24
Dejar de fingir que no lo sientes
Océane
El contacto con su boca fue como una tormenta que rompía contra el mar avivando el oleaje, rompiendo una costa que llevaba años resistiendo. Aquella rabia, frustración y atracción que había intentado ignorar cada vez que estaba cerca de él, chocaron dentro de mí devastando todo a su paso.
Su respuesta me hizo gemir y abrí mi boca percibiendo como su lengua devoraba la mía con un salvajismo sin precedentes, como si quisiera adueñarse de cada recóndita parte a la que pudiera tener acceso.
Y aquello era lo que necesitaba en aquel momento. Alguien que arrasara con cada pensamiento de mi cerebro y me devolviera a ese instante de puro deleite. Gemí en sus labios sintiendo que un simple beso no bastaría para calmar aquel apetito insaciable. Quería más. Anhelaba más. Necesitaba más.
Así que le besé como si quisiera demostrar algo. Como si quisiera ganar. Como si aquella fiereza fuera otra batalla más entre nosotros en la que ninguno estaba dispuesto a perder.
Sus manos rodearon mi cintura y me apretaron contra él haciendo que sus labios se movieran con mayor intensidad.
Mordí su labio y sentí como gemía bajando sus manos hasta mis glúteos para hundir sus dedos afirmando el evidente deseo que sentía ante aquel contacto.
Un reconocimiento silencioso que ninguno de los dos estaba realmente controlando, sino que simplemente estaba siguiendo aquel instinto carnal que cobraba vida propia y en el que me dejaba avasallar.
Se incorporó sin necesidad de hacer ningún esfuerzo haciendo que permaneciéramos sentados el uno sobre el otro sin dejar de besarnos y mientras mis manos se hundían ahora libremente en su cabello sintiendo la humedad y la arena entre mis dedos, las suyas movieron mis caderas percibiendo la protuberancia que había entre sus piernas.
La realidad fue abrumadora y me hizo apartarme rápidamente apenas unos centímetros de su boca, como si necesitara pensar realmente si lo que estaba haciendo era lo que quería o una simple reacción de venganza a la traición de Mason.
¿Lo deseaba?, ¿Quería aquello? Desde luego mi cuerpo lo ansiaba y muy probablemente en aquel momento necesitaba sentir que alguien me deseaba con la ambición que él parecía hacerlo.
—Esto no cambia nada —dije sin alejar mis manos de su cuello y con mis labios pidiendo ser besados por los suyos de nuevo.
—Has pasado de detestarme a besarme, diría que algo sí ha cambiado —murmuró sin apartarse—, pero hacerlo por despecho no va a hacer que te sientas mejor.
—Esto no tiene nada que ver con Mason —mentí descaradamente porque en realidad sí tenía mucho que ver.
Había estado frenando aquel deseo precisamente por él y ahora que no debía hacerlo, que podía dar rienda suelta a mi propio instinto, el fervor era demasiado incitante para negarlo.
—Si no tiene nada que ver con él vas a tener que admitir que te sentías atraída por mí mucho antes de verle con otra.
Hice el amago de apartarme, pero Kingsley me retuvo y una de sus manos se colocó detrás de mi nuca para obligarme a mirarle.
—La atracción física no tiene nada que ver con el hecho de que siga detestándote —escupí siendo consciente de que estaba confesando que él me atraía.
—Coincido plenamente en ello —respondió antes de lanzarse de nuevo a mis labios haciendo que él acallara uno de mis jadeos por la intensidad con la que me atrapaba con los suyos.
Rodamos de manera que volví a tener la espalda contra la arena, solo que en aquella ocasión Kingsley se colocó entre mis piernas y la dureza de su erección era demasiado placentera como para no desear que me colmara de placer.
Sus manos viajaron hacia mis pechos sin dejar de besarme.
Los acogió entre sus dedos por encima del sujetador de encaje y después, fue bajando por mi cintura haciendo que aquella tormenta que se había desatado en mi interior con el primer beso se volviera un huracán destructivo del que solo él podía rescatarme.
Noté como me alzaba sobre él levantándome de la arena y adentrándonos en el agua.
Ni siquiera el frescor de la noche que había hecho bajar la temperatura lograría enfriar aquel volcán que resurgía en mi interior.
El agua limpió cualquier rastro de arena y sentí como su boca se apartaba de al mía para deslizarse hacia mi cuello y deleitarme con un rastro de besos mientras inevitablemente mi cuerpo se pegaba al suyo atraída como un imán al que le es inevitable resistirse a la fuerza que lo llama.
Sentía el calor de su presencia envolviéndome y, mientras continuaba descendiendo dejando una ristra de besos a su paso, percibía que todo a nuestro alrededor desaparecía.
Solo su respiración en mi piel y esa extraña certeza de que, sin importar cuanto intentara mantener la distancia entre nosotros, aquella firme atracción era real, plausible y tangible.
En el momento que noté su boca sobre uno de mis pezones gemí y un instante después mis pechos se deslizaron fuera del sujetador haciendo que él se introdujera uno de ellos en la boca.
