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¿En qué momento le había dejado pisotearme de aquel modo?, ¿Anular por completo mi decisión para imponer la suya? Yo no era así. Y, sin embargo, él había hecho que lo fuera, no solo sometiéndome a sus caprichos, sino además apartándome de todo mi círculo haciéndome ver que era lo que necesitaba.
—Pensarás que soy una imbécil —dije cerrando los ojos y dejándome caer hacia atrás.
Mis pies desnudos sentían el tejido de la alfombrilla rugoso y por algún motivo me sentí desnuda, frágil, como si hubiera perdido toda esa seguridad en mi misma que tenía cuando me calcé aquellos tacones.
—Pienso muchas cosas, pero no que seas imbécil, Océano.
Un esbozo de sonrisa salió de mis labios.
—¿No vas a preguntarme que ha pasado? —inquirí sin apartar la vista de él que parecía algo tenso y con la vista al frente fija en la carretera.
—No es asunto mío, pero tampoco puedo decir que me sorprenda lo que sea que haya hecho viniendo de un tipo como ese. Está claro que su intención es la de dominarte y someterte, lo que me sorprende es que le hayas permitido que lo haga.
«Él no era así» quise decir, pero en el fondo, ni yo misma me lo creía.
Simplemente había disfrazado aquella manipulación con el hecho de que era lo que necesitaba en ese momento y, ¿Realmente necesitaba alejarme de mi entorno?
, ¿De mis amigas?, ¿De todo lo que siempre había amado?
Hasta ahora creía que era lo que yo quería porque huir del dolor era la forma más fácil de soportar la ausencia de Reef, pero ahora ya no estaba segura de nada, ni siquiera sabía si aquella decisión era mía o el deseo de Mason constante con que dejara todo para iniciar una vida juntos hasta el punto de creer que aquello era lo correcto.
No supe que responder. Me quedé en silencio el resto del trayecto hasta el hotel y cuando Kingsley rodeó la camioneta para coger mi bolso, vi como su vista se quedaba fija en mis pies.
Sin decir nada, pasó mi mano por la cintura y me alzó entre sus brazos.
No es que no supiera que podía llevar mi peso con bastante naturalidad, de hecho cada día me sostenía una media de dos o tres horas si teníamos en cuenta todo el tiempo que entrenábamos, pero aquello me hizo ver que quizá no era el tipo de chico que había imaginado.
—No es necesario que cargues conmigo —dije mientras se dirigía hacia los ascensores sin saludar al mismo chico de recepción que nos había atendido pocas horas antes.
—No voy a dejar que camines descalza y darte la excusa perfecta para eludir el programa de mañana.
Empezaba a sospechar que aquello no era el verdadero motivo por el que me llevaba en brazos, pero ni siquiera decidí ir en su contra, en ese momento solo me apetecía hacerme un ovillo y desaparecer.
Me encerré en el baño cuando llegamos. Arrojando el vestido abotonado al suelo y duchándome otra vez para quitarme no solo la suciedad de los pies, sino la sensación de las manos de Mason por mis brazos o la cara.
Volví a ponerme el mismo conjunto de encaje dándome cuenta de que no tenía absolutamente nada que pudiera usar como pijama. Estaba en un momento donde el pudor era el último de mis pensamientos, así que abrí la puerta y salí en ropa interior.
No era la única, Kingsley también estaba vestido únicamente con unos boxer negros dejado caer sobre una de las camas.
—Si te sientes más cómoda, puedo preguntar si hay disponibilidad de otra habitación.
—Si no te importa me sentiría más segura estando aquí —admití sin querer afirmar que en ese momento la idea de que Mason lograra encontrarme o tener que confrontarlo me aterraba.
Quizá necesitaba procesar lo que acababan de ver mis propios ojos, la realidad a la que había estado completamente ciega o el hecho de que esos dos años de relación eran una completa farsa.
Kigsley se alzó y rebuscó entre su bolsa, lo vi sacar una camiseta que ya le había visto en algunas ocasiones, pero no esperaba que me la ofreciera.
—Mientras estes conmigo, no voy a dejar que se acerque a ti —murmuró rozando sus nudillos con los míos y yo cogí la prenda para pasármela por la cabeza. Era lo suficiente ancha y larga para cubrirme hasta el filo de las nalgas.
—Gracias —afirmé teniendo que apretar los labios para no dejar que mi voz se rompiera.
Kignsley apagó la luz, yo me metí en la cama y me encogí abrazando la almohada sin dejar de repetir una y otra vez la misma escena en mi cabeza.
Mason me había engañado y no precisamente con cualquier mujer, sino con Susanne, a pesar de saber la rivalidad que siempre existió entre nosotras.
El sentimiento de traición se fue volviendo animadversión hasta que en algún punto de la noche me quedé completamente dormida justo antes de pensar que no iba permitir que ninguno de esos dos desgraciados se saliera con la suya; ni abandonaría el surf, ni dejaría que Susanne se proclamara campeona.
Y daba igual si era orgullo, necesidad de venganza o simplemente demostrarme a mí misma que no pensaba dejar que aquello me afectara, pero sí tuve claro en cuanto abrí los ojos que no iba a derramar ni una sola lágrima porque ni siquiera las merecía.