La Teoría de las Olas Cruzadas 29 #2
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Ni siquiera sabía como él conocía la existencia de aquellas piscinas naturales entre las rocas o del hecho de que prefiriera abandonar aquella fiesta donde claramente tenía la atención de varias chicas para complacer una idea fugaz completamente improvisada.

Quizá no quería pensar en ello. No quería creer que Alana tuviera razón o que el único motivo por el que estábamos haciendo aquella locura a solas era hacerme sentir mejor en el aniversario de la muerte de mi hermano.

Cualquier persona con un mínimo de empatía haría algo similar, ¿no?

Solo que yo lo había culpado de arrogante y egoísta.

Ninguna de mis amigas parecía haber tenido presente que en pocas horas se cumplían dos años de la desaparición de Reef, habían continuado con sus vidas, proseguían sus planes, no habían detenido por completo su carrera u objetivos y aunque lo entendía, me parecía completamente inverosímil que la persona a la que peor había tratado fuera el único que estaba conmigo en ese momento.

Y aún más inverosímil que yo lo hubiera aceptado.

Quizá era más fácil hablar con Kingsley por ser un extraño del que sus prejuicios no me importaban. O tal vez se debía a que era el único que conocía mis debilidades y flaquezas, aunque hubiera preferido no mostrárselas.

Para llegar a las piscinas naturales de Fairy Pools había que cruzar el sendero del parque, algo que siendo noche cerrada se volvía complicado si no conocías perfectamente la ruta porque la vegetación se volvía más espesa y salvaje.

A través de la foresta se abría el sendero que descendía hacia las rocas y en las que solo se podía acceder con baja marea.

Como si el destino hubiera decidido aliarse a nuestro favor, cuando finalmente llegamos no solo estaban vacías, algo previsible teniendo en cuenta que todo el mundo estaba en las hogueras de la playa y el acceso en plena noche era arriesgado, sino que probablemente podríamos gozar los últimos minutos de marea baja durante la madrugada.

Kingsley fue el primero en quitarse la camiseta y dejarla junto a las rocas.

Me veía cada día en bañador, incluso me había visto en ropa interior de encaje y completamente desnuda, pero fue inevitable sentirme cohibida, quizá era la situación o que a pesar de no querer darle demasiada importancia, aquel momento era demasiado íntimo como para no pensar en ello.

Al final acabé quitándome la camiseta y los pantalones cortos dejándolos junto a su ropa abandonando cualquier tipo de timidez.

El agua se mantenía sorprendentemente caliente, como si el sol hubiera calentado lo suficiente las rocas para mantenerla tibia, así que entrar en la piscina natural fue mucho más agradable de lo que recordaba.

Ni siquiera recordaba cuando fue la última vez que estuve allí, pero sí que nunca lo había hecho desde que comencé mi relación con Mason.

Ahora comprendía el abismo que siempre había existido entre nosotros y que inexplicablemente pensé que precisamente por eso las cosas podrían funcionar bien entre ambos, porque alejándome de todo aquello que me identificaba, descubriría una nueva versión que podría aceptar lo sucedido.

El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban más que nunca o quizá era el modo de percibirlo en aquel instante.

Aquel lugar era naturaleza en estado puro, algo idílico, precioso y casi mágico, algo de lo que Mason siempre había huido porque para alguien como él la belleza estaba en las cosas que se podía pagar para evidenciar un alto poder adquisitivo.

Durante esos dos años me adapté. Creí que podría formar parte de aquello, incluso me forcé a creer que también eran mis gustos, pero ahora que conseguía tener una vista parcial y distanciada de la realidad, me daba cuenta de que todo aquello era un simple parche para tapar una herida abierta que no me atrevía a sanar.

—Sin duda es mucho más especial de noche que de día —dijo Kingsley atrayendo mi atención y parpadeé un par de veces para focalizar su silueta en la parte más alejada y oscura de las rocas.

—¿Y se puede saber en qué momento has tenido tiempo de venir hasta aquí? —exclamé pensando que desde su llegada a Noosa había estado casi todo el tiempo conmigo.

Escuché su risa en mitad de aquel silencio únicamente irrumpido por el oleaje del mar y los insectos nocturnos que rodeaban la foresta.

—Te sorprendería la de cosas que uno puede hacer durante un día —dijo en lo que intuí que se refería a los domingos cuando no teníamos entrenamiento y cada uno iba por su lado.

Sabía que él había estado en Sunshine beach y que Susanne se había pegado a él como una sanguijuela dispuesta a no soltarle, eso hizo que me preguntara si habría estado en aquel lugar también con ella.

¿Es posible que me hubiera mentido cuando le pregunté abiertamente si se había acostado con ella?

No. Puede que Kingsley fuera muchas cosas, pero algo me decía que sería incapaz de mentirme en una cosa así.