Grité de placer sin importarme o no que alguien pudiera escucharnos. Vernos. Espiarnos. Simplemente me agarré a él para sostener mi cuerpo ante aquel placer que él ejercía y aún más cuando una de sus manos se deslizó por el interior de mis muslos abriéndose paso bajo el agua.
Sus dedos me acariciaban conforme su boca me deleitaba y en cuanto introdujo uno de sus dedos en mi interior, clavé mis dientes en su hombro derecho sintiendo una necesidad imperiosa de sentirle dentro de mí allí mismo, como si mi juicio se hubiera ido al diablo y no me importara nada más que aquel instante.
—¿Es esto lo que quieres? —gimió mientras añadía otro dedo al anterior y se deslizaba hacia mi interior con suavidad, en un ritmo suave que no tuvo nada que ver con la forma en la que volvió a poseer mi boca.
Me froté contra él como si mi propio movimiento ayudara a que no dejara de mover su mano, pero detuvo su movimiento y yo lo reclamé como un aullido de lamento.
—Responde —murmuró con la voz ronca rozando mis labios.
—Si —dije volviendo a frotarme contra él sintiendo que iba a volverme loca sino continuaba excitándome.
—Dilo —susurró—. Dí que es lo que quieres de mí.
Cerré los ojos mordiéndome el labio, siendo consciente perfectamente de las palabras y consecuencias que implicaba lo que estaba a punto de decir y, aún así, era lo que deseaba con fiereza en aquel momento.
—Quiero que me folles —dije sin reservas—. Solo una vez. Solo esta noche. Y cuando acabe ninguno de los dos volverá a hablar de esto. Fingiremos que no ha sucedido.
—¿Es realmente lo que quieres? —insistió como si necesitara estar seguro de mi respuesta.
Deslicé mi mano por encima de su ropa interior y toqué la prominente erección comprobando por mí misma el tamaño que tenía.
—¿Es lo que quieres tú? —gemí provocándole.
—Creo que es más que evidente lo que quiero, pero no se trata de mí, sino de ti. No soy bueno para ti, Océano. Así que no vas a obtener de mí ninguna fantasía romántica.
—Serías el último tío sobre la faz de la tierra con el que desearía tenerla —esbocé siendo práctica.
Definitivamente podía desear acostarme con él, pero jamás tener algo más allá del sexo.
Kingsley no era el perfil de chico que entraba en mis ideales, aunque tampoco lo había sido Mason y creía que podía ser el hombre con el que compartiría el resto de mi vida.
Quizá la culpa había sido mía por no haber visto las señales, por desear aferrarme a alguien que era completamente opuesto a todo lo que yo amaba en la vida.
—Eso ha sonado sorprendentemente ofensivo —agudizó sin soltarme.
—Y aún así sigues aquí, tal vez no estas tan sorprendido.
Esbozó una sonrisa baja, incrédula.
—La única razón por la que sigo aquí es porque te deseo de un modo desquiciante y la única forma de acabar con ello es haciéndote mía.
La confesión me hizo arder hasta el punto de desear con desesperación que me poseyera.
Paseé mi mano por el borde de la cintura donde estaba el elástico de su ropa interior y luego moví los dedos hacia arriba, tocando cada músculo definido de su abdomen y sintiendo como mi cuerpo se estremecía ante aquel contacto, percibiendo la necesidad y apetencia por devorarlo.
—¿Y a qué estás esperando?
—Tú lo has pedido, Océano. Si solo será esta noche, haremos que sea memorable.
Agarró mi mano y estiró de mí para salir del agua con paso firme, sin detenernos hasta llegar de nuevo a mi casa, donde pasamos de largo por la camioneta y se dirigió directamente hacia la caseta del jardín.
Entramos completamente a oscuras, pero Kingsley no se molestó en darle al interruptor para llenar aquel espacio de luz, sino que tras cerrar la puerta, se colocó detrás de mí y sentí como sus manos se paseaban por mi cuerpo, deslizándose desde la cintura hacia arriba a la vez que su boca colmaba de besos mi cuello.
Jadeé atrapada entre aquellas caricias, obligándome a morderme el labio para no gritar de agonía.
Escuché como el encaje cedía y segundos después el sujetador caía al suelo hecho trizas antes de acoger de nuevo mis pechos entre sus manos.
Giré levemente el rostro y él atrapó mi boca con premura, a la par que pellizcaba uno de mis pezones y yo gemía.
Me moví contra el sintiendo la necesidad de frotarme contra su erección, de sentirla, palparla y tocarla.
Podía percibir su deseo en mi piel, el apetito carnal consumiéndonos en aquel momento, y como si hubiera leído mis propios pensamientos, metió una de sus manos bajo mis braguitas de encaje haciendo que sus dedos se hundieran de nuevo en mi interior.
—Joder… —gimió en mis labios volviendo a atraparlos.
