26
Perder el equilibrio contigo
Océane
Prefería ocupar la mente en lugar de quedarme en casa con la tentación a un paso de distancia, así que me presenté en el restaurante de los padres de Alana para ayudar de forma improvisada.
—¿Vas a contarme que te pasa? —preguntó mi amiga en cuanto me ofreció el delantal para colocármelo a la cintura.
—Necesitaba salir de casa —afirmé en voz baja y ella empezó a colocarme el bolígrafo, la libreta de anotaciones para las comandas y la pequeña tablet donde estaba el menú.
—Pensé que tras el viaje a Brisbane, Kingsley y tú podríais haber limado asperezas —comenzó a decir de forma serena—. Ya sé que no le soportas y que te parece un egocéntrico, pero creo que…
—¡Me he acostado con él! —gemí casi en un susurro para que solo ella pudiera escucharme.
Durante varios segundos comprobé como Alana se quedaba callada, tal vez porque su cerebro aún intentaba procesar lo que acababa de confesar.
—¿Qué has hecho, qué? —exclamó realmente sorprendida.
Cerré los ojos y me llevé una mano a la frente mientras me daba la vuelta y salía por la puerta hacia la terraza. Afortunadamente aún faltaban diez minutos para el horario de apertura por lo que no había ningún cliente y las mesas ya estaban preparadas.
—El jueves por la noche fui a casa de Mason para sorprenderle, pensaba pasar la noche en su casa antes del reportaje al día siguiente, pero evidentemente la sorprendida fui yo.
Le pillé liándose con Susanne en su propio apartamento, puedes imaginar el resto…
—dije sin querer dar demasiados detalles porque el simple recuerdo me provocaba ardor de estómago.
—¿Susanne? No sé porqué no me sorprende… ¡Será zorra! —exclamó Alana cruzándose de brazos—, ¿Y como puede hacerte Mason algo así?, ¡Menudo cabrón!
—Evidentemente no parecía ser la primera vez, pero lo que haga ella no me interesa, es Mason quien me engañaba, manipulaba y coaccionaba, esa noche vi realmente quien era de verdad y de no ser por Kingsley ni siquiera sé como habría podido salir de allí.
Acabé confesándole las cosas horribles que Mason había dicho de mis amigas, los planes a los que quería someterme y que a pesar de ser reticente a ellos estaba dispuesta a aceptar para no perderle.
Las veces que había tenido comportamientos abusivos pero que después se mostraba como alguien dulce y comprensible.
Me sentí tan asqueada, culpable y estúpida que no pude evitar que se me escaparan las lágrimas.
Alana se acercó hasta mí y colocó su mano sobre mi hombro.
—¿Estás bien? —preguntó como lo haría solo una buena amiga.
—Ni siquiera sé como sentirme —afirmé—. No sé si me acosté con Kingsley por pura venganza hacia Mason, o porque he querido negar todo este tiempo que sentía una atracción inevitable. La cuestión es que de un modo u otro, no dejo de sentirme culpable.
—No deberías sentir culpa por acostarte con un chico que te atrae físicamente, da igual si fue por un acto de despecho o porque te apetecía. Solo fue sexo, no deberías pensar demasiado en ello.
—No lo entiendes… —gemí con un nudo en la garganta porque incluso yo misma no deseaba admitirlo.
—Sí que lo entiendo. Él era quien estaba ahí en un momento de debilidad en el que te permitiste caer.
Es tu compañero. Pasáis demasiadas horas juntos.
Después de lo que ocurrió entre vosotros es normal que la relación se haya vuelto algo extraña, pero no deberías preocuparte por maxi-pibón, dudo que se tome en serio lo que ocurrió. Es un ligón innato.
—¡El problema es que me gustó! —confesé, completamente avergonzada—.
Y entrenar hoy con él ha sido un completo infierno.
Cada vez que estoy cerca de Kingsley no puedo dejar de pensar en lo que pasó.
Y lo peor es que mientras una parte de mí siente repulsa, la otra solo ha deseado constantemente que vuelva a suceder.
Alana abrió los labios como si fuera a decir algo y después los cerró abruptamente.
—Entonces… ¿La culpa que sientes es por que él te gusta? —preguntó finalmente.
—No me gusta. Admito que está bueno y que siento atracción hacia él, pero no me gusta —afirmé con la necesidad de ser convincente—. Ni siquiera yo me entiendo… —Dejé escapar un pequeño grito de agonía.
Alana se colocó a mi lado y pasó su mano por mis hombros para pegarme contra ella en una especie de abrazo.
—Creo que te has pasado tanto tiempo deseando no sentir atracción por Max que ahora te pesa la culpa.
Míralo por el lado positivo ¿Qué mejor que el sexo desenfrenado y sin compromiso para hacerte olvidar al capullo de Mason?
Es evidente que entre vosotros jamás habría algún tipo de sentimiento de por medio ¿Por qué no lo aprovechas?
¿Aprovecharlo?, ¿Iba en serio? Ciertamente no lo había analizado con un pensamiento lógico y distante.
