31 #2
—¿Estás molesta conmigo por algo? —pregunté porque me parecía extraño aquel tipo de comportamiento en ella, incluso cuando estaba molesta simplemente mantenía la mirada hacia el otro lado del vehículo como si fuera su modo particular de evitar una conversación.
—¿Debería? —inquirió despreocupada.
Aquello solo me confundió aun más, sobre todo porque Océane solía ser directa y eso era una de las cosas que más me gustaba de ella.
Llegamos al aparcamiento de la estación y dejé el coche en uno de los huecos libres.
Sentí que en aquel momento una parte de mí deseaba marcharse cuanto antes para asegurarme de que Harmony estaba bien, pero por otro lado algo me retenía allí, como si no quisiera abandonar aquel lugar y tuviera aún algo pendiente que solucionar.
Alcé la vista y comprobé que Océane abría la puerta para bajar del coche, pero le cogí el brazo impidiendo que lo hiciera, eso hizo que volviera su rostro hacia mí y sin pensarlo dos veces, acorté la distancia y me lancé a sus labios, sintiendo que necesitaba tener muy presente el sabor de su boca, la intensidad con la que respondía a cada beso, el salvajismo que inducía a mi instinto más primitivo de poseerla.
No dudó ni un instante en responder, incluso sentí el leve gemido nacer de su garganta y morir en nuestros labios que se demandaban con una intensidad vibrante.
—Feliz navidad, Océano —susurré en cuanto mis labios se separaron levemente de los suyos.
—Feliz navidad, Kingsley —contestó haciendo que sonriera levemente.
Me había acostumbrado a que me llamara por mi apellido y, a pesar de que solo había conseguido arrancarle mi nombre cuando la excitaba lo suficiente, comenzaba a gustarme la idea de que solo me llamara de aquel modo cuando se rompía entre nosotros cualquier tipo de distancia y sentía una conexión única.
La misma a la que deseaba no aferrarme.
La misma de la que sabía que debía huir.
La misma que no podía permitirme, porque mi tiempo allí era limitado.
No hubo despedidas. Ni siquiera un buen viaje. Simplemente me bajé de la camioneta y le di las llaves. Me adentré en la estación de autobuses y cuando me di la vuelta ella ya se había marchado.
Puede que supiera perfectamente que aquello era lo mejor, que mantenerla apartada de mí significaba evitar problemas, pero aquella era la primera vez que comenzaba a importarme lo que pudiera pensar de mí una chica.
Y no cualquier chica, sino una con los ojos más increíbles que había visto en mi vida, con la que había tenido el mejor sexo y con la que sin lugar a duda, podía mostrarme sin ningún tipo de reservas.
Justo antes de subirme al avión, recibí un correo de mi representante. Las fotos del reportaje habían sido publicadas y apenas una hora después, tenía tres ofertas más de marcas que nos querían a Océane y a mí como imagen de sus productos.
Había viajado hasta Noosa por ese motivo, había entrenado cada día para convencer a Jax de que era la persona que necesitaba su hija como compañero y había logrado que la propia Océane accediera a aceptarme y firmar aquel acuerdo que nos exponía al mundo como pareja.
Y cuando debería estar contento por ello, me sentí como un farsante.
Puede que Océane supiera que mi motivación para estar allí era la económica, pero desconocía por completo que quizá jamás podría volver a competir si la federación así lo consideraba.
Dormí algo más de la mitad del vuelo y lo agradecí cuando el taxi me dejó en la puerta del hospital porque estaba lo suficiente despejado para enfrentarme a aquella situación.
Llevaba tiempo sin ver a mi madre con aquel aspecto descuidado, cansado y envejecido por la falta de sueño, aún así me aferré a su abrazo y comprobé que estaba en el pasillo porque Harmony acababa de tener otro pico de hipoglucemia que le había llegado a provocar pérdida de conciencia.
—¿Qué te han dicho? —le pregunté directamente a mi madre.
—Que todo apunta a que su cuerpo no está tolerando la insulina —dijo mi madre con la voz medio rota.
En ese momento el doctor Salas salía de la habitación donde se hallaba mi hermana y me saludó. Hacía casi un año que no nos veíamos y pensé que tardaría mucho más en volver a verle.
—Me alegro de que estés aquí, Max. Como ya le he mencionado a tu madre, creemos que la situación de Harmony es compleja.
—¿Le están haciendo pruebas aún?, ¿Han encontrado la causa que le provoca estos episodios?
—Hemos descartado varias, pero quizá no podamos lograr dar con la causa. Es algo que le mencioné a tu madre ayer mismo.
—El doctor Salas cree que Harmony conseguiría una mejoría notable si se sometiera a un tratamiento experimental.
—Se trata de microencapsulación de células de islotes pancreáticos.
Es una técnica en la que se colocan células productoras de insulina dentro de microcápsulas para protegerlas del sistema inmunitario y que este no las destruya.
La idea es que esas células puedan detectar la glucosa y liberar insulina sin necesidad de que el paciente tome inmunosupresores.
—¿Y tendría riesgos para ella? —pregunté alarmado.
—No. No existen riesgos y hay una alta probabilidad de que en su caso pueda funcionar —advirtió con solemnidad.
—¿Entonces porqué no se lo están administrando?
—Es un tratamiento experimental, Max. El seguro no lo cubre y es excesivamente caro.
Mascullé un improperio. La salud de mi hermana siempre había dependido del jodido dinero.
—He puesto a Harmony en la lista de pacientes que puedan recibir el tratamiento con la recaudación de fondos para la investigación, pero no puedo asegurar que lo reciba pronto.
—¿De cuanto estamos hablando? —pregunté decidido.
—Cien mil dólares para cubrir la totalidad del ensayo.
—Está bien. Comience con el tratamiento —dije sin saber de donde diantres iba a sacar esos cien mil dólares, pero de un modo u otro iba a conseguirlos, aunque tuviera que llamar casa por casa mendigando.
—Max, es demasiado dinero… —murmuró mi madre.
—No te preocupes. Yo me encargo —dije sacando mi teléfono y marcando el teléfono de mi representante.
Debía haber un modo de llegar a esos cien mil dólares.