26 #2
Estaba claro que el interés por Mason era hacerme daño, pero no sabía si el acercamiento a Kingsley era jugar una carta para evitar que volviera a la competencia o si realmente le gustaba.
—Bailemos —le dije al tal Tom o John o como demonios se llamara.
No le di tiempo a responder, simplemente me levanté y me fui hacia la zona adaptada a baile donde ya estaban algunas de mis amigas incluida Alana.
Los chupitos de tequila, vodka y Jägermeister corrían uno detrás de otro hasta que ni siquiera podía sentir el dolor de pies que los zapatos de tacón prestados por mi mejor amiga me generaban o que el tipo pegado a mí que paseaba sus manos por mi cuerpo no era el que yo deseaba que fuera.
Me aparté en el momento que sentí su boca en mi cuello acercándose peligrosamente a mis labios cuando la poca cordura que aún me quedaba reconoció que ni la altura, ni su aroma eran el que yo anhelaba encontrar, así que me escabullí hacia la zona de los baños dejando el sonido de la música estridente atrás.
El pasillo era estrecho, largo y oscuro, así que no pude comprobar cuanta gente había hasta que llegué al final y, en el momento que lo hice, maldije al ver a Susanne justo delante de mí.
Fingí que no la reconocía, que simplemente era alguien que no había visto en mi vida, así que mantuve la mirada fija en otro lado e incluso pensé en meterme en el baño de los chicos ya que solo había uno esperando.
—Espero que no hayas venido esperando una disculpa —escuché a mi lado sin un resquicio de duda sobre quien era la dueña de esa voz.
Puede que estuviera bastante ebria, pero aún no lo suficiente para perder la coherencia.
Deslicé la mirada con lentitud, como si no me importara hacerla esperar y cuando finalmente clavé mis ojos en ella, observé que me miraba con esa condescendencia típica que nunca había soportado.
—No fui yo quien le buscó. Evidentemente no lo satisfacías como esperaba.
Sentí como mis uñas se clavaban en las palmas de mis manos y me aferraba a la idea de que propinarle un puñetazo no iba a hacerme sentir mejor.
Solté una risa seca.
—¿Eso es lo que vas a decir en tu defensa?
Vi como ladeaba el rostro confusa, ¿Igual esperaba verme estallar?, ¿Atacarla?, ¿Qué me derrumbase frente a ella y llorara como una niña pequeña? No iba a darle aquello que precisamente buscaba.
—No tengo que defenderme de nada. Yo no he hecho nada malo —gimió.
—Estabas en su casa. Te trato como una puta a la que pagaba por sus servicios, así que pavonearte de acostarte con el que era mi novio a escondidas solo te hace quedar como una necia ignorante.
Igual era el alcohol el que hablaba más por mí que yo misma, pero era eso o partirle la cara y no me apetecía terminar la noche detenida en un calabozo.
—Puedes llamarme como quieras si eso te hace sentir mejor, pero tu querido Mason no tuvo ningún reparo en venir a buscarme a escondidas cada vez que te visitaba.
No dejaba de decir que eras una frígida en la cama y que tenía que acostarse conmigo para quedarse satisfecho antes de verte.
Deberías agradecerme que hayáis durado tanto tiempo.
Si alguna vez pensé que Susanne tenía un alma negra, ahora solo pensaba que estaba profundamente podrida.
Aceptaba que verme como una rival invencible podía haber surtido en ella ese rencor al hecho de no poder soportarme, pero intentar hacerme daño a través de mi vida privada, sobre todo cuando había dejado de ser una competidora al retirarme oficialmente de todas las competiciones y siendo más que consciente del motivo por el que lo había hecho, hacía que me resultara aún más incomprensible aquel comportamiento.
Quizá no había nada que entender, simplemente ella era así y solo ahora me daba cuenta de que sus límites no tenían ningún tipo de pudor o razón de ser.
—Debe ser absolutamente denigrante tener que conformarte con las migajas ¿no?
—esbocé mostrando una sonrisa irónica—. Definitivamente tiene que ser difícil aceptar que siempre voy a estar por encima de ti y que por mucho que lo intentes, nunca vas a superarme —arremetí alzando el mentón y comprobé como el gesto de satisfacción en su rostro cambiaba por completo.
El enfado, la irritación y la rabia traspasaban sus ojos.
Noté como daba un paso hacia mí y trataba de intimidarme, ni siquiera sé como fui capaz de mantener la calma, de no empujarla para alejarla pese al rechazo que su simple presencia me generaba.
—Tal vez puedas engañar a los demás con ese aspecto de mosquita muerta, pero a mí no.
Siempre con esos aires de magnificencia, llevándote absolutamente todo como si el mundo te lo debiera por el hecho de ser tú.
Incluso papaito te ha encontrado al mejor surfista disponible, ¿No te has preguntado porqué está aquí?
, ¿Tan estúpida eres? Será mejor que no te hagas a la idea de competir con él porque alguien como Max nunca está dispuesto a perder —afirmó con verdadero odio en sus palabras.