¿Podría tener razón? Tal vez necesitaba pensar en ello desde otro enfoque.
Cambiar el recuerdo de todo lo vivido por Mason por otro rostro, otra piel y otra historia que no me exigiera promesas o explicaciones, que simplemente me hiciera vivir el presente sin pensar en nada más, sin proyectar algo que no iba a tener lugar.
¿Era eso lo que quería?, ¿Lo que necesitaba? Definitivamente en ese momento lo único que deseaba era no pensar en Mason y en Susanne revolcándose en aquel apartamento porque la repugnancia de saber que había estado dispuesta a dejarlo todo por él me provocaba verdaderas arcadas.
¿Cómo es posible que hubiera estado replanteándome seriamente la posibilidad de casarme con él?, ¿De ser la madre de sus hijos?, ¿De conformarme con aquello que estaba dispuesto a darme como si fuera la mujer más afortunada del planeta?
En ese instante me sentía como una completa idiota, sobre todo porque había tenido las señales delante de mis narices y había decidido hacer oídos sordos a ellas, mirar hacia otro lado y convencerme de que su modo de actuar siempre fue pensando en mi bienestar y no en su egoísmo de aislarme tanto de mis amigas como de mi familia para poder manipularme y precisamente creer que yo le importaba.
Me sentía frustrada. Enfadada. Cabreada.
Y aunque gran parte de ese estado de ánimo era lo que me había llevado a pasar la noche con Kingsley, no podía menospreciar la idea de que ya sentía esa atracción por él durante los últimos días.
Incluso sería una necia si no admitiera que me había sentido atraída hacia él desde el primer día, pero lo había rechazado abruptamente al percibir que era un tipo arrogante y adulador.
—Creo que la situación entre Kingsley y yo ya es lo suficientemente complicada como para añadir una especie de relación sexual esporádica entre nosotros —afirmé acercándome a una de las sillas y apartándola para sentarme—. No, gracias.
Alana se encogió de hombros y se colocó en la silla que tenía frente a mí.
—¿Y qué piensas hacer?
—Probablemente esperar a que se me pase el calentón y evitarle todo lo posible, aunque mi día consista en pasar el noventa por ciento del tiempo a su lado.
—Definitivamente no te envidio.
—Pensarás que soy una hipócrita. Después de hostigarte para que no te acostaras con él cuando yo misma lo he hecho.
Alana resopló y se dejó caer en la silla.
—Creo que eres muchas cosas, pero precisamente hipócrita no está entre todas las cualidades con las que te definiría. Aunque reconozco que siento un poco de envidia y estoy reprimiendo mis ganas de conocer los detalles.
Los primeros clientes comenzaron a llegar y no volvimos a hablar del tema, pero mientras servía las comandas y limpiaba las mesas, no dejaba de pensar en lo que mi mejor amiga me había dicho.
Lo último que deseaba en aquel momento era adentrarme en una relación sentimental de cualquier tipo, pero con Kingsley no existía esa posibilidad, ¿Verdad?
Él mismo lo había reconocido días antes y, aunque aquel pensamiento no dejaba de perforar una y otra vez mi cerebro con la idea de buscar un hueco en el que quedarse, deseché por completo la idea al parecerme completamente descabellada y fuera de lugar.
Había sido una vez. Una única vez. Y así debía seguir siendo.
Alana me convenció para que fuéramos a tomar unas cervezas a Jame´s, el pub de siempre y encontramos a nuestras amigas que acababan de conocer a un par de surfistas que estaban en Noosa como turistas.
No pude evitar que mis ojos buscasen arduamente por todo el local un rostro concreto y, cuando no lo encontré, no sentí el alivio que pensé que sentiría.
¿Estaría en casa?, ¿Tal vez tenía una cita con otra chica?, ¿Podría estar en otro pub? Mi mente no dejaba de pensar en todos los escenarios posibles mientras uno de los chicos, Tom o quizá se llamaba John, ni siquiera lo recordaba, no dejaba de hacerme preguntas.
—¿Entonces eres surfista profesional? —insistió porque Rachel le había comentado que había ganado algunos campeonatos.
—No —negué con bastante desinterés hacia el chico en cuestión.
Podía ver su interés, pero definitivamente no era recíproco en absoluto a pesar de que era guapo.
Me había sentado en un ángulo de la mesa desde el que podía ver perfectamente la entrada, así que no me pasó desapercibido el momento en que Susanne llegó junto a un par de chicas.
Aparté la vista como si no me importara su presencia, como si realmente me diera igual que compartiera el mismo espacio, aire y circulo de conocidos conmigo. Al menos era lo que pensaba hasta que Kingsley apareció diez minutos después completamente solo y fue directamente a saludarla.
Por mucho que quisiera centrarme en la idea de que no tenía ningún derecho a sentir celos, rabia o el cabreo monumental que amenazaba con incendiarme, lo cierto es que sentía todo aquello junto amasándose en mi interior con la intención de vomitarlo a bocajarro y sin reservas, sobre todo, cuando la sonrisa complaciente de Susanne solo demostraba una vez más que aquella chica estaba creada a base de codicia y envidia.