31
No era parte del plan
Max
Mi vuelo partía esa misma noche desde Brisbane y llegaría a Los Ángeles al día siguiente, aunque realmente estaba retrocediendo en el tiempo diecisiete horas y llegaría el mismo día antes de mi hora de salida.
Y eso era algo que mi hermana pequeña Harmony no lograba entender.
—¿Como vas a salir un martes por la noche y llegar aquí un martes por la tarde? —preguntó por tercera vez.
—Ya hemos hablado de los desfases horarios, cariño —intervino mi madre.
Ambas estaban al teléfono en manos libres.
—Eso es porque aquí el tiempo y la hora no son las mismas, te llevaré un reloj de Australia que marque el día y la hora para que puedas entenderlo.
—¿Y vas a quedarte hasta año nuevo? —exclamó Harmony.
Realmente no estaba acostumbrado a pasar las navidades íntegramente con ellas, quizá porque le restamos importancia a todas las festividades ya que Harmony había estado hospitalizada durante mucho tiempo al sufrir hipoglucemias graves hasta que finalmente consiguieron controlarlas.
—Es posible —dije muy consciente de que mi vuelo de vuelta tenía fecha abierta y de que cuando hice la reserva no fui capaz de evitar pensar en que Océane pasaría esa fecha aquí sola.
Y aún no entendía porqué aquello me importaba o más bien, porque había dejado que me influyera hasta el punto de no fijar la fecha de vuelta, como si necesitara poner distancia para convencerme de que ella solo formaba parte de un plan en el que conseguía mantener mis ingresos hasta retomar de nuevo mi carrera en solitario.
No iba a negar que me complacía en la cama, que pensaba en follármela cada minuto del día hasta convertirse en una jodida obsesión. Pero es que el sexo con esa rubia despampanante era de esos niveles en los que el autocontrol se va a la mierda y nace la necesidad mas primitiva de obtener placer.
Eso, y que me la ponía dura cada vez que restregaba su cuerpo contra el mío en los entrenamientos o me retaba con esos ojos de un azul impresionante.
Había algo en esa mirada que me hacía ir tras ella, que me volvía vulnerable, que me encontraba a mi mismo siguiéndola a todas partes.
Podía insistir en que solo era atracción, en que simplemente conocía sus puntos débiles y eso provocaba que una parte de mi quisiera protegerla incluso de sí misma, o que solo jugaba mis cartas es un interés propio.
A fin de cuentas, necesitaba que ella colaborara en las campañas, que nos vendiéramos como una pareja sólida sobre la tabla.
Pero a pesar de estar allí por interés y de que lo único que me interesara era pasar aquellos seis meses inadvertido hasta recuperar mi vida, no podía negar que comenzaba a gustarme la idea de que cediera ante el mismo descontrol que sentía yo y acabara colándose a hurtadillas en mi cama durante la noche para desaparecer antes del alba.
—¿Y puedo ir contigo cuando regreses a ese lugar? —preguntó con aquella voz aún infantil que me hizo sonreír.
—Eso sería bastante complicado, sobre todo porque tienes colegio —argumenté metiendo el ordenador y un par de sudaderas en la mochila que llevaría conmigo.
Viajaba sin apenas equipaje, sobre todo porque en Los Ángeles era invierno y pensaba estar fuera pocos días.
—¡Qué aguafiestas! Al menos dime si Océane vendrá contigo. ¿Es tu novia?
Aquella pregunta me desconcertó.
—¿Y cómo sabes tú quien es Océane? —increpé porque no le había dado ni siquiera su nombre para evitarme problemas como ese.
Estaría en Noosa por tiempo limitado, no necesitaba dar demasiada información sobre la situación cuando decidiera regresar a recuperar mi antigua vida en el momento que se aclarara mi suspensión por parte de la federación.
—Porque las enfermeras me traen las revistas deportivas y vi una foto vuestra, así que la busqué por internet. ¿Es verdad que su hermano desapareció haciendo surf?
—Te dije que no le dijeras nada a Max hasta que estuviera aquí. —Noté la voz de mi madre más cansada en ese momento.
Arrugué la frente, no porque hubiera podido ver una foto nuestra, sino porque comencé a comprender porqué no me hacía videollamada, sino llamada normal en manos libres.
—¿Estáis en el hospital? —inquirí apresurado.
Escuché el resoplido de mi madre.
—No quería preocuparte, ya tienes suficiente estando a miles de kilómetros de aquí y sabía que querrías venir —murmuró mi madre.
—Dime qué está pasando —ordené sintiendo que el oxígeno no llegaba a mis pulmones.
—Lleva un par de semanas teniendo picos de hipoglucemia grave, creía que estaba controlado, pero su diabetes se ha vuelto extremadamente inestable, se conoce como diabetes lábil y eso hace que ponga en riesgo su vida de forma constante, por eso decidieron ingresarla para controlar su evolución y determinar si pueden estabilizarla.
Me dejé caer contra la pared y apreté con fuerza los ojos. Era demasiado duro imaginar a Harmony en el hospital llena de cables, la había visto demasiadas veces en esa situación para su corta edad.
