22 #2
Mason le dio al interruptor y todas las luces se encendieron, pero fue ella quien me vio primero y gritó. Estaba segura de que no lo hizo porque la hubiera pillado infraganti con mi novio, sino porque ninguno se esperaba verme allí.
¿Me dolía más que Mason me engañara?, ¿O que probablemente lo llevase haciendo demasiado tiempo cuando la que estaba a su lado era Susanne? Podía esperarme algo así de ella, por supuesto que no lo ponía en duda, pero no de él.
Me levanté sintiendo rabia, notando como las lágrimas querían escapar de mis ojos, pero no pensaba derramar ni siquiera una.
—No es lo que parece —dijo Mason con una voz calmada, solo sus manos temblaban.
—Creo que es exactamente lo que parece —contesté sin mirar a Susanne.
—Bueno. ¿Y qué? Es sexo. Solo follar. ¿No esperabas que estuviera esperándote toda la semana sin más? Soy hombre y los hombres tenemos necesidades que cubrir a diferencia de vosotras.
De todas las excusas posibles, que lo admitiera casi parecía lo menos irónico, pero que encima tratara de insultarme y hacerlo parecer razonable, rozaba el límite.
Llevaba dos años saliendo con él donde solo nos veíamos los fines de semana, acababa de soltarme en toda mi cara que se acostaba con otras mujeres mientras estaba a su vez conmigo. La repugnancia me recorrió de un modo tan aplastante que casi sentí las arcadas.
—Vete a la reverenda mierda, Mason —dije caminando hasta la silla donde había dejado mi bolso para largarme.
Observé que Susanne se quedaba completamente callada y ligeramente apartada de nosotros.
¿Es que no le satisfacía saber que los había pillado?
, ¿Tal vez era más emocionante saber que era una cornuda y regodearse a mis espaldas de ello?
Sinceramente ni me importaba, simplemente me daban asco los dos.
—No. Espera. No te vas de aquí —soltó impidiéndome el paso—. Tú, lárgate.
—¿Y donde quieres que vaya a estas horas? —exclamó dejando claro que pensaba pasar la noche allí, en la misma casa donde Mason pretendía que me fuera a vivir, en la misma cama donde él y yo nos habíamos acostado numerosas veces.
—Y a mí que me importa. Eres una puta, pues actúa como tal y búscate la vida.
Que la tratara de aquel modo no me hizo tener mas piedad de ella, pero sí que comprendí en ese momento lo absolutamente estúpida, ciega e inepta que había sido respecto a la imagen que me había creado de él.
Esa persona que tenía frente a mí era Mason sin sus capas de encanto, caballero de armadura blanca y hombre complaciente. ¿Lo habría descubierto antes de no ser por la desaparición de Reef? ¿Por encontrarme en el momento más vulnerable, sensible y manipulable de mi vida?
—¿Sabes qué? —exclamé dirigiéndome a ella—. Mejor quédate, tenéis cena para dos—. Me di la vuelta y cogí la bandeja de Sushi. Sin pensármelo dos veces se la estampé en la cara—. Que os aproveche.
Saqué las llaves del bolso y las tiré sin importarme donde habían caído, pero aproveché su desconcierto para salir por la puerta sin mirar atrás.
Ni siquiera me esperé al ascensor, sino que me quité los tacones y comencé a bajar las escaleras tan deprisa, que podía notar como me faltaba la respiración.
Mis dedos temblaban en el momento que cogí el teléfono sin dejar de caminar completamente descalza desde el edificio donde estaba el apartamento de Mason hasta la zona externa donde había otra puerta de ingreso al residencial.
Kingsley. Kingsley. ¡Demonios!, ¿Por qué no estaba su nombre si decía que lo había registrado?
Busqué por Max y lo vi. Max-ibon.
Me habría reído de no ser porque estaba a punto de sufrir un infarto. Comenzaba a ver borroso, incluso sentía en mis piernas fallaban y de un momento a otro perdería la estabilidad.
Contestó al segundo tono
—Diría que has tardado muy poco en llamarme, Océano.
Pero no fui capaz de responder, lo único que probablemente escuchó al otro lado del teléfono fue como hipaba con la respiración agitada, porque era incapaz de decir nada.
—Dime donde estás. Envíamela si no puedes hablar. Estaré ahí en dos minutos.
Cerré los ojos y sentí como las lágrimas recorrían mi rostro. Aparté el teléfono y le envíe mi ubicación en tiempo real, ni siquiera estaba segura de si se la había enviado realmente a él, pero cuando abrí la puerta para salir a la calle, Mason me interceptó.
—¿Por qué coño te has presentado aquí sin llamar? —exclamó como si yo tuviera la culpa de haberlo pillado con otra, como si de lo que estuviera molesto era de no poder continuar con su farsa.
