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Entre mareas y discusiones
Océane
Tres días después regresamos a la playa a entrenar.
Desde nuestro encuentro en el cine había evitado dirigirle la palabra a Kingsley todo lo posible y, en consecuencia, también había visto cierto distanciamiento en él, como si nos comunicáramos para lo estrictamente necesario a pesar de que pasábamos prácticamente todo el día juntos.
Ni siquiera sabía cómo había logrado encontrarme ya que no había sido a través de Alana tal y como sospechaba.
La noticia sobre nuestra unión como pareja no dejaba de filtrarse en redes y había salido otra foto de Kingsley y mía mientras corríamos al atardecer.
—Hoy quiero veros a los dos sobre la tabla —dijo mi padre después de practicar un toda una serie y ver que Kingsley ya tenía bastante establecidos los ritmos y el movimiento de brazos coordinado—.
Tenéis que empezar a coger confianza, sentiros solo uno y aprender a coordinaros según el movimiento de las olas.
Me quedé en silencio, como si esperase que Kingsley dijera algo que hiciera cambiar a mi padre de opinión, pero se limitó a observarme con una seriedad casi desconocida en su rostro.
—Por mi no hay problema —dijo plenamente consciente y dejándome claro que no pensaba intervenir.
—Por mí tampoco —refuté como si no pensaba acobardarme ante el hecho de que quisiera verme expuesta o rogarle porque saliera a socorrerme.
Respiré profundamente cuando me coloqué sobre la tabla, pero conforme nos alejábamos de la orilla y de mi padre, comencé a perder esa firmeza con la que me había subido.
Era consciente de que cada brazada de Kingsley me acercaba a un momento que había temido confrontar, que me había negado por completo a revivir y del que no estaba en absoluto preparada para hacerle frente.
Me encogí de rodillas aferrándome con firmeza a la tabla conforme superábamos las primeras olas y aún nos alejábamos más.
Nunca había tenido miedo al mar, ni al agua, ni a caer en medio de la profundidad.
Tampoco era eso lo que me paralizaba ahora, sino saber que Reef no estaba allí para recogerme cuando cayera, aunque no lo necesitara.
—Tienes dos opciones océano —oí la voz de Kingsley—. Pedirme ayuda o buscar una excusa creíble por la que no has sido capaz de ponerte en pie.
La opción de provocarme una lesión en ese instante comenzaba a ser factible.
—Lo has hecho a posta, ¿Verdad? Querías que te suplicara.
—A mí solo me gusta que supliquen en la cama, océano. Así que deja tu orgullo a un lado porque a menos que pretendas meterte en mi cama, no quiero tus súplicas.
Que volviera a hacer un comentario de aquel tipo jocoso provocó que sonriera y aligerase parcialmente la tensión en cada uno de mis músculos.
—Está bien —afirmé sabiendo que nada estaba bien en aquel momento.
Pero yo ni siquiera reaccioné, cuando Kingsley se subió rápidamente sobre la tabla enganchó su brazo rodeando mi cintura para alzarme hacia arriba y contra él.
Podía notar perfectamente como mi cuerpo estaba pegado al suyo, sosteniéndome con firmeza a la par que guiaba la tabla y que por pura inercia, yo misma también lo acompasaba sin siquiera ser consciente de que lo hacía gracias a todos esos años de entrenamiento del que había sido instruida y mi instinto recordaba.
Durante un instante perdí la sensación de tiempo y realidad, como si no fuera consciente de quien era yo o de quien era la persona que me sostenía contra él, solo importaba el sonido del agua deslizándose bajo la tabla, la presión de mis piernas conforme me balanceaba, la tensión controlada en cada músculo, el sol calentando mi piel y esa seguridad con la que él parecía guiar la tabla a través de la ola consiguió transmitirme una tranquilidad hasta ahora desconocida.
Cuando volví a ser consciente descubrí que mis manos se habían aferrado a las suyas casi por reflejo.
El vaivén de la tabla hacía que nuestros cuerpos se acompasaran de forma natural siguiendo el propio ritmo de la corriente.
El agua salada salpicaba nuestra piel conforme el aire la hacía sentir aún más fresca y a pesar de ser consciente de todo ello, no podía dejar de notar el calor que irradiaba en mi pecho, la firmeza con la que lograba sostenerme para hacerme sentir segura, o la extraña pero familiar sensación con la que mi cuerpo parecía anhelar responder.
—Te dije que no te dejaría caer, océano —murmuró aún sosteniéndome, pero aflojando ligeramente su agarre.
En ese instante comprendí que Kingsley podía ser muchas cosas.
Egoísta, inmaduro, un cerdo mujeriego y alguien lo suficiente impulsivo e imprudente para haber acabado allí por no saber controlarse durante un campeonato.
Si. Sin duda era todo eso, pero quizá también existía una parte de él que a pesar de dejarse ver muy poco, era notablemente tierna por más loco que me pareciera.
Mi padre dio un grito para captar nuestra atención y automáticamente Kingsley dio un paso atrás para separarse de mí. El movimiento hizo que el equilibrio sobre la tabla fuera inestable y dos segundos después ambos nos zambullíamos en el agua.