—Entonces quedarán pocas cosas que pueda enseñarte en esa visita vip que te debo, ¿no? —pregunté conforme me acercaba lentamente a él como si no supiera si debía o no hacerlo.

La última vez que habíamos estado solos de noche y cerca del agua las cosas se habían salido de control, y por mucho que quisiera pensar que eran las circunstancias de haber descubierto la infidelidad de Mason, en ese momento sentía exactamente el mismo impulso de acercarme a su cuerpo y dejarme llevar por el inconfundible deseo que sentía hacia él.

—Lo dudo. Sé que aún me falta por conocer lo mejor de este lugar. Incluso ahora, a pesar de haber estado aquí antes, tiene una atmósfera completamente diferente bajo las estrellas.

Me quedé a varios pasos de distancia conforme apoyaba mi espalda en la roca y obligaba a mis extremidades a relajarse.

Estar allí con Kingsley no significaba nada. No implicaba nada. Era mi compañero de surf. Mi pareja sobre la tabla. Nada más.

—Eso depende. La mayoría de turistas solo vienen para hacer surf y beber cerveza, así que terminan marchándose sin conocer la parte más salvaje de la zona.

—¿Esa en la que hay canguros?

Eso hizo que la que sonriera a carcajadas en aquel momento fuera yo.

—En realidad por esta parte lo que puedes ver son wallabies, que son más pequeños que los canguros. Y goannas, unos lagartos enormes con lengua bífida.

—¿Tu intención es que salga huyendo por patas de este lugar o que me pegue a ti como instinto de protección y barrera humana?

El roce de su pierna contra la mía me estremeció lo suficiente para sentir el escalofrío que atravesaba todo mi cuerpo.

—¿Ha sido la excusa que necesitabas para pegarte a mí? —increpé con la cabeza inclinada hacia atrás para tener una mejor visión de las estrellas.

—No necesito excusas, te recuerdo que pasamos la mayor parte del día lo suficientemente juntos para reconocer el olor de tu perfume a suficiente distancia.

Vale. Lo reconozco. Aquello había provocado que mi pulso se acelerara.

—Entonces solo te has acercado porque desde aquí hay una mayor apreciación de las estrellas, ¿no? —alegué sin mover un solo músculo, incluso me sumergí un poco más en el agua porque sentía demasiado el frescor fuera de ella.

—Por supuesto —afirmó y no necesitaba mirarle para saber que estaba provocándome mientras esbozaba una media sonrisa—. Desde aquí se puede ver perfectamente Orión.

—¿Ahora me vas a decir que conoces las constelaciones? —inquirí realmente sorprendida.

—No diría tanto… pero hubo alguien que me enseñó a reconocer unas cuantas.

—¿Un alguien importante en tu vida? —pregunté curiosa.

—Si —respondió a secas mientras sentí que se removía algo incómodo y eso me hizo no insistir en saber quien era esa persona.

¿Podría ser una ex?, ¿Una chica por la que ahora estuviera tan distante de las relaciones y que no quisiera reconocer?

En la fiesta de la casa de Rachel mencionó que su padre abandonó a su madre incluso antes de que él naciera, ¿Quizá había algo más que le hiciera llevar ese estilo de vida?

—Aunque hace tiempo que dejó de estarlo.

Le escuché respirar fuerte y supuse que el recuerdo de esa persona lo había alterado, aunque no supiera en qué modo.

—Seguro que te ha servido para flirtear en más de una ocasión —admití para romper aquel momento incómodo.

—Aunque te parezca extraño, encontrar un cielo así de despejado no es tan fácil como parece y reconozco que no soy alguien muy dado a citas románticas —admitió en ese tono jocoso que le caracterizaba.

—Por qué no me sorprende… pero veamos si realmente sabes algo o solo es mera patraña, ¿Donde está Orión? —pregunté curiosa.

Se acercó aún más a mí y estiró su brazo para señalarme un punto no muy alto frente a nosotros.

—¿Ves esas tres estrellas alineadas? Es el cinturón de Orión —dijo apuntando con el dedo—. Justo encima podrás ver dos estrellas que brillan un poco más, son los hombros y justo debajo otras dos, que son las piernas.

—¿Y esa tan brillante? —pregunté cerca de las que él estaba mencionando.

—Es Sirio —contestó notando como su cabeza se pegaba a la mía—.

Forma parte de Canis Major, si te fijas bien hay estrellas un poco más sutiles a su alrededor que le dan forma.

Imagina que la más brillante es el ojo de un perro y ahora busca la silueta que lo conforma a su alrededor, verás que parece correr detrás de Orión.

—Te diría que lo veo, pero estaría mintiendo descabelladamente —agudicé comenzando a sentirme demasiado plácida junto a él.