La Teoría de las Olas Cruzadas 20 #2
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Un par de horas después, volví a subirme a la tabla con Kingsley. Esta vez no nos caímos, pero aquel modo de aferrarme contra él era tan contradictorio para mis sentidos, que llegué a desear hacerlo.

Mi propia mente luchaba contra aquel deseo que nacía con ansía, con ímpetu insaciable que me aferraba en acallar y que el fuego ardiendo en mi interior amenazaba con consumirme.

Podía aceptar su atracción física, pero no fantasear con sus manos recorriendo mi cuerpo de un modo lascivo, impropio, tan aberrante que me abochornaba.

Y lo peor es que eso me irritaba aún más.

No poder controlar la reacción de mi propio cuerpo cada vez que tenía que aferrarme de la cintura, que me impulsaba contra él, que me sostenía entre sus brazos con firmeza, que sentía aquellos brazos de acero rodearme y mi imaginación no dejaba de imaginar hacia qué partes de mi cuerpo podrían dirigirse.

¡Joder! Todo esto era culpa de él. De sus bromas. De sus provocaciones. De ese momento en ese cine a oscuras donde me había incitado al pecado y mi mente no dejaba de volver una y otra vez deseando hacer realidad aquella fantasía.

Tenía muy claro que Kingsley era el chico de una sola noche. Sin compromisos. Sin ataduras. ¿Quizá porque ya tenía a alguien esperándole en alguna parte? No. Probablemente jugaba con los sentimientos de esa pobre chica como lo hacía con el resto.

Como también lo hacía conmigo porque era un provocador innato.

Lo había visto con Alana, con Susanne, con Rachel y el resto de mis amigas. Y a pesar de que eso me hacía tener motivos suficientes para repudiar ese comportamiento, mi cuerpo parecía sentir lo contrario.

Era jueves, así que después del entrenamiento me fui al restaurante de los padres de Alana para echarle una mano con las cenas, aunque en realidad era más una necesidad de escapar de mi propia casa. Ya habían contratado más personal, pero siempre era bien recibido un par de manos más.

—Este sábado es el cumpleaños de Rachel, ¿Vendrás? —preguntó en una de las veces que salimos por la puerta de la cocina a las escaleras que rodeaban la terraza para tomar el aire mientras nos bebíamos los restos de vino que los comensales dejaban en las mesas al marcharse.

¿Era una mala amiga si admitía que se me había olvidado por completo? Con Kingsley, la discusión con Mason, ahora la entrevista y todo el murmullo que intentaba acallar en mi mente, en lo último que había pensado era en esa fiesta.

—Si. Claro —respondí sin pensarlo o quizá, porque la propia Alana me había hecho ser muy consciente de que me había perdido en los últimos dos años casi todas las celebraciones.

—¿Y Mason? —exclamó dando un sorbo a su copa.

—No estaba seguro de poder venir este fin de semana por un compromiso de trabajo, así que lo más probable es que vaya sola.

—Tal vez sea mejor así, Rachel también invitó a Kingsley —aseguró Alana dejándose caer contra la pared de la estructura del restaurante y yo emití un bufido de resignación.

Habría preferido la ausencia de Kingsley. Ya tenía demasiada controversia conmigo misma por pasar demasiadas horas a su lado y suponía que tal vez era esa constante proximidad la que me hacía sentirme de ese modo.

—¿Tan mal van las cosas con él? Pensé que habíais llegado a una especie de entendimiento.

—No es eso —afirmé porque sentía la necesidad de confesarle a alguien lo que me estaba ocurriendo y, aparte de Alana, no tenía a nadie más en quien confiar—. Es que paso demasiadas horas pegada a él y es frustrante.

—Pasar demasiadas horas pegada a un tío buenorro con músculos de acero no me parece precisamente un infierno… yo estaría encantada de ocupar tu lugar —admitió Alana mordiéndose el labio.

Suspiré cerrando los ojos y me dejé caer hacia atrás sobre el suelo de madera.

—Se pasa todo el día provocándome, haciéndose de notar, como si quisiera demostrar que no soy inmune a él y es frustrante.

—¿Por qué eres inmune a él o porque no lo eres? —exclamó Alana.

—¡No lo sé! —grité y después me llevé las manos a la cabeza como si estuviera echando humo y me fuese a explotar.

—No me gusta, ¿Vale? No… no me…

—Que sientas atracción por él es completamente normal. Probablemente serías un bicho raro si no la sintieras y más aún cuando debéis tener un contacto tan próximo. No deberías sentirte culpable por ello, salvo porque quisieras cruzar la línea y tener algo con él. ¿Es eso lo que te preocupa?

—¡Por supuesto que no!, ¡Jamás se me ocurriría acostarme con ese arrogante presumido! Simplemente detesto la idea de encontrarle atractivo.

Alana se echó a reír.

Tal vez a él le ocurra lo mismo, por eso no deja de provocarte.

—Lo dudo —afirmé a pesar de que yo misma había sentido esa erección en mi muslo y desde entonces los calambres en mi entrepierna no habían cesado cada vez que mi mente viajaba a ese instante donde casi llegué a probar sus labios.

—Bueno, he visto como te mira y desde luego no parece encontrarte repugnante.

—Si, tal y como mira a Susanne, a ti o al resto de chicas con las que se cruza —refunfuñé—. Si te advertí que no te acostaras con él es porque ese tío se tira a todo lo que se mueve y encima tiene la desfachatez de no esconderlo a pesar de tener a alguien esperándole en alguna parte.

—Supongo que eso no es asunto nuestro —contestó Alana comenzando a incorporarse con la intención de entrar de nuevo.

Y era cierto. No era asunto mío que tuviera novia o a alguien por ahí esperándole. ¿Y entonces porqué era incapaz de dejar de pensar en ello?