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Dejar de luchar contra la marea
Océane
Mi reflejo en el espejo no indicaba que previamente mis ojeras estuvieran pronunciadas o quedaran resquicios de los ojos hinchados por el llanto, sino que aquella capa de maquillaje lo había arrastrado consigo hasta hacerlo desaparecer.
Me habían dejado unas ondas surferas muy naturales, como si llevase el pelo besado por el mar y el bronceador suficiente para creer que llevaba todo el día en la playa.
El estudio ya estaba preparado cuando llegamos, por lo que Kingsley y yo solo tuvimos que colocarnos en el centro. Me sentía cómoda con el atuendo de pantalón corto y top deportivo de la marca. Kingsley llevaba una versión masculina mucho más ancha y neutra.
—Quiero ver vuestra química —dijo el fotógrafo que se había presentado como Lorenzo—. Que se note lo compenetrados que estáis como pareja —continuó.
Me acerqué hasta Kingsley y este rodeó con su brazo mi cintura, pero me quedé sin respiración cuando me pegó contra él y su nariz rozó mi cuello haciendo que me ladeara sutilmente.
—¡Bravísimo, Max! —exclamó el fotógrafo lanzando un par de disparos—. ¡Eso es!, ¡Quiero ver seducción!, ¡Química explosiva!, ¡Que cuando la gente os vea quede completamente hipnotizado! —continúo sin dejar de hacer fotos—. Max, ¿Puedes alzarla?
Lo hizo y yo ladeé el cuello aún más a la par que inclinaba la rodilla hacia un lado y abría los brazos como si fuera una pose artística.
—¡Me encanta! —exclamó el Lorenzo—. Eso es Océane, déjate llevar por él… inclina más el cuello. ¡Max, mira a la cámara!
Debió hacerlo, porque no dejaba de exclamar que le gustaba.
Hicimos varios portés que ya teníamos bastante ensayados, aunque no sobre la tabla.
Y nos cambiamos de ropa. Ahora llevaba una falda pantalón con un top mucho más escotado en color amarillo pastel, me favorecía por mi rubio natural y el bronceado aunque no sería la ropa que elegiría para un entrenamiento, era bastante cómodo.
Kingsley iba completamente de negro con una camisa ajustada y unos pantalones deportivos que le marcaban perfectamente los glúteos.
—Acercaros —mencionó Lorenzo tocándonos del brazo—. Quiero que os entrelacéis con los brazos y las piernas. Miraos el uno al otro, como si pensarais que el otro va a besaros en cualquier momento, pero sin llegar a hacerlo.
Miré instintivamente a Kingsley y sonrió. Yo arrugué la frente sin saber porqué le parecía divertida aquella situación.
—La gente pensará que hay algo entre nosotros… —murmuré.
—¿Y qué más te da lo que piensen? —contestó acercándome un poco más a él.
Realmente en ese momento me importaba muy poco la opinión ajena y si aquel reportaje fotográfico me preocupaba ligeramente por Mason y los rumores que podrían hacer correr, ahora anhelaba fehacientemente esos rumores.
—¿No hay nadie a quien le debas explicaciones? —inquirí volviendo a pensar en ese mensaje de una mujer que vi de su teléfono.
—Al único que debo rendir cuentas es a mí mismo —contestó acercándose lentamente y realmente creí que podría llegar a besarme.
Hasta que no oí la voz de Lorenzo no supe que solo se trataba de una interpretación ejemplar.
—¡Max, coloca tu mano en su cintura y ve bajando lentamente! —exclamó el fotógrafo—. Oceáne inclina la barbilla hacia arriba y deja que él se acerque a ti hasta rozar con su nariz tu cuello.
No hacía falta verme para saber la intimidad que suponían aquellas fotos, pero cuando Kingsley colocó su mano en mi trasero y no se limitó a rozar con su nariz mi cuello, sino que fingió morder mi mentón, sentí como me estremecía y no precisamente de frío, sino de un calor abrasador.
—¡Joder!, ¡Esto es fantástico! —clamó Lorenzo.
Quizá solo era una interpretación, quizá solo íbamos a mostrar algo que la gente desearía ver, pero no podía negar ese deseo que me había perseguido en las últimas semanas, esa atracción inmediata, ese ardor que nacía en la boca de mi estómago y se esparcía hacia el resto del cuerpo.
Sin culpabilidad. Sin sentirme mal por ello. Simplemente mi cuerpo reaccionaba a su roce y ahora no necesitaba cohibirme por ello.
Continuamos con la misma dinámica, incluyo llegaron a salpicarnos agua, hicimos varias fotos tumbados en el suelo o algunas posiciones de estilo clásico, pero en la última sesión Lorenzo sugirió quitarme la parte de arriba para darle protagonismo al pantalón en tonos fantasía.
Kingsley tampoco llevaba camiseta y la versión masculina era en varias tonalidades de morado oscuro.
Me coloqué de espaldas a la cámara hasta pegar mi pecho desnudo al suyo, sentí como mis pezones se erizaban inmediatamente ante el contacto y desde mi posición pude notar como su latido era acelerado.
—¡Bien!, ¡Ahora date la vuelta y que el brazo de Max te cubra. ¡Con estas habremos acabado!
