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Bajo el mismo equilibrio
Océane
Eran casi las tres de la mañana cuando metí la llave en la cerradura de la puerta de casa de mis padres y ni siquiera había pasado el umbral cuando las manos de Max se colaban por el interior de mis bragas mientras que su lengua exploraba mi oído.
Había sido una ventaja que Cristopher se hubiera esfumado con Valeria en cierto momento de la noche sin que ninguno nos fuéramos cuenta. Eso nos había dado la ventaja de marcharnos con la excusa del jet lag que afectaba a Kingsley y de que en su lugar, debía conducir la camioneta hasta casa.
Tiré el bolso y lancé las llaves a la mesa donde solíamos colocarlas, no hicieron ruido de caer al suelo y escuché el sonido de la puerta cerrándose.
Me giré para subirle la camiseta y él se la sacó en un segundo tirándola al suelo.
Mis manos se fueron hasta la cinturilla de los vaqueros y rugió en mi boca antes de poseerla.
—Me vuelves loco —gimió bajando por la barbilla con sus labios hasta sentir su boca en mi garganta.
Noté como succionaba la piel justo ahí, haciendo que mis manos estiraran de la hebilla del cinturón hasta sacarlo del agujero y desabotonar el botón de sus pantalones.
La urgencia fue tan aplastante, que ni siquiera me había quitado una sola prenda de ropa cuando sentí como deslizaba con sus dedos mis bragas para abrirse paso entre mis piernas.
Grité de placer al sentirme llena, sintiendo cada embestida con más fuerza y agarrándome a él para recibir la siguiente aún más ruda, más firme, más necesaria que la anterior.
—Eres jodidamente preciosa —murmuró agarrando mis muslos para abrirme aún mas y penetrarme con firmeza mientras mi cuerpo quedaba encajado entre el suyo y la pared.
Jadeé conforme mi cabeza se inclinaba hacia atrás y me aferraba a sus hombros exigiendo más. Deseando cada embestida más fuerte que la anterior como si una exigencia interna se hubiera apoderado por completo de mi cuerpo y buscara su propia satisfacción.
—¿Ahora te parezco preciosa? —exclamé intentando apartar por completo esa frase que me había martirizado toda la semana.
No debía pensar en ello. Ni siquiera sabía a quien iba dirigida o si realmente significaba algo para él esa mujer.
—No. Me pareces jodidamente preciosa—susurró saliendo lentamente para después embestirme con rudeza y acabé mordiendo su hombro para no gritar—.
Aunque si lo prefieres puedo definirte como una belleza sublime.
O una sirena viviente —continúo volviendo hacerlo una segunda vez y sintiendo que sería incapaz de llegar a la tercera sin correrme.
Percibí esa sensación de ola creciente, de espuma subiendo hasta alcanzar la cima y después caer al vacío rompiendo todo lo que encontrara.
Noté como volvía a salir lentamente y me aferré para caer al vacío, para gritar en el preciso instante en que volvió a embestirme y yo sentía como el orgasmo explotaba dentro de mí y acaparaba todas mis terminaciones nerviosas.
El pasillo estaba oscuro, apenas había luz filtrándose y aún podía sentir mi cuerpo encajado en el suyo sin que ninguno de los dos tuviera intención de apartarse.
Quizá era porque no quería que se acabara ese momento, o porque aún no podía creerme que realmente él estuviera allí por mí, que sus sentimientos iban mucho más allá de aquella química brutal que nos cegaba.
Su respiración era intensa, casi tanto como la mía y cuando se apartó levemente me sujeté a él y volvió a estréchame con firmeza.
Ahí estaba la verdadera razón por la que mi corazón se desbocaba cada vez que él estaba cerca.
Su cuerpo sabía escuchar el mío sin necesidad de palabras.
No sé como lo hacía, ni como era posible que aquella conexión fuera tan determinante, pero existía un vínculo que iba mucho más allá de la atracción física.
Lo hubo desde el primer instante en que sus manos sujetaron mi cintura.
Estaba presente en cada entrenamiento y cada discusión.
Incluso en todos esos momentos en los que me sentí frágil, vulnerable, rota…
él tenía la capacidad de verlo, podía mirar a través de mí y darse cuenta de donde estaba cada fragmento para recomponerlo.
—Feliz año nuevo, Max —murmuré sintiendo que mi vida había cambiado demasiado en poco tiempo.
Había iniciado el verano convencida de que deseaba romper con todo lo que me unía y empezar de cero en otra ciudad. Ahora no sabía qué me deparaba el futuro, pero tenía muy claro que deseaba descubrirlo sin abandonar mis principios y a mí misma.
