaba esperándome.

—¿Y mamá? —pregunté dándome cuenta de que tenía la voz ronca.

—Tenía que trabajar, no ha podido cambiar el turno. Después de haber estado varios días fuera es complicado.

Asentí y me acerqué al mueble de las medicinas donde cogí una aspirina y me la metí en la boca mientras recogía uno de los vasos limpios de la encimera y abría el grifo del agua.

—¿Quieres que hablemos de lo que ha ocurrido? —inquirió mi padre.

—¿Hablamos de lo tremendamente estúpida que he sido?, ¿O de que tenías razón en que tener una relación sentimental podía complicar las cosas?

Vi como mi padre inspiraba con fuerza y después se bajaba del asiento para dirigirse hacia mí. Sin esperarlo abrió los brazos, los pasó alrededor de mis hombros y me estrechó contra él.

—Tú no eres estúpida, cariño —murmuró estrechándome con fuerza—. Nada de esto es culpa tuya.

Aquello hizo que la poca resistencia que me quedaba se rompiera y volviera a derramar lágrimas sin freno.

—¿Qué te ha dicho antes de marcharse? —exclamé cuando conseguí que la voz me permitiera expresarme.

—Que había cometido un error imperdonable y que lamentaba que las cosas acabaran así.

Me mordí el labio y miré hacia otro lado porque tenía la sensación de que era el mejor modo de controlar las lágrimas.

—Fue él quien hizo las fotos y las envió a la prensa por dinero —afirmé apretando los labios en cuanto solté la bomba.

Mi padre emitió gruñido y se apartó un par de pasos para apoyarse en la encimera de la isla.

—Como algo y vístete, necesitas tomar un poco de aire. Te espero en el coche.

No me apetecía, pero tampoco iba a poner impedimentos. Me puse una camiseta vieja y unos short como si no me importara que alguien pudiera hacerme una foto y salir en la primera plana de algún periódico o revista de prensa rosa.

No nos dirigimos hacia una playa, sino hacia un mirador y en cuanto aparcó el coche se bajó y supuse que esperaba que le siguiera. Lo hice, incluso nos quedamos unos minutos en silencio contemplando como se alzaba el sol sobre el horizonte.

—Cuando me dijiste que pensabas marcharte a Brisbane y cambiar tu vida abandonando el surf por completo, pensé que jamás podría perdonarme que, después de perder a tu hermano, también te pudiera perder a ti.

Y no, no hablo simplemente de que te marcharas a dos horas de aquí, eso lo entendería, sino de perderte a ti misma —dijo con la vista al frente—.

Sé que estos dos años han sido muy duros para ti.

Yo sé lo que es perder a un hijo, pero tú perdiste a un hermano al que estabas muy unida y, además, a tu compañero de equipo.

—Supongo que tenía razón cuando dije que el surf había acabado para mí y que Reef sería insustituible —admití con la voz lo suficiente amarga para sentir el quemazón en mi garganta.

—Los dos sabemos que no es así y he visto con mis propios ojos la química entre Max y tú, pero sobre todo he visto como has vuelto a resplandecer y recuperar esa parte de ti que ninguno de nosotros veía.

Sabía que tenía razón, pero aquello no me hacía sentir mejor sabiendo que todo había sido construido sobre una mentira.

—Supongo que eso ya no importa.

—Importa, Océane. Cuando me llamó el entrenador de Kingsley para hablarme de él, no me interesaba que volvieras a competir a nivel internacional, ni siquiera pensé en que encontraras realmente a un compañero de equipo que pudiera acercarse al nivel de tu hermano.

Solo quería desbloquear ese muro que habías creado en torno a ti y a todo lo que tenía que ver con tu hermano.

—Tú sabías que él no podía competir… —murmuré.

—Si. Lo sabía. Y que al igual que tú necesitaba tiempo.

Alcé el mentón para mirar al cielo completamente despejado y con viento ligero. Habría sido uno de esos días perfectos para hacer surf.

—Más bien dinero. No tuvo reparos en admitir que su motivación era la económica y está claro que no tenía límite, ni escrúpulos.

—Dime una cosa. ¿Qué habrías sido tú capaz de hacer por Reef para que estuviera aquí ahora? —exclamó mi padre y dirigió su vista hacia mí.

Aquella pregunta me dejó indefensa, como si fuera impensable dar una respuesta.

—Cualquier cosa —afirmé sin titubeos.

—Max nunca quiso el dinero para él, habría subsistido dando clases de surf o trabajando en algún lado, pero eso no habría cubierto los gastos médicos de su hermana pequeña, unos que lleva cubriendo años gracias a todos esos patrocinadores que perdió de un día para otro tras su expulsión —confesó mi padre y se frotó las manos—.

Su entrenador me habló de esto porque sabía que él jamás lo haría, quería advertirme de que no encontraría a ningún otro surfista tan disciplinado como él y que después de lo ocurrido necesitaba mantener un perfil bajo.

Harmony es su punto débil y no deja que nadie lo conozca para que no sepan donde podrían hacerle daño.

¿Harmony es su hermana?, ¿Era con ella con quien hablaba todo este tiempo?

—¿Qué edad tiene su hermana? —gemí sin poder creer que nunca me hubiera hablado de ella.

—Ocho años. Su madre tardó tiempo en volver a tener otro hijo ya que el padre de Max la abandonó aún embarazada de él cuando era muy joven, por eso se lleva tantos años con su hermana.

El padre de Harmony fue el entrenador de Max toda su vida, hasta que murió hace cinco años y él se hizo cargo de su familia y los gastos médicos de la pequeña.

—¿Por qué no me has contado nada de esto antes? —gemí sin saber si podría o no haber cambiado algo.

—No necesitaba que empatizaras con Max por lo que hacía, sino que te demostraras a ti misma si realmente merecía la pena abandonar lo que te ha apasionado toda tu vida. Además, no es una información que me correspondiera a mí decírtela.

—Puede que sus motivos fueran honorables, pero su modo de actuar deleznable —afirmé a pesar de que mi ira profunda había disminuido y ahora tenía una sensación agridulce muy extraña.

—No voy a premiar lo que ha hecho, pero tampoco sé si debo juzgarlo sin conocer las circunstancias.

¿Realmente se había visto obligado a hacerlo?

, ¿Tan importante debía ser para él ese dinero como para actuar a escondidas?

No pensaba disminuir la culpa. No cuando podría haberse sincerado, es más, si no lo había hecho solo reforzaba con firmeza que todo aquello que me había estado diciendo formaba parte de un papel para obtener un único resultado.

Estaba segura de que en caso de no haber descubierto Valeria esas fotos, habría tratado de convencerme para hacer esa entrevista y cobrar otra suma considerable de dinero.

—Supongo que ya no importa. No volveremos a verlo.

—Eso no es tan sencillo —aclaró mi padre provocando que le mirase fijamente—. La federación os ha convocado a ambos y te guste o no, debes ir a California. Ahora te toca a ti decidir si quieres que le expulsen para siempre de la competición o no.

Probablemente en ese instante habría hecho que le expulsaran y le jodieran su vida, pero realmente no dejaba de pensar en esa niña que dependía de él.