La Teoría de las Olas Cruzadas 32
77%

32

A un océano de distancia

Océane

Era extraño ver a mis padres marcharse de viaje, ni siquiera recordaba cuando fue la última vez que lo habían hecho completamente solos y aunque estaba habituada a estar algunos momentos sola en casa, sentí que aquel silencio me pesaba demasiado.

Era muy consciente de que no iban a regresar en una o dos horas, sino que tardarían varios días en volver.

Mi madre había insistido en que les acompañara, pero no quería ser ese peso de último momento solo porque mi situación sentimental hubiera cambiado. Además, no me apetecía alejarme, quería quedarme cerca de mis amigas y recuperar ese tiempo que sentía que había perdido.

Me dejé caer en el sofá del salón sintiendo el peso de aquella soledad.

Miré el teléfono sin ninguna notificación.

Supongo que después de seis días ya me había hecho a la idea de que Kingsley no iba a enviar ningún mensaje.

Tampoco pensaba hacerlo yo a pesar de que hubiera estado tentada en más de una ocasión, solo para preguntarle que tal había ido el vuelo o si sabía la fecha de regreso para planificar los entrenamientos.

Tampoco tenía más notificaciones de mensajes de Mason, principalmente porque había bloqueado su número, pero tras la publicación de las fotos del reportaje intentó contactar conmigo desde otro número y comenzó a llamar a casa de mis padres.

Deduje que había captado el mensaje de que lo nuestro había terminado para siempre cuando desconecté el teléfono fijo y lo bloqueé de todas partes sin siquiera dignarme a hablar con él.

Prefería no pensar en la imagen de él con Susanne comiéndose la boca y la sensación inquietante que aquello me produjo.

Me dejé caer hacia atrás y aquel pensamiento se esfumó por otro al que no sabía poner nombre, pero que me producía un malestar e inquietud que incluso con el paso de los días no había sido capaz de mitigar.

Mi cerebro no dejaba de repetir las palabras que me habían perseguido durante todo el tiempo desde que Kingsley se marchó:

«Te quiero, preciosa»

¿A quien iban destinadas?, ¿Quién podía ser tan importante para él? Nadie llama de ese modo a una madre, una hermana o una prima… ¿Quizá una amiga? Si lo era, debía ser mucho más que una simple amiga y eso provocaba que me fustigara por dejar que aquellas tres palabras me afectaran tanto.

Quizá esa era la razón por la que había rechazado quedarme en casa de Alana durante los días que mis padres estarían fuera, porque no podía contarle a mi mejor amiga que estaba empezando a sentir cosas que no debía por el mismo chico al que le prohibí acercarse.

Soy una hipócrita.

Completa y enteramente hipócrita. Y además sentía demasiada rabia hacia mí misma por dejar que esa frase dirigida a otra mujer me hiciera sentir insuficiente y vulnerable.

Debía sacarlo de mi cabeza. Sentir que no significaba nada, que no importaba si me acostaba con él porque también podría hacerlo con cualquier otro sin sentirme culpable.

Para Kingsley solo era sexo, lo había advertido desde el principio y yo lo había aceptado porque sabía que no podría sentir algo más hacia él.

¿Y entonces porqué me importaba que hubiera una mujer esperándole en casa?

Una que a pesar de decirle que la quería, la engañaba.

¿Sería ella consciente? Desde luego con la publicación del reportaje tendría que hacerse varias preguntas ya que todos los medios deportivos en los que se habían publicado las fotos no dejaban de hacer la misma pregunta. ¿Es posible que la química entre ellos dos no esté solo sobre la tabla?

Aquello se había vuelto cada vez más grande con el paso de los días hasta el punto de filtrarse que había roto con Mason por motivos desconocidos. Eso había hecho que el rumor se incrementase sin que nadie pudiera confirmar realmente si existía una relación entre ambos.

Suponía que ese interés global había llevado a mis amigas a sentir curiosidad, pero negué que entre nosotros existiera algo más allá de una relación profesional a pesar de que cada noche alzaba la vista hacia las estrellas y era imposible no pensar en él.

Habíamos decidido pasar año nuevo en Mooloolaba Beach a unos cuarenta minutos de allí, donde el ambiente sería espectacular para esa noche, así que todas las chicas se vinieron a mi casa para prepararnos.

Llevaba eludiendo ese momento aquellos seis días, incluso me había puesto excusas a mí misma, pero pese a que había salido en un par de ocasiones y tenido la oportunidad de conocer a algunos chicos, no sentí ningún tipo de atracción por ninguno.

Y eso debía terminar esa misma noche. Era la oportunidad perfecta para tener sexo con alguien que no volvería a ver en mi vida.

Para sentir que entre Kingsley y yo realmente no existía ningún vinculo afectivo.

Esa era la noche en la que iba a erradicar por completo aquellas mariposas en mi estómago que no dejaban de evocar una y otra vez el placer que él me provocaba.

—¿Y ha mencionado Max cuando vuelve? —preguntó Valeria.