Kingsley no hizo ningún movimiento, sino que esperó a que yo colocase mis manos para separarme de él y darme la vuelta.
Noté como él me protegía con su brazo delante de mis manos para que nadie me viera desnuda y en el momento que las dejé caer, pego su piel contra mi pecho y fue inevitable emitir un jadeo.
—Ese imbécil no tiene ni idea de lo que ha perdido… —murmuró cerca de mi oído e instintivamente pegué mi cuerpo contra el suyo.
Me mordí el labio al notar la evidente erección contra mis nalgas y sentía que todo mi cuerpo ardía en plena combustión.
En el momento que Lorenzo nos felicitó dando por acabada la sesión, me aparté rápidamente como si necesitara huir de su contacto con desesperación.
Me coloqué mi propia ropa detrás del biombo improvisado con todos los conjuntos que la marca nos regalaba para utilizarlos en nuestros entrenamientos y subirlos a redes.
Cuando salí, Kingsley estaba hablando con el fotógrafo y conforme me acercaba a ellos escuché que la marca tenía pensado sacar de forma precipitada las primeras fotos junto a la nueva colección aprovechando la noticia de mi regreso. Así que tardarían una o dos semanas en lanzarlas.
—¡Habéis estado fantásticos chicos! Es muy difícil conseguir que modelos no profesionales hagan lo que habéis hecho vosotros, pero ha sido muy fácil gracias a vuestra química.
Tengo muy buen material y por experiencia sé que en cuanto salgan estas fotos la próxima semana van a querer colaborar con vuestra imagen.
Os dejo mi tarjeta por si queréis que volvamos a trabajar juntos.
Después de aquello hicimos un par de entrevistas y sobre las ocho de la tarde pusimos rumbo de nuevo a Noosa haciendo un alto en una hamburguesería.
Había apagado el teléfono durante la sesión de fotos, así que en cuanto lo encendí comprobé que tenía cientos de mensajes sin leer de Mason y avisos de llamada, de hecho, mientras aún continuaba leyendo esos avisos, la pantalla se volvió negra porque él volvía a llamarme.
Puse el teléfono en silencio boca abajo como si no quisiera saber si continuaba insistiendo o no en hablar conmigo.
—¿Puedo preguntarte algo? —exclamé alzando la vista hacia él con la hamburguesa aún en mis manos sin probar bocado.
—Vas a preguntármelo independientemente de mi respuesta, así que adelante —contestó mientras le daba un mordisco de dimensiones generales a su hamburguesa.
—¿Te has acostado con Susanne? —pregunté sin rodeos y por su reacción supuse que parecía sorprendido.
Lo observé dejar la hamburguesa sobre el plato y coger una de las servilletas de papel para limpiarse.
—¿A qué viene eso ahora? —Sus cejas casi se habían unido ante su desconcierto.
—Dijiste que podía pedirte lo que quisiera cuando te gané en aquella carrera durante el cumpleaños de Rachel. No voy a juzgarte. Limítate a responder —afirmé sin dejar de mirarle.
—No —negó sin apartar su mirada—. No es mi tipo, aunque te parezca extraño.
La conocí por casualidad y enseguida se ofreció a enseñarme la ciudad, simplemente traté de corresponder esa afabilidad, después me acerqué a ella para tantear un poco cuáles eran sus intenciones desde que me dijiste que era tu mayor competidora.
Emití un chasquido y me dejé caer contra el asiento.
—Mason tenía una aventura con ella —solté como si necesitara confesarle a alguien lo que había visto con mis propios ojos, porque tal vez si lo decía en voz alta, asumiría que aquel afán de apoderarse por todo lo que yo tenía no era una simple invención—. Les sorprendí juntos en su casa.
No la culpabilizaba a ella, podría haberse insinuado las veces que quisiera, ir tras él o provocarle, pero había sido Mason quien aceptó acostarse con ella y meterla en su propia casa.
—No pareces sorprendida —contestó Kingsley y le miré directamente a los ojos.
—Quizá porque lo único que siento en este instante es decepción.
Y no precisamente hacia ellos, sino al hecho de no haber sido fiel a mí misma, de haberme dejado guiar por el miedo, la incertidumbre, la pérdida…
dos años completos. Veinticuatro meses en los que había detenido mi vida, mis metas, mis sueños.
Todo. ¿Por lo que creía que era amor real? , ¿Estabilidad?, ¿Seguridad?
Para terminar siendo la mayor farsa de mi vida.
—La decepción puede ser un punto de retorno o un punto de ruptura, solo debes decidir cuál eliges.
—Creo que dejé muy clara mi elección en el momento que me quité el sujetador para la foto.
Kingsley sonrió y vi como se pasaba la lengua por el labio. Quizá no era la primera vez que lo hacía, pero sí la que notaba aquel gesto seductor y atrayente.
—Y yo que pensaba que solo era para provocarme…
—murmuró justo antes de que nuestras rodillas chocasen, sin saber si lo hizo de forma intencionada o no, pero tampoco me aparté, como si hubiera decidido que no necesitaba huir más de su reconfortante contacto, ni sentirme culpable porque mi propio cuerpo reaccionara de aquella forma hacia él.