—Pero debe haber una causa, ¿no?, ¿Le están haciendo pruebas? —inquirí ofuscado.
Pensaba que ese infierno se había acabado, que Harmony podría hacer una vida normal como cualquier otro niño de su edad pese a recibir su tratamiento y tener pautada una alimentación controlada.
—Hay varios factores que podrían haberlo desencadenado, pueden ser cambios hormonales o una enfermedad autoinmune asociada, pero también es muy posible que su cuerpo no esté absorbiendo bien la insulina, y por eso sigue ingresada.
Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda, reconocí el miedo aunando en cada fibra que componía mi cuerpo. Tenía muchas preguntas. Infinitas. Pero también intuía que una de las razones por las que mi madre no me había informado de la situación era porque no querría que Harmony la escuchara.
—¿Tú estás bien, Mony? —pregunté intentando que mi tono de voz sonara lo más calmado posible.
—La comida es un asco —respondió algo alejada del teléfono—, y estoy aburrida, pero por lo demás estoy bien.
Escuché los golpes en la puerta y caminé despacio desde la habitación atravesando el salón.
—Tengo que dejarte, pero te veo en unas horas y tal vez responda a tu pregunta. Te quiero, preciosa.
Aparté el teléfono de la oreja y abrí la puerta, probablemente se trataba de Jax puesto que iba a acompañarme hasta la estación para coger un bus que me llevara al aeropuerto de Brisbane.
Me sorprendió ver en su lugar a Océane, aunque aún no sabía como iba a despedirme de ella a pesar de que se trataría solo de unos días.
—Al parecer hay cambio de planes y mi padre no puede acercarte a la estación —dijo cruzándose de brazos y me sorprendió aquella postura distante.
No le di importancia, quizá porque tenía demasiada información que procesar en ese momento sobre Harmony y mi único interés era llegar cuanto antes a Los Ángeles para asegurarme de que mi hermana pequeña recibía el mejor tratamiento posible.
—Casi he terminado, solo me queda revisar un par de cosas —dije haciendo amago de regresar a la habitación y pensando que ella misma entraría, pero no lo hizo, de hecho, no pasó de la puerta.
No había pensado en una despedida, al fin y al cabo, volvería en pocos días por lo que no sentía que aquello fuera un adiós, ni siquiera pensé demasiado en ello, quizá porque yo mismo sabía que necesitaba alejarme de ella y comprobar que aquel extraño sentimiento de necesidad que ella me generaba solo era fruto del deseo que sentía hacia ella y no de algo que iba más allá.
—Te espero en la camioneta —dijo instantes después y cuando comprobé la puerta abierta, ella ya no estaba.
No pensé en los motivos por los que no quiso entrar, así que revisé los cargadores y la documentación necesaria además del ordenador y el móvil.
Cerré la mochila y me la cargué al hombro antes de salir por la puerta dejando las llaves dentro.
Me dirigí hacia la camioneta donde vi que ella estaba apoyada en la parte delantera con la vista fija en la pantalla de su teléfono.
No solía ser la típica chica que vive pegada a la pantalla, de hecho, era una de las cosas que más me gustaban de ella. Disfrutaba de vivir del momento, de lo que la rodeaba, sobre todo cuando estaba con otras personas.
—Si quieres conduzco yo hasta la estación —dije para llamar su atención.
—Como quieras —contestó sin alzar la vista y mantenerla clavada en el teléfono hasta llegar a la puerta del copiloto y subirse al asiento que solía ocupar siempre que íbamos juntos.
¿Quizá era la incomodidad de la despedida? Aunque los dos sabíamos que solo se trataría de poco más de una semana, ya que sus padres volverían justo después de año nuevo. Y eso volvía a recordarme que ella estaría completamente a solas.
Volví a desear que ese pensamiento no me afectara, a fin de cuentas, ella tenía su vida, sus amigas, su familia, al igual que yo debía estar con la mía. Y aún así, una parte de mí deseaba estar allí, con ella.
—¿Has decidido como pasarás año nuevo? —pregunté tratando de romper aquel silencio.
—¿Lo preguntas por nuestro acuerdo? —exclamó y en ese momento quise responder que no, pero tampoco quería mostrar más interés del que realmente tenía—. Supongo que tendríamos que aclararlo antes de que te marcharas.
—¿Aclarar el qué? —pregunté desviando un momento la vista de la carretera hacia ella y vi que había dejado su teléfono sobre el asiento.
—Que nos deberíamos acostar con otras personas mientras estás fuera de la ciudad. Es lo que acordamos para no tener ningún vínculo afectivo, ¿no? Entré nosotros solo hay sexo, sin emociones, ni sentimientos y así debe seguir siendo para que podamos funcionar como equipo.
No era algo en lo que hubiera pensado, pero suponía que estando lejos de ella aquella sensación de necesidad se esfumaría porque estaba únicamente provocada por su cercanía.
—Tiene sentido que estemos con otras personas mientras estamos separados, es lo que acordamos —admití como si aquello fuera lo más lógico en aquella situación sin pensar en lo que realmente suponía.
—Estupendo —afirmó volviendo a coger el teléfono y dando por finalizada la conversación.