—No he hablado con él desde que se marchó —advertí despreocupada conforme me embutía en una minifalda negra que llevaba como tres años sin ponerme—.

Supongo que se lo habrá comunicado a mi padre ya que es nuestro entrenador —continué sintiendo que era demasiado corta, pero que aún así pensaba ir con ella.

Todas llevábamos botas porque estaríamos por zonas de conciertos con arena y barrizal, así que recuperé mis viejas Dr. Martens del fondo del armario y una blusa de transparencias en color blanco.

—Me gusta ese rollo entre rockero y coquette, te queda bien —dijo Alana.

—A mi primo le dará un medio infarto cuando te vea —comentó Rachel y noté como todas reían.

—No sabía que James vendría —dije sin expresar abiertamente que había estado evitándole desde el momento en que quiso que tuviéramos una cita.

—Se ofreció a llevarnos —contestó y en ese momento todas escuchamos el ruido del motor de un coche aparcando cerca de casa—, seguramente sea él, aunque le dije que nos recogiera dentro de media hora.

Se acercó a la ventana y noté que su expresión cambiaba. Aquella mirada y su mudez me hicieron temer lo peor, así que me acerqué con paso apresurado y reconocí el coche de Mason.

Había tenido pavor de volver a enfrentarme a él después de lo sucedido, pero en ese momento sentí una rabia por dentro a la que fui incapaz de poner freno.

Las botas impactaron contra el suelo con cada zancada hasta que llegué a la puerta principal y la abrí con ímpetu.

En el momento que bajé del porche y atravesé el jardín comprobé que no solo había tenido la osadía de venir a mi propia casa, sino que encima traía un ramo de rosas rojas y vestía como si pensara acudir a una cena de gala.

Aquello me enfureció aún más.

—¡Lárgate ahora mismo de mi casa! —grité antes de que pudiera darse cuenta de mi presencia.

Observé su cara de horror al ver mi vestimenta y su estupor solo me produjo complacencia.

—Me has bloqueado por todos los medios, ¿Qué esperabas que hiciera? —preguntó con calma—. Ya te he dado margen suficiente para que se te pase la rabieta de niña imprudente y te des cuenta del error que significa perderme.

¿De verdad se escuchaba a sí mismo?, ¿De verdad había podido estar dos años de mi vida con ese imbécil?

—No tengo nada que hablar contigo, lo nuestro se acabó. Me da igual que tu aventura no significase nada para ti, ese es tu problema, no el mío.

—No puedes romper lo que teníamos solo porque me haya acostado con otra persona. Tú misma lo has hecho con ese tío y estoy dispuesto a perdonarte a pesar del ridículo al que me has expuesto con esas fotos.

—No fui yo quien lo rompió, sino tú. Me da igual cuanto hagas, supliques o intentes redimirte. No te quiero. Probablemente nunca te he querido ya que estamos y, desde luego, no pienso perder ni un minuto más de mi vida hablando contigo.

En ese momento el ruido de un motor se acercaba y deduje que se trataría de James, nunca pensé que me alegraría tanto de que se adelantara a la hora fijada. Solo que no se trataba del primo de Rachel, sino de un taxi que se detuvo frente a mi casa.

Del vehículo se bajó un chico cuyo rostro no había visto en mi vida, pero que sin duda, era muy guapo y parecía observar la casa con atención hasta reparar en mí y esbozar una sonrisa.

¿Quién era y qué hacía allí?

En cuanto el taxi se alejó comprobé que aquel chico no estaba solo, sino que en realidad venía con Kingsley.

Nuestras miradas se cruzaron dejando todo a su alrededor pausado, como si Mason no estuviera allí vestido de forma impecable y con un ramo de rosas en la mano.

Como si mis amigas tampoco fueran espectadoras de la situación o como si yo, no quisiera admitir que verle había provocado que aquella agitación se desvaneciera porque él me transmitía la seguridad inminente que no había vuelto a sentir desde que se marchó Reef.

Kingsley caminó hacia mí con decisión, con la misma mochila que se había marchado cuando le llevé a la estación y en cuanto llegó a mi lado pasó su mano por mi cintura y me estrechó contra él.

—¿Todo bien? —exclamó con la mirada fija en mi dirección.

—Estupendamente. Métete en tus asuntos —dijo Mason evidentemente molesto.

—Precisamente me estoy metiendo en mis asuntos —replicó alzando la vista hacia él y sin apartarme de su lado.

No tenía idea de como la tempestiva de la situación había hecho que él volviera en aquel preciso instante, pero desde que lo había conocido tenía esa capacidad de aparecer en el momento en que me sentía frágil.

—Mason, no hagas más el ridículo y márchate. No quiero volver a verte.

—Ya la has oído. Largo —citó antes de que Mason pudiera hacer alguna alusión a mi comentario.

Noté que por un momento no estaba dispuesto a ceder, que aquel odio que vi en sus ojos aquella noche regresaba y por alguna razón agradecí que Kingsley estuviera allí, como si estando a su lado sintiera realmente esa seguridad que no había vuelto a sentir desde que se marchó Reef.