30
Más cerca de lo necesario
Océane
Entreabrí los ojos con la habitación en penumbra y acto seguido de mis labios se escapó un gemido profundo. Aún estaba lo suficientemente adormilada para darme cuenta del motivo por el que me había despertado y del calor que sentía entre mis piernas.
Tenía mi espalda completamente pegada a otro cuerpo, notaba el roce de unos labios en mi cuello ascendiendo por mi oreja y escuchando una respiración agitada conforme su mano se abría paso entre mis piernas hasta sentir la humedad que generaba por su contacto.
Volví a gemir cuando introdujo parcialmente uno de sus dedos con demasiada facilidad y pude notar su erección entre mis nalgas.
Estiré mi pierna hacia arriba y atrás para permitirle un mayor acceso y me apreté contra él, buscando que se adentrara, girando parcialmente mi rostro hasta donde podía permitirme la postura para apresar su boca.
Noté como se hundía al mismo tiempo que sus labios se apoderaban de los míos sin poder evitar que un gemido muriera en mi garganta.
Rodeó con su mano mi cintura para unirme aún más a él mientras sentía como bombeaba una y otra vez hasta que los dos nos vimos envueltos en aquella vorágine de placer y dejamos que nos consumiera.
—Buenos días, Océano —murmuró.
—¿Sueles dar así los buenos días? —exclamé volviéndome hacia él sobre la cama y teniendo una visual completa de sus facciones.
Esbozó una sonrisa complacida. Si era atractivo de normal, recién despierto lo era todavía más.
—Tendrías que quedarte varias veces para averiguarlo.
Aquella respuesta provocó que sintiera un estremecimiento en mi interior ante la agradable idea que suponía repetir aquello en más de una ocasión.
—Eso es algo que bajo ningún concepto debería ocurrir —afirmé incorporándome.
Noté como él se revolvía en la cama pero no se alzaba, sino que parecía seguirme con la mirada mientras yo buscaba por el suelo mi ropa y después recordaba que me la había quitado en el salón completamente a oscuras.
—Diría por tus gemidos de hace escasos cinco minutos que tu cuerpo no parece estar de acuerdo con esa decisión.
Me escabullí hasta el salón y encontré mi camiseta en una esquina, ni siquiera me molesté en ponerme el sujetador, luego cogí el bulto que conformaban mis shorts vaqueros con la ropa interior y me los puse del tirón sin llegar a abrocharlos antes de regresar a la habitación.
—Formamos un equipo, bajo ningún concepto debe existir una relación entre nosotros, aunque ésta sea exclusivamente de índole sexual.
—Nadie ha hablado de una relación de ningún tipo, pero coincidirás conmigo en que esta tensión sexual nos desfavorecerá en los entrenamientos si no la consumamos —contestó relajado mientras colocaba sus manos bajo la cabeza y no le importaba estar completamente desnudo a la vista.
Era inevitable que mis ojos se fijaran en su cuerpo, en aquellos abdominales tersos, en que probablemente era el chico más atractivo que había conocido o, al menos, el que me generaba ese impulso incontrolable de querer volver a meterme en aquella cama para recibir de nuevo ese placer innegable sintiendo una conexión que proseguía mis instintos más carnales.
Jamás me había sentido así en mis veintidós años de vida. Y encontrarme en aquella tesitura teniendo presente que ambos debíamos trabajar juntos día tras día convertía aquello en algo demasiado complicado.
Tal vez no era tan disparatado, sobre todo cuando ninguno de los dos estaba emocionalmente implicado.
—¿Y qué se supone que seríamos? —pregunté cruzándome de brazos y mi pregunta pareció generar una reacción en él porque finalmente se incorporó de un impulso y comenzó a caminar hacia mí completamente desnudo.
Estaba claro que no tenía ningún complejo de inseguridad respecto a su físico, de hecho, caminaba lo suficientemente seguro como para no avergonzarse en absoluto.
—¿Es que tenemos que ser algo? —exclamó colocándose frente a mí y observé como alargaba la mano para colocar mi pelo suelto y revuelto detrás de la oreja—. Porque a mi me basta y me sobra con follar cuando nos apetezca. No tengo porqué ponerle nombre a eso —prosiguió encogiéndose de hombros.
—Que dos personas se acuesten con cierta asiduidad y de forma exclusiva lo convierte en una relación, aunque no haya sentimientos de por medio —alegué tratando de mantenerme firme y sin dejar que me alterase su desnudez.
