23 #2
En ese momento sentí que algo había cambiado entre nosotros.
Quizá no era solo porque hubiera dejado lo que estaba haciendo para venir a por mí y encararse con Mason en aquel momento de necesidad cuando ni yo misma era capaz de gestionar mis emociones, sino todas esas veces en las que había mostrado un lado de él mucho más cercano, afable y comprensivo muy distinto al que dejaba ver el resto del tiempo.
Retomamos la ruta hasta casa y la mayoría del tiempo estuvimos hablando de música o surf, hasta que vi el cartel de Noosa dando la bienvenida a la ciudad.
—Te agradecería que no comentaras nada de lo ocurrido a mis padres. Preferiría ser yo misma quien les dijera que mi relación con Mason ha acabado.
—No hay problema —contestó enseguida.
—Gracias —admití no solo porque guardara silencio, sino porque realmente no sabía o más bien no quería pensar en como hubieran acabado las cosas si él no hubiera aparecido en aquel momento.
De pronto sentí que la figura de Reef me faltaba más que nunca y ya no veía con tanto odio que Kingsley hubiera ocupado gran parte del espacio que pertenecía exclusivamente a mi hermano.
La camioneta, la caseta del jardín, mi círculo de amigos, la tabla, los entrenamientos, las carreras, los patrocinadores… quizá porque era muy consciente de que él no era Reef y que me sentía de un modo muy diferente a su lado.
Quizá lo detestaba el noventa por ciento del tiempo. No le soportaba, me exasperaba y su ego tenía dimensiones colosales que no tenía ninguna intención de incrementar, pero no podía negar que un surfista extremadamente bueno y que, como compañeros sobre la tabla, éramos capaces de funcionar.
—No tienes porqué dármelas. Es tu vida y también son tus decisiones, no tengo porqué entrometerme en ellas.
—¿Ahora has decidido no entrometerte? —exclamé sorprendida.
—Si me hubiera entrometido, le habría partido la cara a ese tío y ahora estaría sacando cita con el dentista para los implantes. Así que no. Te aseguro que no me he entrometido.
El tono de seriedad en el que había mencionado aquello me hizo saber que hablaba muy en serio y estaba muy segura de que habría sido capaz de hacerlo. ¿No estaba precisamente allí en Noosa porque le habían expulsado de la competición tras agredir a otro competidor?
Y siendo sincera no es que me disgustara la idea de que le hubiera dado una paliza a Mason tras lo sucedido. El simple hecho de recordar la imagen de él con Susanne me revolvía el estómago y sentía unas nauseas irrefrenables.
¿Habría sido la única con la que me había engañado? Lo dudaba… incluso empezaba a replantearme si todas esas veces en las que se habría ido a conferencias o tenía reuniones que no podía eludir con socios importantes los fines de semana serían una simple excusa.
—¿Por qué le pegaste a ese competidor? —pregunté sabiendo que quizá era una pregunta que estaba fuera de lugar.
Era pasada la media noche, así que las calles de la ciudad estaban tranquilas, sobre todo las zonas alejadas del centro.
—Competía de forma desleal, intentó tirarme de la tabla un par de veces, supongo que hice exactamente lo que él esperaba puesto que a mí me sancionaron y él quedará entre los finalistas de la competición.
—¿Por qué no lo expulsaron también a él?
—Deduzco que querían dar ejemplo únicamente conmigo después del revuelo que se formó en redes.
Las luces del coche iluminaron la casa y Kingsley giró a la izquierda para aparcar en la entrada. En el momento que apagó el motor y nos quedamos a oscuras, el silencio invadió todo el habitáculo.
—¿Y te molesta más la sanción o que él pueda salirse con la suya? —pregunté sin apartar la vista de él.
Las luces de casa estaban apagadas, así que la única claridad provenía de la luna, pero aún así su rostro estaba cubierto de sombras que bordeaban aquellos rasgos marcados y equilibrados al mismo tiempo.
—Lo segundo —admitió girándose hacia mí y en ese momento sentí que el espacio entre nosotros se volvía diminuto—. Es tarde. Deberías entrar y descansar, tu padre esperará que iniciemos el entrenamiento a las siete como siempre.
—Te recuerdo que tú también formas parte de ese entrenamiento —dije sin mostrar alguna intención de bajar.
—Pero a diferencia de ti, dormí anoche.
Para haber dormido realmente poco, no sentía el cansancio, quizá era la adrenalina o el cerebro a todo gas el que no permitía a mis músculos relajarse.
Abrí la puerta de la camioneta y di un salto, pero en lugar de coger mi macuto en la parte de atrás, simplemente deslicé mis brazos por la camiseta y me la quité para arrojarla hacia el interior bajo la insistente mirada de Kingsley.
—Está empezando a preocuparme lo mucho que pareces querer llamar mi atención —dijo conforme bajaba la cremallera de los pantalones cortos y me los bajaba para tirarlos junto a la camiseta.
—¿Nunca has salido a nadar con noche cerrada?, ¡El último que llegue a la boya pierde! —exclamé cerrando la puerta y sin esperar a que me respondiera, simplemente eche a correr hacia la playa cruzando la carretera descalza y pocos metros después comencé a sentir la arena en mis pies.
No miré hacia atrás para saber si Kingsley había decidido quedarse allí sentado o si realmente me seguiría.
Tal vez se limitó a reír, coger sus cosas e irse a dormir, pero en el momento que mis pies tocaron el agua fresca fui consciente de que el calor que sentía mi cuerpo no era por la temperatura, sino por la necesidad de que él realmente viniera.
Había hecho aquello cientos de veces con Reef, era nuestra tradición antes de un campeonato para aminorar los nervios de la competición o cuando alguno de los dos no podía dormir por algún motivo.
Apenas me llegaba el agua a las rodillas cuando escuché sus pasos fuertes rompiendo el oleaje y pasó rozando su brazo con el mío.
Instintivamente sonreí y después entré en la fase competitiva donde me lancé de cabeza al agua y comencé a nadar hacia la cadena de boyas de seguridad que limitaba el paso de los bañistas.
Nadé sin preocuparme de saber donde estaba él, simplemente acompasando la respiración y viendo el reflejo de la luna en cada nueva ola para meter la cabeza bajo el agua y que no me retrasara en alcanzar la meta.
En el momento que toqué la cuerda, comprobé que Kingsley estaba cerca, el único sonido que nos envolvía eran nuestras respiraciones agitadas y aquel oleaje incansable.
—¿Te da pánico subirte a una tabla, pero no salir a nadar en noche cerrada?