32 #3
Perdí de vista su rostro cuando James me cogió de la cintura y me pegó contra él para bailar.
No sabía si aún seguía mirándome, pero las manos de James comenzaron a moverse hacia mis caderas y comencé a balancearme al ritmo de la música dejándome llevar, cerrando los ojos para escuchar únicamente la música e imaginar que aquellas manos pertenecían a otra persona.
Entonces sentí que agarraban con firmeza mi muñeca.
El movimiento fue tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar. James aflojó el agarre, probablemente sorprendido, mientras alguien tiraba de mí. Giré sobre mis talones y choqué contra un pecho que conocía demasiado bien.
Kingsley.
No dijo ni una sola palabra.
Sus ojos no estaban puestos en James, sino en mí, como si quisiera decirme algo a través del silencio. Como si necesitara asegurarse de que no estaba imaginándolo en aquel momento.
—¿Qué estás haciendo? —inquirí porque sabía que la escena no podía haber pasado desapercibida para todo el mundo.
—Dejarle lo suficientemente claro que no le perteneces —rugió sin apartar la mirada.
—¿Desde cuando te has convertido en el dueño de mis decisiones? —exclamé desafiante.
—Desde el momento que tú te has convertido en la dueña de las mías.
—Kingsley estiró de mí y comenzamos a adentrarnos entre la multitud mientras me agarraba con la suficiente firmeza para que no pudiera perderme o escapar de él.
Se dirigió hacia la playa, donde había tantas personas que era fácil confundirse entre el gentío y de pronto se detuvo en seco, sin llegar a ningún punto especifico, sin buscar un hueco libre, solo se giró y se acercó lo suficiente para pensar que iba a besarme sin pedir permiso.
Pero lo hizo, se detuvo como si quisiera que le diera permiso, o como si esperase a algo en específico.
—¿A qué venía eso? —inquirí sintiendo como mi corazón latía desbocado señalándonos a ambos.
—He buscado cientos de excusas para no estar aquí en este preciso momento y un único motivo para no estar en ninguna otra parte.
—La intensidad de su mirada hacía que sintiera mi corazón bombeando en la garganta, que mis sentidos únicamente estuvieran puestos en la mano que me sostenía firmemente sin intención de soltarme.
—Quizá deberías haber seguido buscando excusas —grité para alzar mi voz por encima de todas las personas a nuestro alrededor que se preparaban para recibir la entrada de año nuevo.
—Puedes intentar disimular con los demás, pero no va a funcionar conmigo —jadeó acercándose lo suficiente para que mi nariz rozara la suya.
—¿Por qué has venido, Kingsley? —pregunté sin rodeos.
—¿No es evidente? Estoy aquí para reclamar lo que es mío —dijo rodeando con una mano mi cintura y con la otra la nuca, obligándome a no apartar la mirada de él—. Y eso te incluye a ti, Océano.
Ni siquiera llegaba a comprender el alcance de aquella declaración de intenciones, ni porqué lo hacía ahora tras todos aquellos días de silencio, pero acabé enviando al infierno todas esas preguntas que se acumulaban en mi mente cuando sus labios presionaron los míos y mi lengua fue al encuentro de la suya.
Sentía el vértigo de quien ha estado demasiado tiempo al borde del precipicio y, por fin, ha decidido dejar de mirar hacia abajo.
Notaba como sus dedos se aferraban con firmeza a mi cintura como si quisiera asegurarse de que no escaparía a ninguna parte y sentí que yo hacía lo mismo con sus hombros, que me agarraba a él con la misma fuerza con la que un náufrago se aferra al primer trozo de tierra firme que encuentra.
Y ahí me di cuenta de que a pesar de huir para no encontrar refugio en nadie, descubrí que llevaba demasiado tiempo hallándolo entre sus brazos sin siquiera darme cuenta.
Nuestra historia estaba construida sobre una colección de normas. No involucrarse. No sentir. No cruzar esa línea invisible que ambos fingíamos ver. Y, sin embargo, aquel beso suponía derribar todas las piezas del tablero sin saber realmente en qué punto del juego nos dejaba.
Mis dedos ascendieron hasta su nuca por instinto. Lo atraje aún más hacia mí con esa necesidad latente de sentir su peso sobre el mío, de apreciar el calor que emanaba mi piel con su simple roce y noté como bajaba sus manos para aferrar mis glúteos, alzándome del suelo y apretándome contra él.
Podía negarlo las veces que quisiera, incluso aferrarme a la idea de que solo era pura atracción, pero ese modo en que mi cuerpo se sentía completamente a salvo entre sus brazos, como si realmente supiera que le pertenecía no dejaba de advertirme lo que tantas veces quería acallar.
Le pertenecía.
Y él lo había sabido mucho antes que incluso yo misma.
Nuestros labios se separaron en el momento en el que todo el mundo comenzó a gritar, pero a pesar de ello, ni Kingsley me soltó, ni yo dejé de aferrarme a él mientras nuestras miradas permanecían fijas como si el tiempo hubiera decidido avanzar sin nosotros.
—Has dicho que pensabas reclamar lo que era tuyo, pero debería quedarte claro que yo no te pertenezco —murmuré y sentí como esbozaba una sonrisa.
—Eres mía, Océano. —Y como si quisiera reforzar aquella idea, me apretó con más fuerza las nalgas, provocando que gimiera cerca de sus labios—.
Quizá tu mente aún no quiera aceptarlo, pero sin duda tu cuerpo ya lo ha hecho.
Quiero estar contigo. Solo nosotros. Sin normas.
Sin reglas. Sin tiempo limitado —dijo sin romper aquel contacto—. Y descubrir que significa esto.
¿De verdad Maximilian Kingsley estaba diciendo aquello?, ¿El mismo hombre que había dicho que el amor era una falacia?, ¿Qué no creía en el compromiso? Aunque lo más importante era, ¿Querría realmente descubrirlo?, ¿Saber a donde podía llevarme aquello?
—Eso se parece peligrosamente a una relación —afirmé mordiéndome el labio—. Y tú huyes del compromiso —advertí justo antes de que la gente comenzara a gritar la cuenta atrás para la entrada de año nuevo.
—¿Te parece que estoy huyendo? —exclamó provocando lo mirase como si realmente fuera una de sus bromas—.
El único motivo por el que estoy ahora mismo aquí, eres tú.
Porque no he dejado de pensar en ti ni un maldito minuto.
Porque he contado cada hora de cada puto día hasta volver a verte.
Porque te quiero en mi cama cada noche y sentir tu olor impregnado en mi piel cada mañana —sentí su nariz rozando mi mejilla, pasando por la comisura de mis labios, volviéndome completamente loca de placer.
Los fuegos artificiales estallaban sobre nosotros convirtiendo el cielo en un espectáculo visual que acaparaba la atención de todos los presentes, pero aunque la noche se transformaría en luces y color, la verdadera revolución estaba en mi pecho y en que no deseaba seguir poniendo freno a aquellos sentimientos.
Me había aferrado durante dos años a la seguridad por la incertidumbre que me dejó la pérdida de Reef.
Abracé el miedo y dejé que me transformara en alguien irreconocible.
No iba a cometer ese error de nuevo. No iba a dejar pasar aquella ola solo por temor a caer, sobre todo porque ese pálpito inconfundible que te hace reconocerla en un instante era exactamente el mismo que me hacía creer que cometería el mayor error de mi vida si no me arriesgaba.
—Me apetece descubrir que significa esto —dije lanzándome de nuevo a sus labios.