La Teoría de las Olas Cruzadas 27
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Lo que pasa cuando no te suelto

Max

No iba a admitir que verla besándose con ese chico no me resultó tan indiferente como debería, aunque prefería pensar que actué únicamente movido por su conciencia y no por el hecho de que me hubiera molestado verla en brazos de otro.

Tal vez solo era el hecho de que la había visto en un momento demasiado vulnerable y eso había despertado un instinto de protección hasta ahora desconocido dentro de mí.

Por alguna razón quería protegerla, mantenerla a salvo incluso de sí misma como en aquel momento, donde el alcohol que le había visto ingerir y posiblemente el encuentro en el baño con Susanne le hacían actuar de forma deliberada.

De la misma forma deliberada en la que anoche se había acostado conmigo y huido a hurtadillas esa misma mañana para no tener que afrontar lo sucedido. Si. Era muy consciente de su arrepentimiento y también lo era del hecho de que prefería que así fuera para mantenerla alejada de mí.

Pero eso no significaba que después de acostarme con ella, aquel deseo innato que despertaba cada vez que la observaba se hubiera esfumado.

Pensaba que una vez saciara mi apetito hacia ella, la intensidad de aquella atracción terminaría por disiparse, esfumarse, evaporarse como un incendio que acaba consumiendo todo a su paso convirtiéndolo en cenizas.

Me equivoqué.

El único pensamiento que había tenido esa mañana al despertar era la incuestionable firmeza aplastante de querer volver a hacerla mía una vez más.

Y eso era nuevo. Tan nuevo como inquietante.

Quizá era la naturaleza de ese deseo, el hecho de haberme pasado semanas a su lado tocándola sin realmente poder hacerlo como quisiera, con la inquietud de querer besar cada rincón de su cuerpo o de recordar el calor de su piel cada vez que me separaba de ella.

La idea de no poder hacerla mía, de no poder poseerla al ser de otro, de ese momento en que la había visto frágil y algo dentro de mí se volvía de acero para intentar protegerla.

Si. Estaba completamente seguro de que después de pasar semanas queriendo explorar su cuerpo, una única noche había sido demasiado exigua.

—Tú y yo no tenemos ninguna clase de acuerdo y mucho menos lícito. Además, solo era válido cuando estaba con Mason, algo que tú mejor que nadie sabes qué ya no es así.

—Fuiste tú quien empezó, Océano. Así y que ahora no te quejes de las consecuencias —insistí—. Además, el tiempo para poder haber establecido los detalles ha caducado.

—¿Y eso quien lo establece? —refutó conforme nos alejábamos y no dejaba de observar que caminaba con cierta dificultad a pesar de no quejarse por ello.

—Yo —afirmé cogiéndole el brazo ante la firmeza de que en cuanto el terreno fuera un poco irregular se caería de bruces con aquellos zapatos de tacón.

La había visto marcharse a media tarde y desde luego no llevaba puesta la ropa que ahora lucía.

No es que quisiera espiar sus pasos, pero la ventana de mi habitación daba directamente hacia la entrada del jardín que rodeaba el porche, así que deduje que no debía ser suya, incluidos aquellos zapatos que le estilizaban indecentemente las piernas.

No era precisamente baja, pero apenas rozaba mi hombro y eso era algo que inconscientemente me gustaba, como también el hecho de que me desafiara en cada argumento o frase a pesar de que podía notar como su cuerpo se estremecía cada vez que la tocaba y eso, eso sí que me volvía completamente loco.

Saber que ella me deseaba, que su cuerpo entraba en frenesí, que había murmurado mi nombre deseando que la follara, que me hundiera cada vez más profundamente en ella, provocaba que tuviera de nuevo una erección imposible de ignorar.

Y aún así sabía que lo mejor tanto para ella como para mí, era no volver a tocarla.

No podía permitirme que aquello saliera mal ahora que las cosas comenzaban a ir como necesitaba para poder volver a ser readmitido en la federación y tener una afluencia de ingresos estables.

Y moverme entre la fina y sutil línea que nos separaba de ser simplemente compañeros a tener una aventura, suponía que las cosas acabaran mal. Muy mal.

Yo había sido el polvo de despecho. La necesidad que ella tenía para pasar página con su exnovio. Y a su vez, era la oportunidad perfecta para desquitarme esa necesidad imperiosa de hacerla mía. Sexo sin compromiso de una sola noche que ambos pudiéramos afrontar sin echarnos en cara nada más.

Y así debía seguir siendo.