Salí a la superficie a tomar aire y me giré hacia ambos lados sin ver a Kingsley, hasta que sentí un roce en mi pierna y grité.
Acto seguido me giré creyendo que sería él para gastarme una broma, pero al no verlo entré en pánico.
Sentía como la opresión aumentaba al mismo tiempo que mi pulso se aceleraba y el agua comenzaba a sentirse pesada, densa, como si quisiera arrastrarme hacia el fondo.
De repente me vi completamente sola, sintiendo que tal vez Reef se debió sentir del mismo modo, donde no había nadie para ayudarle, nadie para sacarle del agua, nadie para socorrerle mientras él mismo era consciente de que aquel sería su fin.
Tal vez también debía ser el mío…
Sentí como me hundía, pero mi propio cuerpo luchó por salir a la superficie y en cuanto lo hice, unos brazos firmes me rodearon sin permitirme volver a hundirme de nuevo arrastrándome consigo hasta que colocó la tabla entre nosotros.
—Ey, mírame —murmuró con una voz demasiado dulce—. Por algún motivo que no comprendía, lo hice—. No voy a dejarte sola.
Aquellas palabras que debían generar alivio me hacían sentir un nudo en el estómago.
Había culpado a Kingsley de ocupar un puesto que no debía, lo culpabilizaba de mis miedos, de mis dudas, de mis incertidumbres y de tener que enfrentarme a todas ellas sola porque él no se había marchado cuando quise que lo hiciera.
Y sí, podía culparle de muchas cosas, como de instigarme hasta acabar con mi paciencia o de no conocer la educación y traspasar los límites de forma reiterada, pero por mucho que quisiera, nada de lo que me ocurría en ese momento era culpa suya.
—Esto no va a funcionar —jadeé mientras aún sentía mis piernas entrelazándose con las suyas y coloqué un brazo sobre la tabla.
Kingsley me impulso para sentarme sobre ella y después se subió él a horcajadas. Sin decir nada me cogió una pierna y comenzó a masajearla.
—Tu padre nos está viendo. Debemos fingir que has sufrido un calambre en la pierna y por eso he tenido que remolcarte hasta la tabla —dijo manteniendo la mirada fija en mí e inmediatamente después volví la vista hacia la playa donde la figura de mi padre nos observaba desde la distancia.
—¿Porqué haces esto? —inquirí.
—Te lo dije. Necesito el dinero —contestó pasando la mano por debajo de mi muslo acercándose a mi glúteo con peligrosidad.
—No hablo de estar aquí, sino de preocuparte por mí —afirmé alzando la pierna y él bordeó sus dedos por mi nalga para pasar demasiado cerca de mi ingle—, te pasas la mayor parte del tiempo tratando de desquiciarme o provocarme y en cambio, hace un instante en el agua querías ser cercano.
—No voy a aprovecharme de tus debilidades, océano —murmuró bajando la vista y dejando finalmente mi pierna sobre su propio muslo—, y tampoco lo haré de tus circunstancias.
Quizá te empeñes en negarlo porque eres demasiado testaruda para admitirlo, pero sabes perfectamente que nos compenetramos, aunque te empeñes en demostrar lo contrario.
—Que ambos tengamos una buena base de entrenamiento no significa compenetración —rezongué volviendo a colocar mi pierna lejos de su contacto.
—Como prefieras —oí que decía sin parecer alterado—, mi agente ha conseguido un acuerdo bastante generoso con la marca deportiva con nos contactó.
Ofrecen una considerable cantidad económica para ser ellos los que confirmen nuestra consolidación como pareja.
Quieren hacernos una sesión de fotos con su marca, tendríamos que desplazarnos a Brisbane donde tienen una de sus sedes y también nos aseguraríamos de hacernos fotos con su ropa deportiva durante los entrenamientos para subirlas a redes.
—¿Cuándo tendríamos que ir? —pregunté ante la posibilidad de poder ver a Mason.
Una parte de mí necesitaba reafirmar que mis propios sentimientos, sentir que era él a quien había elegido en mi vida y todo lo que había hecho por mí durante esos dos años. El ardor que Kingsley podía despertar solo era pasajero, algo primitivo a lo que podía perfectamente renunciar y confrontar.
—La próxima semana. Tendríamos que pasar la noche allí para hacer el reportaje fotográfico y las entrevistas.
No sabía si era peor enfrentarme a esas entrevistas o subirme a la tabla de surf de nuevo.
—Está bien. Dile a tu agente que aceptamos.
Comprobé como Kingsley alzaba una ceja sorprendido y después esbozaba ligeramente una sonrisa.
—¿Sin ninguna condición, Océano? Esto es nuevo.
—Lo puedes tomar como un agradecimiento por lo de antes —repliqué sin admitir que, en realidad, una parte de mí estaba completamente aterrada ante aquella idea, pero por alguna razón, comenzaba a darme cuenta de que enfrentarme a mis propios miedos dolía.
De hecho, era sumamente aterrador, pero me había sentido más cerca de Reef en los últimos diez días que en los dos años desde que él ya no estaba.