La Teoría de las Olas Cruzadas 29 #4
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Esperé. No sé si fueron segundos o minutos, pero ninguna luz se encendió en el interior, ningún ruido que pudiera percibir a pesar de estar a escasos pasos de distancia y antes de dejar que mi propia coherencia pusiera freno, atravesé el jardín hasta llegar a la puerta y alzar la mano con la intención de aporrearla.

Una. Dos. Y el tercer golpe se quedó en el aire porque él la abrió.

Ni siquiera me dio tiempo a dar una excusa o mencionar media palabra, porque él cruzó la distancia que nos separaba y se lanzó directamente a mis labios con una posesividad extrema.

Me aferré instantáneamente a su cuello conforme entreabría mi boca y descubría el sabor de su lengua mezclándose con la mía, provocando que gimiera ante el súbito placer. Sentía el calor de su respiración rozando mi piel y el latido de su pulso bajo la yema de mis dedos aferrados a su nuca.

No quería que me soltara. Ni que se detuviera. Aquella infernal necesidad de sentirle, de que recorriera con sus manos mi cuerpo, de notarle en cada fibra de mi ser era tan primitiva que llegaba a consumir cada pensamiento salvo ese.

Me atrajo hacia el interior y la poca luz que provenía desde el jardín nos cegó por completo cuando la puerta se cerró de un portazo.

Ni siquiera pasamos del salón, Kingsley me arrastró al sofá que había justo en la entrada y me senté a horcajadas sobre él mientras notaba como sus manos recorrían mi espalda, me desabrochaba el sujetador y por un instante abandoné su boca para quitarme todas las prendas superiores y arrojarlas a alguna parte.

Que todo careciera de luz nos hacía tocarnos y buscarnos con mayor ardor, como si la oscuridad nos concediera tregua y supiera que estábamos haciendo algo indebido, prohibido y aún así decidiera volverse cómplice, envolviéndonos en su manto espeso para que el mundo dejara de existir fuera de ese pequeño espacio entre él y yo.

No importaba si no veía su rostro, podía imaginarlo en cada respiración contenida, en cada nueva embestida de su lengua contra la mía, en cada gemido de necesidad que moría en su garganta, en sus manos encontrando lugares escondidos de mi cuerpo y en ese roce intenso que lo volvía todo más intenso.

Mis manos buscaron la cinturilla de su pantalón, desabotonándolo y bajando la cremallera para buscar su erección.

Noté como se alzaba ligeramente y nuestro contacto fue aún más íntimo.

Me aparté bruscamente para colocarme de pie y me deshice de los pantalones cortos y la ropa interior dejándola caer a mis pies antes de volver a colocarme a horcajadas sobre él.

Escuché el sonido del preservativo rasgándose.

Mis ojos se habían adaptado por completo a la oscuridad y percibí los movimientos de su mano mientras se lo colocaba y casi por inercia me alcé mientras él lo guiaba para introducirse poco a poco.

—¡Joder! —murmuré conforme volvía a sentir que me llenaba colmándome de una sensación demasiado gloriosa a la que no podía ni describir con palabras.

Sus manos se dirigieron hacia mis nalgas y en cuanto le acogí por completo noté como me apretaba aún más contra él provocando que los dos jadeásemos por puro instinto.

—Te habría follado así en esa maldita piscina de rocas bajo las estrellas —oí conforme me alzaba lentamente y después volvía a dejar que me llenara de nuevo.

Si el néctar o la ambrosía de los dioses era real, sin duda debía de parecerse a aquello.

—Y yo habría querido que lo hicieras —murmuré conforme volví a balancearme sobre él y lo oí emitir una blasfemia.

El ritmo se volvió más rápido conforme utilizaba su fuerza para alzarme e impulsarme contra él con más firmeza y yo atrapé su boca notando como el fuego se volvía demasiado intenso.

Sus labios chocaron con urgencia contra los míos, sin orden, siguiendo simplemente un impulso innato en el que se buscaban con una sincronía casi desesperada, encajando una y otra vez para perderse y volver a encontrarse de forma caótica.

Cada leve retirada era solo el preludio de un regreso más intenso, profundo, sintiendo que necesitaban ser reclamados como propios.

Podía notar el vértigo previo al clímax, esa sensación apabullante en el que todo deja de tener una forma clara y el mundo se reduce a ese instante de tensión creciente donde nada más importa, donde solo estamos él y yo, donde no hay un antes ni un después, sino un nosotros en el momento exacto que nos convierte en uno solo.

Sentí como se acercaba, como acaparaba cada fibra que componía mi cuerpo tomando pleno control y dejé que me arrastrara conforme seguía adentrándose una y otra vez colmándome, haciendo que gritara en su boca.

Le cedí por completo mi cuerpo, dejando que se hundiera más profundo con cada embestida mientras yo sentía que caía al vacío sin control en aquel orgasmo intenso que me partía en dos con la seguridad de que él me sostendría.

Visceral. Carnal. Salvaje. Primitivo. Un acto de pura necesidad y, que tras abrir los ojos y recuperar ligeramente la consciencia donde solo podía sentir una placidez absoluta, en lo único que podía pensar es que no deseaba estar en ningún otro lugar.