Debería estar acostumbrada, al fin y al cabo, me pasaba todo el día pegada a él sobre la tabla o en estrecho contacto con su cuerpo semidesnudo, pero a pesar de ello, mi cuerpo no parecía ir en concordancia con mi mente porque notaba de nuevo ese ardor en cada extremidad y el incipiente cosquilleo en el bajo vientre.
—Podríamos acostarnos con otras personas si ese es el inconveniente —dijo fijando su vista en la mía.
¿Podríamos hacerlo? Desde luego eso restaría mucho al hecho de que entre ambos pudiera surgir cualquier tipo de empatía o sentimiento cercano.
—¿Algo así como tener carta libre para acostarse con quien nos de la gana cada cierto tiempo? —pregunté aun sin saber si aquello era o no correcto.
—Es una idea. De hecho, eso no rompería nuestro acuerdo.
Me mordí instintivamente el labio y comencé a aceptar aquella idea o más bien, la renuncia que me supondría no hacerlo.
—Tendrían que existir normas —dije sin aceptar aún.
Vi como esbozaba una sonrisa de medio lado y no supe si era porque no me había negado o porque quisiera poner orden a aquella locura.
—¿Quieres que especifiquemos que prácticas sexuales estás dispuesta a consensuar?
—No seas idiota, además eso serían límites sexuales —afirmé empujándole y él se echó a reír conforme se distanciaba para sentarse en el borde de la cama.
—No voy a negar que resultaría interesante conocer tus límites—. Alcé una ceja—. Vale, ¿Que normas? —preguntó alzando ambas manos.
—Esto —dije señalándonos—. No puede ser público bajo ningún concepto. No lo debe saber nadie.
—Hecho —advirtió sin pensarlo demasiado.
—Lo que significa que fuera de este sitio, fingiremos que entre nosotros no existe ningún tipo de química sexual.
—Fingir no se te da muy bien, Océano… lo has intentado desde el principio y mira como hemos acabado.
—No habríamos acabado de ninguna manera si aún siguiera con Mason.
—¿Eso crees? —exclamó y mi vista se fue a su entrepierna que comenzaba a erguirse de nuevo.
Joder… ni siquiera pude evitar sentir el latigazo que percibí en aquel momento entre mis piernas.
—No voy a pasarme la mañana discutiendo sobre tus especulaciones sin sentido —admití intentando con todas mis fuerzas mantener la vista fija en sus ojos sin que se desviaran a esa parte concreta de su anatomía.
—Está bien. Follamos en secreto y fingimos que no lo hacemos. ¿Algo más?
—Supongo que no —acepté como si aquella frase fuera un resumen lo suficiente específico para aprobarlo—. Salvo que debería irme en este preciso instante antes de que alguno de mis padres me vea saliendo de aquí.
—Escuché a tu madre marcharse temprano y tu padre mencionó ayer que hoy saldría a pescar aprovechando que no tenemos entrenamiento —dijo con suficiente calma—. Aunque te sorprenda, soy bastante observador cuando me lo propongo —añadió como si se hubiera adelantado a mi pregunta.
Sentí mi garganta seca y justo después, empecé a ser consciente de que mi respiración era más agitada de lo normal una consecuencia del ritmo acelerado de mi pulso anticipándose a una fantasía demasiado explícita.
—Aún así no tendría sentido quedarme.
—Tienes los pezones erectos, tu pantalón a medio abrochar y pondría la mano en el fuego sin riesgo a quemarme a que estás completamente lubricada. ¿Quieres que lo compruebe?
—No —murmuré aunque en realidad fue un jadeo.
—Si —afirmó poniéndose en pie—. Mientes fatal —añadió en tono de burla conforme se acercaba hacia mí sin que yo moviera un solo músculo de mi cuerpo—.
Conmigo no tienes que fingir, basta con que digas que es lo que quieres, cuando lo quieres y como lo quieres.
No necesitas demostrarme nada, ni actuar si algo no te gusta.
Tratar de esconder que te sientes demasiado excitada solo va a perjudicarte a ti.
Estas aquí para follar, no para idealizar esto como una relación sentimental.
Mis ojos buscaron los suyos y cuando vi el deseo que los oscurecía aún más, ese escudo que trataba de mantener firme acabó por destruirse.
—Arrodíllate —dije sin apartar la mirada y para mi propio estupor, un segundo después Kingsley estaba de rodillas frente a mí.
Definitivamente aquello iba a ser mi completa perdición.