—¿Y no puedo refutar u oponerme? —insistió.

Definitivamente no era una mujer que guardara silencio y mucho menos que se amilanara, por eso me resultaba extraño que lo hubiera hecho con ese tipo con el que estaba.

—Si de verdad quisieras hacerlo estarías ahora mismo con ese tío y no te habrías venido conmigo —dije justo antes de que se le clavara el tacón en la rejilla de un sumidero y tuviéramos que detenernos abruptamente.

La observé dar varios tirones para intentar sacarlo sin éxito, así que me agache hasta la altura de su tobillo y deslicé mis dedos por su pierna para desatar el broche que mantenía el zapato atado a su tobillo.

Había esperado que se apartara, que volviera a pedirme que no la tocara tal como había hecho al salir del baño, pero se mantenía quieta, como si estuviera muy pendiente de cada uno de mis movimientos.

—Quizá tenga otros motivos por los que no he decidido quedarme y que no tienen nada que ver contigo —dijo justo antes de que la obligara a alzar el pie para liberarlo del zapato.

—¿Como cuáles? —La provoqué intencionadamente.

Prefería mil veces sus ataques verbales que el hecho de obtener su completa indiferencia.

—No todo gira en torno a ti aunque te cueste creerlo, Kingsley.

—Eso no es una respuesta.

—Puede que simplemente no me gustara lo suficiente ese chico —determinó dando un paso hacia atrás y colocando el pie descalzo en el suelo.

—¿Y desde cuando permites que un chico que no te gusta te bese de ese modo?

Arranqué el zapato, pero evidentemente el tacón estaba completamente dañado.

—¿De verdad me lo preguntas? Porque tú tampoco me gustas.

Aquello me hizo alzar la vista para comprobar hasta que punto se notaba aquella mentira en su mirada. Evidentemente estaba tensa, parecía nerviosa y podría decir que incluso furiosa.

Me alcé lentamente con el zapato en la mano y di un paso a ella, comprobando como instintivamente caminaba hacia atrás para apartarse. Volví a disminuir la distancia entre nosotros sin dejar de mirarla y noté como el fuego incendiaba su mirada.

—¿Estás pidiéndome que te bese? —exclamé viendo que si daba un paso más atrás se caería hacia la carretera.

—No todas las mujeres viven locas por ti, Kingsley.

—Eso no es una negativa.

—Tampoco es una afirmación —insistió con la intención de dar otro paso hacia atrás y estiré de ella provocando que se pegara por completo a mi cuerpo.

Sus labios se entreabrieron sutilmente y el ferviente deseo de besarla era tan latente que incluso me anticipe al sabor exquisito y afrodisiaco que emanaba.

—Puedes irte al infierno —susurró con voz débil y aquello me provocó una sonrisa.

Tal vez no me soportaba. Quizá era mejor así. El desprecio siempre era un refugio mucho más seguro que afrontar la verdad. Mucho más fácil disfrazar el vértigo de sarcasmo que admitir que hay personas capaces de alterar el ritmo de tu respiración con solo acercarse un poco.

Pero cuando su cuerpo entraba en contacto con el mío, todas las certezas se deshacían como sal entre mis dedos.

Éramos simbiosis de fuerzas opuestas que, contra toda lógica, encontraban un equilibrio al rozarse.

Como el mar y la luna, condenados a atraerse desde la distancia o como dos constelaciones que aunque parezcan separadas por un universo entero, pertenecen al mismo cielo.

Algo en ella desordenaba mi mundo. Su proximidad convertía el aire en un lugar más estrecho y el tiempo perdía la costumbre de avanzar, como si todo ocurriera más despacio.

Era absurdo, porque bastaba el contacto más inocente para sentir que todos esos muros que me empeñaba en forjar se derrumbaran en silencio.

—Si en algún momento quisiera besarte, ten por seguro que no voy a preguntártelo —acto seguido me incliné y la alcé para cargarla sobre mi hombro sintiendo como se revolvía para evitar que lo hiciera, pero era superior en fuerza a ella, por lo que la agarré firmemente de los muslos sin tener en cuenta su agudeza.

Estiró de la camiseta y me dio un mordisco en el lateral la espalda, eso me hizo aflojar instantáneamente su agarre y ella aprovecho para incorporarse y retorcerse de tal forma que acabó deslizándose por mi cuerpo haciéndome sentir cada parte del suyo.

Mi mano aún se mantenía firme a su cintura, sus labios pasaron muy cerca de los míos, rozándose las comisuras y en el momento que sus pies tocaron el suelo, se apartó de un empellón que nos hizo mantener la distancia a ambos.