—Suéltame —dije con una voz tan fría que casi no me reconocía.
—No voy a soltarte. Estamos prometidos, ¿Recuerdas? Tú vas a casarte conmigo, vas a tener a mis hijos. Y me importa una mierda tu carrera de surf o tus sueños de idealista. Vas a ser mi mujer porque jamás encontrarías ahí fuera a alguien como yo. Y lo sabes perfectamente.
¿De verdad se escuchaba?, ¿Es que creía que ese discurso podría funcionar conmigo?
Había tenido las señales en mi cara, pero siempre había una disculpa, una forma en la que lo compensaba.
Y yo como una estúpida creía que hacía todo aquello porque me quería, porque qué hombre iba a pasarse dos años de su vida esperando pacientemente a que me decidiera…
«Exactamente el mismo tipo de hombre manipulador que tenía frente a mí»
—Lo único que sé perfectamente es que a mi me importa una mierda tu ascenso, tu empresa y tus ambiciones. Me da igual si llevas acostándote con ella meses, años o ha sido algo de esta noche. Me das asco.
Intenté soltarme de su agarré, pero sentí como sus dedos se hundían en mi carne y me giré sobre mí misma para que lograra soltarme. Lo conseguí, pero entonces enganchó mi bolso.
—No he perdido dos años de mi vida para que ahora me vengas con esas. ¿Qué crees?, ¿Qué soy imbécil y voy a creer que no te has acostado con ese tío? Estaba dispuesto a ser transigente contigo, pero empiezas a ponérmelo muy difícil. Así que podemos hacer esto por las buenas o por las malas.
En ese momento vi como alzaba la otra mano y me cogió la cara para forzar a que le mirara.
Vi un Mason fuera de sí. Un hombre que literalmente me provocó terror en su mirada. Y me estremecí al sentir esa sensación de vulnerabilidad y pavor recorriendo mi cuerpo.
Solté los zapatos que llevaba en la mano para aferrar la suya y liberarme de su agarre, en ese momento el chirrido de unos neumáticos desgarrando el asfalto me hizo reaccionar de golpe.
Levanté la vista sobresaltada e intentando comprender qué estaba ocurriendo, pero antes de que pudiera focalizar la escena o distinguir el coche, una sombra irrumpió entre nosotros.
En cuestión de segundos reconocí el perfil de Kingsley apenas un instante antes de que Mason fuera arrancado de mi lado con una violencia brutal.
Jamás creí que sentiría aquella complacencia inaudita al verle.
El golpe seco resonó en el aire.
Le había derribado de un puñetazo directamente en la cara y Mason cayó contra el suelo emitiendo un gruñido ahogado, ni siquiera pudo reaccionar ante el ataque y yo acabé retrocediendo un paso, paralizada por la sorpresa.
Antes de que pudiera decirle una palabra, sentí su mano sujetándome por la cintura y colocándome tras él, como si fuera un escudo entre el peligro y yo.
La tensión que irradiaba su cuerpo era casi palpable y no podía dejar de pensar que se había presentado allí sin siquiera hacer preguntas o sin saber lo que iba a encontrar.
—Sube a la camioneta —ordenó en voz baja pero claramente firme y sin apartar la mirada de Mason.
No era una petición, pero desde luego no tenía ninguna intención de llevarle la contraria y di varios pasos hacia atrás como si quisiera asegurarme de que Mason no venía tras de mí.
Mientras mis pies trastabillaban por el estado de nervios y congoja que tenía en aquel momento, vi como alzaba su mirada y el hilo de sangre salía por su boca.
Había rabia en sus ojos y brillaban con una furia casi salvaje como jamás había visto en él.
—Esto es entre mi prometida y yo. ¡Lárgate! —espetó con desprecio, limpiándose la boca con el puño de la camisa.
Kingsley ni siquiera se movió, menos aún pareció alterado por lo que Mason acababa de decirle.
—Vuelve a tocarla y no reconocerás ni tu cara —soltó antes de sentir que se daba la vuelta y me pasaba una mano por los hombros para acompañarme hasta la camioneta.
Quería desaparecer, largarme de allí y no volver a verle nunca más. Alejarme lo suficiente y lamer mis heridas en silencio. Había sentido miedo. Miedo real. Como si no reconociera al mismo hombre con el que había pasado dos años y, al mismo tiempo, no dejaba de culparme por no haberlo querido ver.
El silencio dentro del habitáculo de la camioneta era tan pesado que ahogaba.
Incluso tuve que acercarme lo suficiente a la ventanilla del coche para que el viento secara mis lágrimas.
No quería dar explicaciones, Kingsley tampoco parecía pedírmelas, pero en aquel momento no me sentía como alguien a quien le habían partido el corazón y hecho añicos, sino que mi enfado, frustración y cólera eran hacia mí misma por haber decidido confiar en un miserable como Mason.