La Teoría de las Olas Cruzadas 29
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Volver a encontrarnos en la marea

Océane

La culpabilidad es un peso invisible que muchas veces cargamos en silencio. Nos recuerda nuestros errores, nuestras decisiones y las oportunidades que creemos haber perdido.

Durante demasiado tiempo me había sentido culpable si no sentía dolor, si regresaba a hacer algo que siempre hacía junto a Reef y volvía a sentirme feliz.

Porque continuar aquello que siempre había compartido sin él significaba traicionar su recuerdo, permitir que su memoria se empañara con otras vivencias y se alejara aún más de mí.

Y solo ahora me daba cuenta de que estaba nadando a contracorriente, de que me estaba ahogando en un mar profundo en el que apenas podía respirar una bocanada de aire para subsistir un poco más a expensas de que alguien acudiera en mi rescate.

Durante esos dos años creí que merecía que fuese así, que si nadie consiguió salvar a Reef incluida yo misma, no era merecedora de que alguien lo hiciera por mí, pero en las últimas semanas donde había perdido por completo las riendas de mi vida, enfrentándome a mis propios miedos y provocando que mi mente se llenara de infinitos recuerdos, había algo que no dejaba de pensar con remordimiento.

—La otra noche volviste a desaparecer, ¿Todo bien con Maxi-pibón? —dijo Alana conforme se sentaba a mi lado y me ofrecía una cerveza.

Era la noche del solsticio, así que habían hecho una hoguera en la playa y llevado unas cuantas cajas de cerveza. Apenas quedaban cuatro días para navidad y todavía no podía creer que al día siguiente se cumplirían exactamente dos años desde que Reef ya no estaba con nosotros.

Pensé en saltarme aquella noche como lo había hecho el año anterior, pero quizá me había dado cuenta en esas semanas de que huir no me hacía tenerlo más presente, sino todo lo contrario.

Muy a mi pesar Kingsley tenía razón. Alejarme de todo aquello que me recordaba a él por preservar su recuerdo solo estaba logrando distanciarme aún más de los momentos que compartimos.

Alcé la vista y no tardé más de un segundo en encontrarle. Parecía hablar animadamente con un par de chicas mientras sonreía y lograba que todo el mundo estuviera pendiente de él, incluso yo misma.

—En realidad no lo sé —afirmé a Alana conforme me llevaba el botellín a los labios.

Creía que hacerme la dura, enfrentarme a él y mostrar un caparazón impenetrable iba a lograr distanciarme de esa aura seductora que se apoderaba de mí cada vez que Kingsley estaba cerca.

Pero no funcionaba, incluso me atrevería a decir que causaba el efecto contrario y cada vez me sentía aún más atraída de forma irremediable hacia él.

—¿Las cosas se han puesto tensas entre vosotros después de lo que me contaste?

—Supongo que si ya era raro haberme acostado con la persona que he afirmado que detesto desde el primer día, es aún más raro que hayamos establecido una especie de acuerdo pactado por el que uno no puede tener sexo si el otro tampoco lo tiene.

—¿Qué habéis hecho, qué? —exclamó Alana alzando la voz un poco más de lo normal y atrayendo alguna mirada.

Entre ellas la de Kingsley que me observó directamente a mí, pero a diferencia de otras veces, su semblante era serio.

Apenas habíamos hablado esa mañana y los pocos monosílabos que cruzamos fueron exclusivamente de nivel técnico o postural.

—Vale. Perdón —susurró Alana—. ¿Me explicas como demonios habéis llegado a ese punto?

Le di un trago largo a la cerveza y le conté que había tenido un encontronazo con Susanna en los baños.

Que me había hablado de una cita con Kingsley al día siguiente y de la interrupción del susodicho mientras me morreaba con un chico a la salida del club.

Revelar mínimamente los detalles que habían convertido aquel juego para fastidiarnos mutuamente en algo tangible fue mucho más fácil de lo que creía.

—¿Y cómo se supone que vais a hacerlo? —exclamó Alana.

—¿A qué te refieres? —pregunté sin entender la pregunta.

—Pues que salvo que os liéis entre vosotros prácticamente necesitas su permiso para acostarte con otro tío. ¿En serio no te has dado cuenta?

¿Darme cuenta?, ¿De qué? Estaba claro que aquel pacto era un simple acuerdo para jodernos mutuamente, pero el que salía perdiendo era Kingsley, yo podía pasar perfectamente sin sexo una buena temporada.

O al menos así lo creía hasta que había probado el clímax junto a él.

—Créeme que el que sale perjudicado de esta situación es él. De hecho, pienso estar una buena temporada en sequía solo para joderle la existencia.

Alana alzó una ceja y yo me encogí de hombros.

—Voy a pensar que tus miras son excesivamente cortas porque acabas de salir de una relación nefasta en la que te han absorbido todas tus neuronas. ¿En serio no has pensado para qué querría un tío como Maxi-pibón hacer un acuerdo así contigo?

Ahora la confundida era yo.

—Evidentemente por el mismo motivo por el que accedí yo. Para fastidiarme —dije sin un atisbo de duda.

—O para garantizar que estes lo suficiente desesperada como para volver a acostarte con él, ¿no?

