La Teoría de las Olas Cruzadas 25
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Tu nombre sabe a sal

Océane

De pequeña aprendí que cada ola que te derriba, te enseña como volver a levantarte y quizá por ese motivo no me marché en aquel instante, sino que acepté esa parte de mi cerebro que me incitaba a quedarme, a saborear un poco más aquel placer descubierto e interpretar mucho después la agonía de su ausencia.

El agua de la ducha que apenas lograba acogernos a ambos, se llevo los restos de sal y arena, pero lo que estaba segura de que no podría borrar eran las huellas sus manos en mi cuerpo y el modo en que habíamos tenido sexo frenético.

Tenía intención de coger una toalla, envolverme y regresar a por mis cosas en la camioneta para entrar en casa, pero antes de que pudiera secarme, Max me agarró de la cintura y me colocó sobre la encimera del lavabo, pude leer por la oscuridad de sus ojos que lo consumía lujuria, como si el mismísimo pecado carnal estuviera a punto de arrastrarme a su lado.

—Debería irme —murmuré sintiendo que mis labios se entreabrían y sentían la necesidad de ser besados de nuevo.

—Si quisieras irte ya te habrías marchado —susurró abriendo mis piernas para meterse entre ellas.

No necesité bajar la vista para notar su notable erección porque rozaba mi muslo, pero lo hice cuando vi que él se inclinaba sobre mi para poner la boca en mi esternón, justo entre mis pechos y bajar con su lengua lentamente hasta llegar al clítoris, donde saltó a mi muslo izquierdo y estuvo jugueteando una y otra vez con la intención de darme placer mientras me estremecía.

Aquello se volvió una tortura, tan excitante como flagelante ya que jugaba a darme placer para después arrebatármelo hasta que estuve a punto de enloquecer y acabé gritando de nuevo su nombre.

El segundo orgasmo llegó casi de inmediato.

Ni siquiera me había repuesto de él cuando mis pies volvieron a tocar el suelo, me giró hacia el espejo y me penetro desde atrás en un solo movimiento.

Estaba aún tan excitada que se deslizaba a través de mis piernas con una facilidad plausible.

Mis ojos estaban clavados en los suyos a través del espejo, sus manos me sujetaban las caderas para envestir una y otra y otra vez sin cesar, sin apartar la mirada, devorándonos a través de ella como si fuera un pacto silencioso.

Vi su rendición. Vi como aquella corriente de ardor nos atravesaba mutuamente hasta dejar el tiempo suspendido y que solo importara aquel instante. Y fue en aquella mirada sostenida donde tuve el orgasmo más intenso de mi vida con una plenitud difícil de nombrar.

Me quedé sin fuerzas, sin control, sin decisión, sin saber siquiera como había sido posible, pero tenía la certeza de que él me sostenía entre sus brazos con firmeza, como si mi propio cuerpo reconociera que Maximilian Kingsley jamás me dejaría caer.

Y por sorprendente que pareciera, la idea me agradaba a pesar de que sabía perfectamente que con un tipo como él solo se podía correr en dirección contraria.