La Teoría de las Olas Cruzadas 23 #3
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—Nunca he tenido miedo al agua. Ni a caer de la tabla —sostuve a su lado mientras me pasaba una mano por la cara para quitarme las gotas que me caían en los ojos—.

A lo que realmente temo es al hecho de saber que no volveré a surfear con mi hermano, que mi vida prosigue sin él.

Que puedo hacer borrón y cuenta nueva en su ausencia.

Como si nunca hubiera existido —añadí en voz baja.

Pensé que guardaría silencio porque no sabría qué decir en aquella situación y quizá ese era el motivo por el que había sido incapaz de contárselo a alguien, incluso a Alana.

De hecho, ni siquiera sabía porque se lo estaba revelando al propio Kingsley, tal vez porque irónicamente él era el único que había visto ese lado frágil que me empeñaba en no mostrar.

—Nadie te ha pedido que le olvides, de hecho, creo que seria técnicamente imposible que lo hicieras —contestó con la respiración mucho más tranquila—, pero yo he visto como brillan tus ojos cuando estás en el agua y como cambia tu mirada cuando ves a otra persona surfear.

Noté como Kingsley se acercaba a mí, incluso noté su pierna rozando la mía.

—Quizá deberías temer más el hecho de olvidar todos los momentos que compartisteis. Llevarlos contigo sin permitir que te impidan seguir viviendo los que aún están por llegar.

—¿Y me lo dice alguien que no es capaz ni de tener una relación estable?

Vi que esbozaba una sonrisa.

—Bueno, teniendo en cuenta como ha acabado la tuya, coincidirás conmigo en que mis motivos tienen fundamento.

Me abalancé sobre él para hundirle y lo conseguí.

Antes de que saliera del agua emprendí el regreso hacia la orilla.

Casi la alcancé cuando enganchó mi pierna y me vi arrastrada hacia atrás.

Grité. Y después noté como me alzaba para lanzarme al agua, pero me encaramé a él y fue imposible que lo hiciera, por lo que ambos caímos.

Logré deshacerme de su agarre para escapar apenas unos pasos cuando noté que perdía el equilibrio y caíamos de nuevo, esta vez sobre la arena.

Kingsley me sujetó de ambas manos y rodamos hasta que se colocó encima de mí, inmovilizándome por completo para que no pudiera escapar de él.

Su peso impedía que pudiera hacer algún movimiento para invertir nuestras posiciones y cuando me cansé de intentar deshacerme de su agarre simplemente me detuve y le observé directamente a los ojos, siendo muy consciente de nuestra posición, de la cercanía y de que estábamos completamente solos.

—Ahora que lo pienso he llegado el primero a la meta, así que se supone que debo reclamar mi premio —dijo sin dejar de mirarme.

—Si no recuerdo mal, no se estableció ningún premio.

A pesar de la oscuridad, era capaz de ver el reflejo parcial de su rostro y su expresión de absoluta complacencia en aquel momento.

—En ese caso puedo elegir lo que me apetezca.

—Eso es jugar sucio —reprendí intentando mover los brazos a pesar de saber que no obtendría nada porque estaba a su completa merced.

Kingsley era más fuerte que yo. Más pesado que yo. Y aunque no quisiera admitirlo, su físico era demasiado imponente para poder competir con él. Solo que a diferencia de otras veces donde eso me desquiciaba, en aquel momento lo encontraba irresistiblemente placentero.

—No es mi culpa si no estableces antes las reglas —insistió inclinándose para reafirmar su postura y provocando que algunas gotas de su cabello cayeran sobre mi rostro.

—¿Y qué es lo que quieres? —exclamé alzando el mentón y acercando unos milímetros mi boca a la suya.

—Quiero una visita VIP por la ciudad. Conocer los rincones secretos que esconde esta ciudad, los lugares donde se come comida de verdad y las playas que solo los lugareños conocen.

—¿Y porqué quieres que sea yo quien te acompañe? —murmuré e instintivamente mis ojos se desviaron hacia sus labios.

Observé como dibujaba una medio sonrisa en la que se podía ver parcialmente sus dientes. Tenía que admitir que poseía una sonrisa perfecta, de esas que impactan o como podría decir Alana; te moja por completo las bragas.

Y en aquel momento agradecía que las mías estuvieran bañadas por el agua.

—Porque eres la única persona que no ha intentado sorprenderme desde que llegué, así que deduzco que no intentarás hacerlo —confesó incorporándose para quedarse a horcajadas sobre mis muslos y liberando por completo mis brazos.

Aproveché el momento para alzarme, colocarle las manos sobre los hombros y empujarle de tal modo que ahora fue él quien cayó a la arena, quizá porque no le dio tiempo a oponer resistencia o porque permitió que le venciera.

—Eso es porque no toleraba tu presencia. —Mis manos tocaban su abdomen, sentía su pecho subiendo y bajando e instintivamente las deslicé hacia arriba.

—Las personas suelen alejarse de aquello que no soportan —indicó estirando los brazos y colocándoselos bajo la cabeza—, y yo diría que en estos momentos estas haciendo justo lo contrario.

—Quizá sea porque en estos momentos solo hay una cosa que me interesa de ti —afirmé deslizando mis manos aún más en alto hasta rozar su cuello y dejar que mi cuerpo entrara en contacto con el suyo.

Noté como su expresión cambiaba, pero antes de que pudiera decir algo más, me lancé sobre sus labios.