—No —dije negando y volviendo a dar un sorbo al botellín—. Dejó muy claro que no es un tío de repetir, incluso lo confirmó al día siguiente cuando le dije que aquello no podía volver a suceder.

El rostro de Alana era de circunstancia, como si mis justificaciones fueran tan insustanciales que casi parecía querer reprenderme por ser tan estúpida.

—Si tan claro lo tienes haz la prueba—dijo convencida—. Colócale el anzuelo y espera a que pique.

Instintivamente volví la vista hacia Kingsley, seguía hablando con las dos chicas de antes y se había añadido una tercera, parecía realmente inmerso en la conversación con ellas y por más que Alana quisiera darme a entender que existía algo entre él y yo, las dudas se evaporaron al ver como flirteaba.

—Es una pérdida de tiempo. Te aseguro que te equivocas —afirmé vaciando lo que quedaba del botellín y sintiendo el amargor de la cerveza calmando mis nervios.

Me levanté para dejar la cerveza vacía junto al resto y me alejé hacia la orilla con la intención de bañar los pies en el agua.

Sentí el frescor al alejarme de la hoguera, El verano estaba entrando, pero aún se notaban las noches bastante frescas, sobre todo aquella en la que el día había estado nublado.

Dejé que mis pies fueran besados por las olas, que se hundieran poco a poco bajo mi peso cada vez que el mar arrastraba las huellas y durante escasos segundos pensé en lo fácil que era permitir que una huella fuera borrada, como si nunca hubiera existido, como si jamás hubiera sostenido el peso de nadie.

Aquello era la certeza de que todo podía transformarse en un solo instante; de que una decisión, por pequeña que pareciera, tenía el poder de alterar el rumbo de una vida y, con ella, el de todas aquellas que se entrelazaban en su camino.

Quizá me había dado cuenta de la peor forma posible de que no quería seguir perdiendo más el tiempo. De que quería vivir cada segundo del resto de mis días como exactamente quería y no como se suponía que debería hacerlo o porque necesitaba esconder mis propios miedos.

—Es extraño celebrar un solsticio de verano en diciembre. —Me giré con calma, como si realmente no me sorprendiera que me hubiera seguido minutos después de alejarme.

¿Tal vez empezaba a acostumbrarme a su presencia?, ¿Quizá es porque ocurría con demasiada naturalidad y comenzaba a agradarme?

—Quizá esa sea la razón por la que seamos tan diferentes.

Vivimos en dos hemisferios distintos, como si el mundo nos hubiera colocado en extremos opuestos de una misma brújula.

Cuando tú respiras un verano, a mí me llega como un eco invertido y el sol que aquí nace, allí se extingue, como si la luz, al cruzar el ecuador invisible, aprendiera a contradecirse.

—Y aún así todo fuego necesita agua para extinguirse, o toda quietud busca, sin saberlo, la chispa que la rompa. No nos encontramos por ser iguales, sino por la necesidad ancestral de completarnos en aquello que nos falta.

—Supongo que tienes razón —admití girándome hacia él y comprobé que tenía la vista fija en el agua, donde el reflejo de la luna se proyectaba, pero inmediatamente se dirigió hacia mí.

—No estas lo suficiente ebria para llegar a esa conclusión. ¿Es posible que tengas fiebre y estés delirando?

Me reí y aparté la mirada.

—Hay personas que usan sus ideas para entender el mundo y otras que usan el mundo para defender sus ideas —cité sus palabras de esa misma mañana—. Una forma bastante peculiar de llamarme terca.

—Más bien obstinada —puntualizó y provocó que mi sonrisa se ampliara—. ¿Por qué estás aquí en lugar de la hoguera?

Respiré muy consciente dejando que olor a sal y humedad llenaran por completo esa opresión que comenzaba a instalarse de nuevo en mi pecho.

—Supongo que el veintidós de diciembre nunca volverá a ser un buen día —dije sin la necesidad de mencionar que faltaban apenas unos minutos para que fueran las doce de la noche.

—Mierda —oí que murmuraba y me di cuenta de que tenía un botellín en la mano que se llevó rápidamente a los labios.

Saqué finalmente mis pies de la arena y di los dos pasos que nos separaban hasta llegar a él para robárselo sin mucho esfuerzo y vaciar casi la mitad de su contenido. Suponía que después de todas las veces en las que él lo había hecho, no iba a molestarse por ello.

—No hace falta que estés aquí. Deberías regresar a la fiesta, seguramente todas esas chicas estarán preguntándose donde has ido.

—¿Dónde te gustaría estar realmente esta noche? —contestó sin molestarse en evaluar mi respuesta—. No lo pienses, simplemente di lo primero que se te ocurra.

La pregunta me sorprendió, ni siquiera sabía dar una respuesta a ello. ¿Dónde me gustaría estar realmente en esos momentos?, ¿Qué haría si Reef estuviera allí? No. Reef no. Yo. Qué es lo que quería hacer yo. Ni Reef, ni Mason, ni mis amigos. Solo yo.

—Fairy Pool —dije como si hubiera salido de mis labios sin control.

Le vi sonreír y un instante después su mano se deslazaba por la mía antes de estirar fuertemente y obligarme a seguirle.