Jadeé en su boca abriéndome para él, permitiendo que se adentrara todo lo que quisiera y llevé mis manos hacia atrás para deslizarlas en su ropa interior recorriendo con mis dedos su carne.
Instantáneamente dejó de acariciarme el pecho para sostenerme de la cintura y alzarme, avanzando sin dejar de besarnos, sin dejar de hundir sus dedos dentro de mi conforme gemía en su boca y cuando mis pies volvieron a tocar el suelo me di cuenta de que estábamos en la habitación, concretamente en la zona más oscura donde la luz que atravesaba la ventana no llegaba a cubrir.
Escuché el sonido del cajón y vi como se llevaba el envoltorio del preservativo a la boca para escupir al suelo la parte rasgada.
Ni siquiera apartó la mirada de mi conforme se lo ponía, en ese momento me sentí como una presa acorralada a punto de ser mordida, solo que no tenía miedo, sino una irrefrenable necesidad de ser mordida, poseída, marcada.
Dio un par de pasos hacia mí, provocando que mi espalda tocase la pared que dividía la habitación del baño y colocó sus manos en mis braguitas, haciendo exactamente lo mismo que con el sujetador, como si sintiera satisfacción de romperlas, aunque en aquel momento no me importara.
—Di mi nombre.
—No —negué percibiendo esa sequedad en la garganta que solo muestra el deseo ferviente ante la anticipación del placer que aguarda.
—Dilo —jadeó acercando su boca a mi cuello y logrando que emitiera un pequeño gemido ante el roce.
Podía sentir su erección rozando mi entre pierna, el ardor porque se adentrara y me poseyera en todos los sentidos.
—Voy a follarte hasta que olvides absolutamente todo salvo mi nombre. Así que dilo, Océano.
Sentí como aquellas palabras intensificaban el fuego que ya ardía en mi interior y alimentaban aquel anhelo que me consumía.
—No me llamo Océano —contesté con la voz medio rota por la sequedad.
—Tus ojos son el único lugar donde las mareas serían capaces de obedecer a la luz.
He querido perderme en ese abismo azul del que nadie desearía escapar desde la primera vez que los vi.
—Se acercó lo suficiente para que notase su respiración, el ascenso de su pecho rozándome cada vez que inspiraba, el silencio que nos envolvía cargado de la tensión que atenazaba con destrozarnos.
Algo en mi interior se deshizo, como si sintiera que no necesitaba esconderme, protegerme o cubrirme ante él, tal vez porque por muy insólito que me pareciera, comenzaba a sentir que era la única persona capaz de verme.
Coloqué mis manos en sus hombros y acerqué mi boca a su oreja, rozando con mis labios aquella piel fina, sintiendo el calor de mi cuerpo pegado al suyo más que nunca.
—Maximilian Kingsley —susurré justo antes de morder el lóbulo y sentir como agarraba mis glúteos aplastando su cuerpo otra el mío conforme se abría paso entre mis piernas provocándome un deleite inaudito.
La firmeza con la que volvió a envestirme me hizo sollozar deseando rogar que continuase, pero ni siquiera hizo falta que lo hiciera porque nuestros cuerpos comenzaron a acoplarse encontrándose a mitad de camino, sintiéndose como dos piezas de un puzzle que finalmente encajaban.
Percibí como la tensión en mi interior crecía, aumentaba, se estiraba como una cuerda llegando a su límite antes de romperse.
Cada respiración parecía más corta según el ritmo de sus envestidas, nuestros gemidos se acompasaban al igual que lo hacían nuestros movimientos y todo a mi alrededor se reducía a aquel instante en el que estaba literalmente a su merced, sin importarme nada que no fuera él.
La sensación ascendía como una ola a punto de surfear, ese momento de intensidad y nerviosismo imparable, recorriéndome por dentro con la promesa de llegar a la cima y colmarla.
Me lancé a sus labios con salvajismo, con posesión, quería tener todo de él.
Quería sentirle en todas partes. Quería aún mas.
Y lo tuve.
Su boca poseía la mía mientras se hundía una y otra vez hasta que fue imposible contenerlo.
Sentí la sacudida dulce atravesándome de arriba abajo, deshaciendo cualquier resistencia, rompiendo cada recuerdo y enviándome a un lugar en el que el tiempo perdía forma y solo quedaba una intensa sensación de libertad, de plenitud, de absoluta calma.
Supe que los dos habíamos alcanzado el clímax al mismo tiempo cuando fui consciente de donde estábamos, de nuestros cuerpos encajados, de su piel tocando la mía, de sus manos sujetando todo mi peso, de su respiración agitada en mi cuello, del modo en el que no parecía tener intenciones de alejarse.
Y en ese momento descubrí lo que era el sexo de verdad. Lo que era sentir un placer tan exquisito que te hiciera olvidar todo lo demás.
Si. Puede que me hubiera acostado con una decena de chicos desde que perdí la virginidad, pero jamás había sentido aquel placer infinito que te dejaba con ganas de más.
Mucho más.