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—Las constelaciones son el claro ejemplo que nos recuerdan que la figura que representan no está realmente ahí.
En el cielo no existe un perro corriendo detrás de Orión, ni un cazador buscando a su presa, sino puntos brillantes que en realidad son soles produciendo energía a millones de años luz.
Orión, Canis Major o cualquier otra constelación que pudiera mencionar ahora mismo no existe como un objeto físico, sino como una decisión que alguien con bastante imaginación decidió tomar.
Una forma de ordenar algo caótico para que tenga sentido.
Ver una constelación requiere aceptar una ilusión que tu mente proyectará en función de como eliges conectar esos puntos.
—¿Quieres decir que puedo hacer mi propia interpretación? —murmuré sin apartar la vista de la constelación que se suponía que representaba a un perro.
—Deberías —contestó con suavidad—. ¿Por qué tienes que seguir los patrones que en su día tomó otra persona?, ¿Aceptarlos sin más?
De algún modo suponía que no estaba refiriéndose únicamente a las constelaciones, sino a mi propia vida.
—Supongo que no —jadeé ladeando el rostro para descubrir que me estaba observando.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Ninguno de los dos se movió, pero ambos pudimos notar como la corriente cambiaba y la marea comenzaba a subir de nuevo poco a poco.
Ocultar que me gustaba, que me sentía atraída, que algo dentro de mí estaba cambiando ya fuera por su presencia o no en mi vida, era inútil.
—Debemos irnos —dijo sin moverse, sin dejar de mirarme y provocando que mi conversación con Alana justo antes de marcharme se volviera muy presente.
¿Es posible que no fuera la única en sentirse de ese modo?, ¿Que él también sintiera aquella atracción innegable?
Estaba allí. Conmigo. A solas. ¿Podía tener un significado muy distinto al que yo pensaba?
Lo observé fijamente, como si ambos estuviéramos esperando un movimiento del otro, como si el tiempo se hubiera detenido y únicamente tuviera importancia aquel instante suspendido entre los dos.
Solo existían nuestras respiraciones apenas perceptibles y la certeza de mi latido lo suficiente apresurado para sentir que libraba una batalla en silencio.
Y nos habríamos quedado así, bajo el manto de las estrellas, perdidos en la mirada del otro como si hablar o hacer cualquier movimiento rompiera la magia de aquel momento único, pero fue la marea la que lo hizo por nosotros.
El agua comenzó a cubrirnos lo suficiente para sentir la corriente y las olas rompiendo en la roca.
Quedarse era arriesgado, peligroso y más aún en la oscuridad de la noche.
Kingsley fue el primero en alzarse y me arrastró con él, como si quisiera asegurarse que no me quedaba atrás. Sentí el frío de inmediato tras salir del agua, incluso más aún cuando me coloqué los pantalones y la camiseta empapándolos con la ropa interior mojada.
Ninguno de los dos dijo nada mientras recorríamos el camino a través del bosque conforme las luces del teléfono iluminaban el sendero.
En el momento que regresamos a la playa, la hoguera continuaba como si nuestra ausencia jamás hubiera tenido lugar y tanto Kingsley como yo nos separamos sin decir nada, sin cruzar una mirada, era como si ese momento mágico se hubiera roto a pesar de quedar esbozos a los que mi subconsciente trataba de aferrarse con desesperación.
¿Era quizá porque necesitaba creer que entre nosotros se había creado una conexión?
, ¿Tal vez porque empezaba a darme cuenta de que Kingsley era mucho más que el chico arrogante que aparentaba?
Esos momentos en los que no estaba provocándome, haciendo que mis nervios se crisparan o atacándome para retarme y ver quien tenía la última palabra, hacía que me cuestionara realmente quien era él y hasta qué punto podía fiarme de un chico que apenas conocía.
Hacia las cuatro de la mañana todo el mundo comenzó a dispersarse.
Algunos se quedaron dormidos junto al fuego, un par de parejas se marcharon hacia el bosque, probablemente en busca de intimidad y conforme el número de personas disminuía, no dejaba de fijarme en la silueta de Kingsley, en esos brazos fuertes y prominentes, en su destacable altura muy por encima de los demás, en la fisionomía perfecta de su rostro, en aquellos rasgos marcados y severos que le concedían notoriedad.
Conforme más le observaba, más difícil encontraba buscar un defecto en aquel físico imponente.
—Supongo que ahora que no estás con Masón, podríamos salir algún día ¿no?
—El primo de Rachel llevaba un buen rato a mi lado, pero más de la mitad de su conversación había viajado por mi mente de forma insustancial, sobre todo porque no dejaba de hablar de lo bien que le iba su trabajo restaurando barcos cerca del puerto y que muy pronto se independizaría.
