La Teoría de las Olas Cruzadas 22
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Olor de traición

Océane

No volví a hablar con Mason en lo que restaba de día. Intenté llamarle un par de veces y me envío un mensaje en el que se disculpaba por las acusaciones, pero prefería no hablar conmigo hasta calmarse para no tener que arrepentirse de sus palabras.

Eso me hizo sentirme aún más miserable.

Pensé en ir hasta Brisbane, hablar con él, arreglar las cosas. Pasar la noche en su casa y regresar al día siguiente, pero precisamente Kingsley y yo debíamos ir a la ciudad para el reportaje fotográfico y esperaba que pudiéramos aclarar esta situación de una vez por todas.

No podía pasar todo el verano bajo la presión de mi padre, de Kingsley y de Mason al mismo tiempo, sobre todo cuando estaba haciendo precisamente aquello para marcharme e iniciar una vida juntos.

Porque realmente era ese el objetivo, ¿no?

Aunque tuviera dudas en dejar todo atrás, a pesar de que volver a entrenar hubiera removido una parte de ese pasado que creía olvidado y al que no deseaba volver, continuaba deseando alejarme de allí para cerrar una etapa de mi vida que solo me traía dolor.

Solo que ahora la idea de marcharme ya no me resultaba tan atractiva.

¿Tal vez debía confesar a Mason que no deseaba ser madre tan joven?

, ¿Que casarnos era una idea demasiado precipitada?

Pero al mismo tiempo sentía como si estuviera en deuda con él por estos dos años, como si simplemente le tuviera que devolver todo lo que había hecho por mí y tenía esa sensación de culpa por la que no podía fallarle cuando me necesitaba.

Mason me quería. De hecho, esos celos hacia Kingsley solo eran una prueba del temor a perderme y, quizá por eso me afiancé a la idea de que mi plan no iba a cambiar y tras acabar el verano, me iría a vivir con él.

Mason era seguridad. Era confort. Era sostén.

Era lo que yo necesitaba para proseguir el rumbo de mi vida y, aunque pudiera sentirme atraída por Kingsley, él era caos en estado puro, desorden y confusión.

Algo que no solo me desequilibraba, sino que me exasperaba, aunque prometiera demasiada diversión.

Ni siquiera estaba replanteando tener algo con Kingsley, simplemente reafirmaba mis razones para detestar la terrible atracción que sentía hacia él.

Concretamos con la marca deportiva desplazarnos el miércoles para firmar el contrato, mostrarnos los productos a promocionar y realizar varias entrevistas.

El jueves tendríamos el spot publicitario donde nos harían fotos con la nueva colección para verano.

Pensé que mi padre nos acompañaría, pero optó por quedarse en casa y darnos la libertad de ir solos a pesar de que teníamos incluidas dos habitaciones de hotel y yo pensaba pasar la noche en casa de Mason.

Los entrenamientos del lunes y martes fueron realmente agotadores para compensar los dos días que estaríamos fuera, así que el miércoles por la mañana preparé el macuto con lo esencial donde la ropa interior de encaje no podía faltar y partimos hacia Brisbane.

—Si quieres podemos ir todo el camino en silencio, pero teniendo en cuenta que en unas horas vamos a tener que mostrarnos como una pareja que realmente está compenetrada, no me parece lo más adecuado —dijo Kingsley ante ese silencio que se había creado entre nosotros y no precisamente desde que habíamos partido de Noosa, sino que desde mi discusión con Mason el domingo, había procurado dirigirme a él lo mínimo posible.

No quería que su presencia me afectara. No quería desearle físicamente. No quería pensar en que cada vez que me tocaba y me agarraba firmemente sobre la tabla, todo mi cuerpo se estremecía.

No. Definitivamente prefería limitar el contacto lo máximo posible.

—Creo que deberías preocuparte más por la respuesta que darás cuando te pregunten por los motivos para decidir empezar desde cero en otra categoría que por mí.

—Estoy acostumbrado a batallar con la prensa, adornar la realidad no supone nada nuevo.

No me sorprendió en absoluto su respuesta.

—¿Ahora mentir se llama adornar la realidad? —inquirí poniéndome cómoda en el asiento.

—La prensa solo quiere vender una historia. No le importa si es cierta o no.

—¿Y qué historia quieres venderle? —pregunté cruzándome de brazos.

—La que se mueren por contar —susurró agravando la voz y logrando que temblaran mis piernas.

Ni siquiera pregunté, alzó el volumen de la canción que estaba sonando en ese momento y solo volvimos a hablar la última media hora del camino para ponernos de acuerdo en algunas preguntas básicas que sabíamos a ciencia cierta que nos harían.

Aunque la mayoría de campañas publicitarias las había hecho de ropa de baño y en solitario, sí que nos llovieron las ofertas a Reef y a mí como pareja tras ganar el campeonato de surf-tandem. Por lo que tenía una idea de lo que nos esperaba cuando llegamos.