—Feliz año nuevo, Océane —contestó rozando de nuevo mis labios.
Me había acostumbrado tanto a que me llamara Océano que ahora resultaba extraño escuchar mi nombre de sus labios.
Caí exhausta en mi cama, pero la adrenalina me hizo tardar en conciliar el sueño mientras sentía mi cuerpo envuelto entre los brazos de Max.
Era demasiado fácil dirigirme a él de una forma cercana, abandonado ese modo impersonal que me hacía mentalmente tenerle lejos al llamarle siempre por su apellido, incluso cuando pensaba en él de una forma impropia.
Sin embargo, ahora que notaba el calor que emanaba su piel contra la mía, no podía dejar de bisbisear su nombre; Maximilian , y sentir como una forma candente me rodeaba el pecho.
El olor a café recién hecho me despertó.
Estaba completamente desnuda así que me acerqué al armario y cogí una camiseta que precisamente era la misma que le había robado la primera vez que nos acostamos.
Me reí internamente, aunque percibí que mis labios también dibujaban una sonrisa cuando contemplé mi reflejo en el espejo.
Fui acercándome lentamente desde el pasillo a la cocina y me encontré que había varios cuencos con yogur, fruta cortada, crema de cacahuete o miel mientras que parecía tener una sartén con huevos y bacon y en la otra lo que parecían pancakes.
Caminaba descalza, así que me acerqué despacio y me quedé tras él observándole sin que se diera cuenta, viendo cada músculo de su espalda completamente desnuda a pesar de que había vuelto a colocarse los vaqueros.
Casi siempre vestía en bañador o pantalón deportivo, era extraño verle así y eso me hizo pensar que no había regresado a la caseta donde estaban sus cosas para cambiarse, sino que había permanecido allí todo el tiempo.
En aquellos fragmentos de segundo que aún no se había percatado de mi presencia, pensé en la noche anterior, en ese modo que me había reclamado como suya, en la forma que me había confesado que solo deseaba estar conmigo y en lo que eso debía significar para él.
Alguien que rehuye del compromiso, que no cree en el amor o en una relación duradera y, sin embargo, estaba dispuesto a arriesgarnos como equipo por lo que ambos sentíamos.
Observé como sacaba los últimos pancakes y cogía el plato para darse la vuelta detectando así mi presencia. Vi como su mirada se posaba en la mía, después esbozaba una sonrisa y luego sus ojos bajaban por mi cuerpo hasta dar con mis piernas desnudas.
—Me gusta tu camiseta —advirtió con voz ronca.
—¿Lo suficiente para querer recuperarla? —exclamé con diversión.
Se acercó hasta mí y comprobé que no se había abrochado los vaqueros, ver como la línea alba de su abdomen se perdía bajo ellos provocó que me mordiera con fuerza el labio.
Max dejó el plato en la mesa y se inclinó sobre mí conforme yo me arqueaba hacia atrás debido a la diferencia de altura. No tuve paciencia para esperar a que acortara la distancia, me aferré a su nuca y le obligué a descender para sentir el impacto de su boca contra la mía.
—Creo que te queda mucho mejor que a mí —agudizó justo antes de introducir su lengua y hacer que aquel beso se volviera más profundo.
Bajé mi mano por su abdomen comprobando el bulto en su pantalón y esbocé una sonrisa complacida.
Me aparté de su boca abruptamente comprobado su confusión y esta vez fui yo quien comenzó a pasear mis labios por su garganta, descendiendo por su abdomen, paseando mi lengua cerca de su ombligo y sintiendo como sus ojos me seguían sin perder detalle.
Cuando llegué a la abertura de sus pantalones miré hacia arriba comprobando que su respiración era agitada y que permanecía completamente inmóvil como si aguardara cual sería mi próximo movimiento.
Bajé levemente sus pantalones para liberar su polla y casi de forma instantánea rozó mi boca.
—Supongo que debo agradecerte el regalo —siseé alzando mi mano para acoger su erección y apretarla entre mis nudillos comprobando como él cerraba los ojos y gemía—. ¿Te parece bien así? —exclamé sin dejar de observarle.
—Joder… si —murmuró volviendo a mirarme desde su altura y entonces acerqué mi boca introduciéndome solo la punta—. ¡Dios! —exclamó justo antes de que volviera a metérmela hasta sentir que rozaba mi campanilla.
Lo que empezó como un ritmo suave aumentó conforme succionaba, lamía y le chupaba la polla al compás de sus gemidos y en el momento que supe que no tardaría en correrse, me detuve en seco y me alcé dejando caer mis bragas frente a él y girándome conforme abría las nalgas para él.