Suponía que la propia Rachel lo habría mencionado en alguna conversación.
Solo Alana y Kingsley sabían realmente lo ocurrido y, a pesar de que eso daría lugar a rumores de todo tipo, pero no me apetecía que todos me vieran como la cornuda de aquella historia a pesar de que eso liberaba a Susanne del prejuicio de todos.
La certeza de que Mason me habría engañado no solo con ella, sino con muchas otras desde el inicio de la relación provocaba que me frustrase aún más conmigo misma por no detectarlo a tiempo.
—¿No es lo que estamos haciendo ahora? —inquirí despreocupadamente.
—Me refiero a solos… ya sabes, algo así como una cita —especificó e inesperadamente fruncí el ceño ante aquella propuesta.
—Me temo que el entrenamiento me deja poco tiempo libre, quizá en otro momento —advertí levantándome para alejarme de la hoguera porque necesitaba evitar aquella situación demasiado incómoda.
Puede que el primo de Rachel fuera un buen chico, aunque no exactamente mi tipo, pero el último de mis pensamientos en ese momento era inmiscuirme en algún tipo de relación o crear expectativas de tenerla y, después de como estaban las cosas con Kingsley, ni siquiera quería complicarlas con sexo ocasional sin compromiso.
—Me voy, ¿Vienes o te quedas? —Su pregunta parecía tosca, como si no le importase mi respuesta y aquello me resultó extraño.
—Vamos en la misma dirección así que no tiene sentido pedirle a alguien que me acerque a casa —respondí como si necesitara justificarme cuando precisamente la camioneta que él conducía era mía hasta que él llegó.
Me despedí de la poca gente que aun quedaba cerca de la hoguera y caminamos en silencio hasta el coche. La oscuridad del interior del vehículo era acogedora y conforme Kingsley metía las llaves en el contacto para arrancar percibí que se había detenido porque el ruido del motor no llegaba.
—¿Quieres que vaya a casa o prefieres ir a algún otro lado? —exclamó y a través de las sombras sentí que me faltaba el aire.
¿Aquella pregunta podía ser solo amabilidad o significaba algo más? Probablemente solo lo decía porque era el aniversario de la muerte de Reef y pretendía volver a mostrarse cercano.
—A casa —respondí escuetamente y acto seguido sentí como el ruido del motor inundaba toda la cabina y los faros iluminaban la carretera.
Podía notar la arena en mis pies, el olor a salitre en mi piel y el cabello ligeramente húmedo.
Y aún así, era incapaz de focalizar la atención en aquellas incomodidades porque lo único que podía percibir era la extraña tensión que existía entre nosotros.
En el momento que Kingsley aparcó el coche en la puerta de la casa de mis padres, me bajé con las sandalias en la mano dejando que el césped arrastrara la arena pegada a mis pies.
—Supongo que mañana estarás ocupado —pregunté conforme nos acercábamos hacia el fondo del jardín.
—No exactamente —respondió con la vista fija en el suelo.
—¿Y tu cita con Sussane? —pregunté sin rodeos.
Llegados a ese punto me importaba un bledo ser directa. Teníamos un pacto, ¿no? Pues necesitaba conocer los detalles para que él cumpliera su parte.
—Esa cita como la llamó ella, solo consistía en algunas técnicas de surf para mejorar su salto, pero no era ni siquiera algo formal, le dije que si el entrenamiento me lo permitía, volvería a Sunshine Beach, de ahí que te dijera que nos dejaras libres.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté deteniéndome en aquel momento.
—No soy muy dado a dar explicaciones de las cosas. Confías en mí o no confías, pero justificarme de mis decisiones no es mi estilo.
—Supongo que esa es una de las razones por la que no te van las relaciones sentimentales.
—Touché —sonrió—. Buenas noches, Océano.
—Gracias por la clase de constelaciones, ha sido lo mejor que ha hecho alguien por mí en mucho tiempo.
Noté el brillo en su mirada, aquella intensidad desplegada que me acariciaba cada extremidad de mi cuerpo y reconocí el temblor del deseo, la emoción que embriagaba cada terminación nerviosa.
—Ha sido un placer, si alguna vez quieres continuar solo tienes que golpear mi puerta. —Vi como se daba la vuelta y se alejaba en dirección a la caseta.
Me mordí el labio con fuerza por la necesitad de sentir algo que no fuera aquel impulso de ir tras él, así que me obligué a girar sobre mis talones y subir los escalones hasta llegar a la puerta lateral de la casa.
Le escuché entrar y me giré como si necesitara unos segundos para comprobar que él no tenía ninguna intención de volver, que quizá aquella respuesta no tenía un mensaje oculto al que me estaba aferrando con demasiada rapidez.