Al final hubo un contratiempo con la persona que debía entrevistarnos, por lo que nos limitamos a revisar los acuerdos pactados, firmar el contrato y probarnos las prendas seleccionadas por los estilistas para dejar todo preparado y recuperar ese tiempo al día siguiente.

Llegamos al hotel antes de lo esperado, pero en lugar de darnos dos habitaciones, nos habían dado una sola habitación con dos camas. Aunque se trató de una confusión por parte de la marca al realizar la reserva, no importaba porque no pensaba pasar la noche allí.

—Solo voy a darme una ducha y me iré —dije conforme Kingsley y yo nos metíamos en el ascensor hasta la quinta planta donde estaba nuestra habitación.

Casi parecía necesitar convencerme de que pese a aceptar una sola habitación no pensaba dormir bajo ningún concepto en la misma estancia que él.

Me di una ducha casi fría y aún tenía la piel empapada cuando me coloqué el sujetador de encaje y el tanga negro.

A Mason le encantaba la ropa interior de ese color e incluso ese era uno de los que me había regalado.

Me puse un vestido ajustado de color piel abotonado en el centro donde se podía apreciar los bordes del sujetador y solo unos toques de bronceador, colorete y brillo de labios.

Solté la pinza para que cayera el pelo suelto y salí con los zapatos de tacón que casi nunca usaba.

El repiqueteo de ellos en el suelo de madera era imposible de evitar, así que cuando me dirigí hacia Kingsley que estaba sentado en una de las butacas relajado, observé como sus ojos recorrían mi cuerpo hasta los pies.

No supe si su expresión era de agrado o todo lo contrario, pero sí que tenía mi teléfono en su mano.

—Te he registrado mi número —mencionó sin ademán de levantarse para dármelo.

—¿Y se puede saber como has logrado desbloquearlo? —exclamé acercándome a él para cogerlo, pero en el momento que lo intenté echó la mano hacia atrás para que tuviera que incorporarme sobre él.

—Eres demasiado predecible Océano, así que no me culpes.

Podía aceptar que usar el día y mes de mi cumpleaños podía ser predecible, ¿Pero cómo demonios la había averiguado él?

—No pienso llamarte —dije inclinándome sobre él para quitarle mi propio movil de las manos—. Mason me acompañará mañana a la sesión de fotos.

—En ese caso no tendrás inconveniente en que traiga a alguien a esta habitación, ¿no? —inquirió y contemplé como fue incapaz de resistirse a bajar la vista hasta el escote donde se dejaba ver parte del encaje negro.

—En absoluto —afirmé justo después de apropiarme de mi teléfono e incorporarme nuevamente sobre los tacones.

Cogí un taxi en la puerta del hotel y le di la dirección del residencial donde vivía Mason.

Al cancelar la entrevista, sabía que llegaría mucho antes de que él regresara del trabajo, así que encargué la cena para dos de comida asiática como a él le gustaba para que la entregaran en su domicilio y saqué las llaves que me había dado la última vez que nos habíamos visto.

Entré por el garaje y comprobé que su coche aún no estaba.

Cogí el ascensor hasta llegar directamente a su apartamento y cuando entré comprobé que no estaba tan impecable como en las ocasiones que siempre había estado.

Había bastantes tazas y platos en el fregadero, un par de chaquetas en el sofá y la butaca.

Una caja de cartón de pizza en la mesa y varios zapatos tirados sin más.

Deduje que se habría quedado dormido y esa mañana tuvo que salir con prisas así que me descalcé y recogí todo mientras esperaba la comida que había encargado.

El chico del restaurante asiático tardó doce minutos exactos en traer el pedido de sushi, así que le di propina y coloqué absolutamente todo, incluso cogí algunas velas decorativas para que el ambiente fuera más cálido, dejando todo completamente a oscuras.

Y esperé.

Y seguí esperando.

Hasta que una hora y cuarenta y ocho minutos después escuché un golpe en la puerta, seguido de un ruido que no logré identificar y segundos después la llave giraba todas las vueltas que yo misma le había dado para que no pudiera sospechar de mi presencia.

Mi primer instinto fue cruzarme de piernas, erguir la espalda y que él me viera en una postura deseable. Sexy. Absolutamente arrebatadora.

Hasta que oí el gemido de una mujer y mi corazón se detuvo.

La disposición de la casa de Mason era de un pequeño pasillo que apenas tenía tres metros, pero separaba ese pequeño muro de un salón abierto con cocina comedor. En la parte opuesta se abría un pasillo hacia las habitaciones y dos baños que constituían la casa.

La puerta se cerró antes incluso de que se encendiera la luz y lo que indiscutiblemente parecían jadeos, seguido de pasos y probablemente roce de tejidos no dejaban de llenar mis oídos completamente expuestos a lo que estaba sucediendo sin querer creer que fuera cierto.

¿Le había prestado las llaves a un amigo? Tal vez no era él. Puede que ni siquiera se tratase de Mason.

Pero si no estaba preparada para ver como se estaba liando con otra mujer en mis narices. Menos aún lo estaba para que se tratara precisamente de «esa» mujer.