—¿Tomas la píldora? —gimió en lo que podía reconocer como ese sonido ronco que provoca el deseo cuando se apodera de las cuerdas vocales, conforme sentía la punta de su erección entre mis piernas.
—Si —afirmé empujando hacia atrás y provocando que se adentrara en mi interior.
Jamás en toda mi vida había sido tan desinhibida.
En lo que mi trayectoria sexual se refería nunca tomé decisiones precipitadas y mucho menos, coaccionadas por aquella necesidad latente de saciar ese apetito inherente, pero ver su placer había incrementado el mío y desde que entré en aquella cocina, todo mi cuerpo solo podía pensar en que necesitaba sentirlo de nuevo.
Su ritmo se acompasó al mío y mis nalgas chocaban contra sus caderas cada vez que nos encontrábamos, provocando que se hundiera con más firmeza y más profundo.
Poco a poco todo lo demás pasó a un segundo plano.
El aire se me escapaba entre jadeos entrecortados, incapaz de seguir un compás estable, mientras una oleada creciente de calor ascendía desde mi bajo vientre y se extendía por cada rincón de mi cuerpo.
Mis músculos comenzaron a tensarse casi sin darme cuenta, aferrándome a la isla de la cocina para impulsarme contra él con más fuerza y sintiendo que cada movimiento alimentaba esa sensación que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.
El vértigo llegó para abrazarme, envolviéndome en una expectación casi insoportable.
Cada respiración se volvió más corta que la anterior, cada latido retumbaba con fuerza en mis oídos y el mundo entero se redujo a ese instante suspendido en el tiempo.
Cuando sus dedos rozaron mi clítoris, la tensión que había ido acumulándose terminó por romperse.
Una sacudida intensa recorrió mi cuerpo de arriba abajo, arrancándome un gemido ahogado mientras el placer me atravesaba en oleadas sucesivas, haciéndome perder por completo la noción de todo cuanto me rodeaba, incluso que estaba en la cocina donde desayunaba cada mañana desde mi infancia.
Durante unos segundos no me moví, ni siquiera pensé o abrí los ojos como si deseara disfrutar de los retazos de aquel placer hasta la última gota, como si solo pudiera sentir aquel estremecimiento que se prolongaba deshaciendo lentamente la rigidez de mis músculos y sustituyéndolo por un agradable hormigueo latiendo bajo mi piel.
La calma regresó de forma cálida y noté sus labios en mi cuello conforme me envolvía desde atrás antes de sentir como salía de mi interior y yo notaba el vacío inmenso que dejaba.
¿Por qué nunca había sentido antes esa sensación?
, ¿Por qué le costaba tanto a mi cuerpo aceptar que se alejara?
, ¿Era normal?, ¿Quizá era un problema mío?
Al principio quería creer que era solo aquel deseo, pero ahora comenzaba a creer que era algo más, que sin lugar a duda Max había comenzado a hacerse un hueco en mi pecho pese a todas las veces que traté de expulsarlo.
El bacon estaba más tostado de lo que debería, pero claramente ninguno de los dos se quejó por ello.
—¿Cristopher es un buen amigo tuyo? —pregunté sin saber si había regresado o si habría pasado la noche en alguna parte junto a Valeria.
—Nos conocemos desde hace unos diez años, diría que lo es —contestó dando un gran mordisco a uno de los pancakes.
—¿Y es un tipo de fiar? —exclamé alzando una ceja lo que hizo que Max esbozara una sonrisa.
—Confiaría a Cristopher mi vida, así que puedes estar tranquila por tu amiga —contestó dando otro bocado y sacudiendo las manos antes de girarse hacia mí y arrastrar mi banqueta hacia la suya para acortar la distancia—. Pero prefiero no perder el tiempo hablando de Cris, sino de nosotros.
—¿Y de qué quieres hablar? —advertí sintiendo un nudo en la garganta.
—Podrías empezar por contarme tus fantasías sexuales —dijo con voz ronca—, aunque ya conozco una que pienso llevar a cabo muy pronto —advirtió en voz más baja y casi podría jurar que mis mejillas se encendían al saber perfectamente a qué se refería.
—O podrías empezar por contarme un resumen de tu vida ya que apenas sé nada de ti.
—Te aseguro que sabes lo más importante —contestó pasando una mano por mi pelo y colocándolo detrás de la oreja.
—¿El qué?
—Eres la primera chica que me gusta lo suficiente como para tener miedo de cagarla —contestó con la mirada fija y sintiendo que mi piel se erizaba.