—Puede que te creas con algún derecho hacia mí por el simple hecho de formar equipo, pero no te equivoques conmigo, Kingsley.

—No te confundas Océano. No tengo ningún interés en tu persona, pero si vas a lesionarte por utilizar un calzado que ni siquiera es de tu talla y evidentemente no es tuyo, nos obligaras a perder mucho tiempo. Y a mí no me gusta perder el tiempo, sobre todo cuando no es mi decisión.

Percibí que apretaba sus labios y después los mordía como si ella misma se arrepintiera de las palabras que la habían dejado claramente en evidencia.

Di un par de pasos acercándome a su altura pero sin apenas rozarla y dejé caer el zapato que yo mismo había recuperado y que claramente ya no podría volver a ponerse.

—Te veré a las siete en punto y esta vez no pienso reducir el ritmo —advertí para dejarle claro que a partir de ahora no pensaba ceder en nada.

Caminé convencido de que no me seguiría, de que su orgullo no se lo permitiría, pero cuando apenas nos separaban diez pasos su voz rasgó el silencio de la noche.

—¿Cómo sé que no me has mentido? —clamó y me detuve, volviéndome ligeramente hacia ella y viendo como caminaba completamente descalza con los zapatos en la mano.

Se movía con soltura, como si ya estuviera acostumbrada a hacerlo más de una vez y de hecho y la dureza del suelo no le importara.

—¿Cómo sé que no has violado nuestro acuerdo o que lo harás precisamente este domingo? —preguntó siendo más concisa.

No pude evitar sonreír porque finalmente acababa de mostrar lo que la tenía realmente molesta. Había notado ese cambio de actitud desde el momento en que Susanne le había hablado de nuestra cita, cuando ni siquiera podría llamarse como tal, pero eso ella no lo sabía.

—¿Quieres formalizarlo? —inquirí inclinándome ligeramente hacia ella y cruzándome de brazos.

—¿A qué te refieres? —preguntó confundida.

—Si tanto te importa, podemos dejarlo claro aquí y ahora, sin vueltas ni malentendidos, sin presiones o pretensiones del otro. Ninguno de los dos va a estar con otra persona mientras el otro tampoco lo esté. Sin juegos o estrategias. Los dos estaremos bajo las mismas condiciones.

—Entenderás que después de pasar dos años con un tío con el que llegué a plantear casarme y descubrir que me ha estado engañando todo el tiempo, no confíe demasiado en la palabra de un mujeriego empedernido —contestó alzando ligeramente una ceja mostrando absoluto escepticismo.

—Pues tendrás que comenzar a confiar en este mujeriego empedernido porque lo quieras aceptar o no, somos un equipo —contesté sin dejar de observarla.

Parecía pensar demasiado la respuesta, como si realmente estuviera meditando o no si aquello le agradaba y me pregunté hasta que punto estaba dispuesta a llevar aquello que había iniciado como un juego para simplemente fastidiarnos, en algo tangible y real.

—Sin secretos —advirtió sorprendiéndome y dando un paso hacia mí.

—Sin excusas —arremetí.

—Sin medias verdades —afirmó clavándome el dedo índice en el pecho.

—Sin malentendidos.

—Sin decisiones unilaterales —dijo alzando el mentón.

—Sin desaparecer cuando las circunstancias se vuelven incómodas —objeté contemplando como el resplandor de aquellos ojos cristalinos brillaba bajo las luces de las farolas.

Nos quedamos observándonos durante unos segundos, como si estuviéramos dándonos margen para ver si alguno de los dos tenía algo más que añadir en aquel momento.

—Está bien —afirmó esbozando una ligera sonrisa—. No vas a tener sexo sin mi consentimiento —dijo como si estuviera realmente disfrutando de aquello.

Me incliné sobre ella haciéndole ver notablemente que era mucho más alto que ella.

—Tú tampoco —murmuré sintiendo algo demasiado diferente a lo que se suponía que debería estar sintiendo.

Me gustaba el sexo. Y sobre todo, de manera esporádica y sin apenas conocer a la otra persona.

Sin ataduras, sin explicaciones, sin pasar por la incomodidad de tener que argumentar falsos compromisos para evitar tener complicaciones.

¿En qué momento me había parecido que era una buena idea que ella tuviera el control sexual de mi vida?

Puede que tuviera la respuesta frente a mis narices. Y también puede que no quisiera verla.

«Porque yo también tenía el pleno control de la suya»